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viernes, 24 de octubre de 2014

La pasión de la reina de hielo


La alegría por el dolor es maliciosa, tiene veneno.
F.G

Leyendo a Fleur Jaeggy me vino a la mente una frase de Jean Baudrillard: "La ausencia seduce a la presencia". Aunque las nouvelles de esta autora suiza, nacionalizada italiana, son muy breves, podrían generar otras tantas con lo que se deja entre líneas. La crítica ha sido muy reiterativa en cuanto al absurdo de la "pasión fría" de Fleur ("Flor" en francés), lo que haría suponer que es la suya una escritura oscilante entre el preciosismo y el laconismo, contra la intriga y el deleite. Y no es exactamente así. Más que hablar de frialdad, elemento que insisten en emparentar con la perfección -la escritura de Fleur es perfecta, simétrica, "concisión de epitafio", dice la escritora Flavia Company, pero nunca fría-, yo atribuiría esta extraordinaria veta estilística a una asombrosa capacidad para salirse de sí misma y contemplar el discurrir de la propia escritura. Algo inequívocamente autobiográfico que pudiera empujarla a ser cruel consigo misma. Pero salta a la vista que deplora la autocompasión, que de hecho puede ser despiadada.
Nacida en Zurich, en 1940, Fleur rondaba la treintena al momento de publicar su primera novela, Il dito in bocca, en 1968, mismo año en que abandonó su natal Zurich para afincarse definitivamente en Milán. Como detalle curioso podemos acotar que es esposa del afamado escritor y editor Roberto Calasso y fue la escritora predilecta de Susan Sontag. Su vida personal, sin embargo, es un enigma -odia ser fotografiada, no obstante haber sido modelo en su juventud-; enigma relativamente fácil de resolver si nos apoyamos en sus novelas y las comparamos con los datos sueltos de su vida. Por ejemplo: Proleterka, (TusQuets, 2004, traducción del italiano de Ma. Ángeles Cabré, Premio Viareggio, 2002) es, sin duda, la continuación de Los hermosos años del castigo (TusQuets, Col. La flauta mágica, 1991, traducción de Juana Bignozzi, Premio Bocaccio 1994), cuya protagonista, sin nombre ni apariencia (aunque dice tender a "opulenta") es una adolescente recluida en un internado para señoritas de Appenzel, muy cerca del manicomio donde estuvo recluido Robert Walser durante varios años y quien murió mientras daba un paseo, sepultado en la nieve, personaje al que creo reconocer en el “loco” de El ángel de la guarda, al que las niñas-adultas protagonistas –y huérfanas- adoptan como pariente para contar con un pretexto que les permita salir los fines de semana de lo que parece ser un internado donde moran solas.
Una de las cosas que más lamenta la narradora es no haberle dejado una flor en la inadvertida tumba de ese loco maravilloso. La chica se rebela, entre otras cosas, al idioma impuesto por su madre, quien desde Brasil parece manipular un control remoto sobre ella: el alemán. Nada le parece más cursi que la compañera de cuarto que le han endilgado, por el simple hecho de ser alemana, y que se arregla el pelo como para un baile cuando se prepara para dormir. Hagamos hincapié en el hecho de que, desde su primer libro, Fleur desdeñó no solo la lengua materna, sino también aquella en la que tan esmeradamente se le educó para optar por el de su patria adoptiva: el italiano. Se le considera, pues, una escritora italiana. Nada más apartado, sin embargo, de la literatura italiana que Fleur Jaeggy, quien sobria, precisa y contenida, desnuda de metáforas y pletórica en frases incisivas, casi aforísticas, guarda mayor parentesco con Goethe, el propio Walser y, por supuesto, Kafka. Todavía más semejanza en cuanto temperamento con la austriaca Ingeborg Bachman. Para muestra el siguiente botón: "(...) A todos nos ha sucedido comprar un viejo libro y encontrar en él pétalos que, apenas los tocamos, se deshacen en polvo. Pétalos enfermos. Flores de tumba." (Los hermosos años del castigo, p. 31).
Proleterka, que escribió en la torre más alta de un castillo alemán, que perteneciera alguna vez a Achim y Bettina von Armin y hoy al Estado, es narrada por una adolescente que ha vivido recluida en un internado, hija de un padre al que ve solo durante las vacaciones. Una relación distante, sin curiosidad, sin fuego. Triste. La adolescente de Los hermosos años... describe a su padre de la siguiente manera: "(...) Yo pensaba en mi daddy, en los innumerables hoteles de las vacaciones, de invierno y de verano, en ese viejo señor con los cabellos blancos, los gélidos ojos claros, melancólicos. Que habrían empezado a entrar en los míos." La joven protagonista de Proleterka, que se nombra a sí misma, en tercera persona, "la hija de Jonahess", describe exactamente igual al padre con quien habrá de emprender una travesía a bordo del barco cuyo nombre da título a la novela: "(...) El Proleterka es el lugar de la experiencia. Cuando acabe el viaje, ella debe haberlo aprendido todo. Al final del viaje, la hija de Johaness incluso podrá decir: Nunca más, nunca más." (p. 95).
Hasta aquí, resulta evidente que ambas novelas tienen por protagonista a la misma chica, que quizá sea también la niña repudiada por su madre en El temor del cielo (1998, Premio Moravia 1994), criada originalmente por una abuela materna que parece no tener sangre en las venas, "a nada me parecía tanto como a su retrato colgado en el comedor"; hija de un frágil caballero de gélidos ojos azules, inmerso en una cofradía de amigos tan sedentarios y anquilosados como él, y de una señora que queda peor parada en Proleterka que en Los hermosos años..., al desencadenar un desenlace tan catastrófico como inesperado. Una señora que ni siquiera posee nombre y a la que la jovencita nombra como los sellos de las cartas conteniendo instrucciones que eventualmente recibe: Brasil. Odio tibio. Nada parece vincular a esta chica con su padre, todavía menos aún, con su madre (por él siente al menos una pizca de compasión); la niña es un ser excéntrico en toda la extensión del término, habitante de un mundo personalísimo donde apenas tienen cabida la literatura, la escritura, Beethoveen y el piano Steinway que recoge sus primeras confidencias y es testigo único de que su omnipotente madre existe...como Dios. Ni siquiera Frédérique (de Los hermosos años...), ni Nikola (de Proleterka), los únicos que de algún modo logran penetrar en su corazón, llegan a conocerla jamás. Ni ella a ellos.
La hija de Johaness es la anti-Claudine por antonomasia. Despojada de sensualidad, quien sabe si a la fuerza; invadida por la certeza de no tener sitio en el mundo, mezquina, poco espiritual pero sensible como el filo más ínfimo: "Ya tenía casi quince años y el libro estaba lleno, sin que yo lo supiera, de una vetusta infancia." A pesar de haber sido escritas en plena madurez, las novelas adolescentes de Fleur desentrañan espléndidamente a una niña acorralada y ansiosa de reconocerse en cualquier espejo. Tras seis años de soledad en el internado de Los hermosos años..., la protagonista descubrirá en la recién llegada Frédérique a la única amiga que desearía tener y la que no parece simpatizarle a ninguna de sus compañeras...excepto a ella, la narradora. Una chica todavía más excéntrica, metódica y ordenada hasta la manía y, no obstante, salvaje. A la narradora su abuela le ha declarado abiertamente su repudio por encontrarla "selvática", lo que me hace pensar en un jardín a simple vista hermoso, poblado por densas espinas. La amistad entre éstas jovencitas, tan sin confidencias, casi autista, abundante -y redundante- en miradas y complicidades tácitas, jamás se consuma en una relación carnal, no obstante que la protagonista se reconoce enamorada de su amiga. Fleur logra sacarle la vuelta al erotismo implícito en esta peculiar relación amorosa con admirable malicia, por lo que es posible atribuirle lo mismo que su narradora dice de Frédérique: "Ella decía que la inocencia es una invención de los modernos." En esa escuela palacete donde las niñas pequeñas solicitan formalmente su protección a las mayores y todas pasean en pareja, tomadas de la mano, y la directora parece haber adoptado como mascota a una negrita deliciosa, hija del presidente de un país africano, se percibe la tácita permisividad de un safismo más fruto de la etiqueta y las buenas costumbres que del deseo: apenas un episodio aislado de intento de consumación por parte de una niña que se mete bajo las sábanas a la protagonista y es arrojada de allí con rudeza: "(...) En los colegios, al menos en los que estuve, se prolongaba, casi hasta la demencia, una infancia senil. Sabíamos por qué esas muchachas mayores, de postrada vivacidad, estaban sentadas en las horas de recreo, como esperando, susurrándose entre sí o cuidándose la piel..." (Los hermosos años..., p. 40)
En Proleterka, la misma chica se iniciará sexualmente con el único hombre joven que viaja en el barco, Nikola. Sin deseo y, claro, sin amor. Pero no se engaña a sí misma, justificando esta incursión en el sexo con lo segundo. La experiencia es, más que desalentadora, brutal, y sin embargo no será la única, ni Nikola el último. ¿Qué es lo que busca la sensata hija de Johaness al entregarse a relaciones inhumanas -"rifarse entre la tripulación", dice ella- y que no la proveen de la mínima emoción?, "No me gusta, no me gusta, piensa. Y sin embargo, de todas formas lo hace." La respuesta se lee entre líneas: es una necesidad de afecto que la empuja a buscar, a buscar y a buscar. Pero también es una venganza contra su propio cuerpo que se niega a manifestarse humano, deseante... tal es el hábito de acceder como una máquina a las instrucciones de Brasil. Una de tantas niñitas en serie fabricadas en el seno de la burguesía luterana (aunque la madre, Brasil, insiste en que acuda a misa en la iglesia católica).
Casi todos los personajes de Fleur son niñas. Los pocos adultos que se deslizan por sus vidas, ya sea como padres ausentes, o como el enigmático Botvind de El ángel de la guarda, parecen menos maduros en medio de su autoritarismo. Por momentos pareciera que los niños son, en realidad, adultos simbólicos. Su lenguaje, sus conocimientos sobre la vida y su familiaridad con la reflexión y la filosofía, sin dejar de estar impregnada de cierta ingenuidad, nos las exponen como niñas sin infancia. En su precioso libro de ensayos, Vidas conjeturales, Fleur nos presenta a tres niños extraordinariamente maduros que devienen adultos inmaduros, como si en eso consistiera el misterio de la genialidad: Thomas de Quincey, John Keats y Marcel Schwob. Niños capaces de colocarse por encima de los padres, y sin embargo incapacitados para hacerse respetar por sus hijos. Se apartan de la realidad práctica desde la primera infancia y se mantienen tras la raya hasta el último suspiro. Fleur realiza, refiriéndose en concreto a estos autores, una inquietante comparación entre el campo de batalla y una nursery; se pregunta cuántos cadáveres pueden tener lugar en las mentes encantadas de esos niños. Los niños, señala, son criaturas metafísicas que pierden este don muy pronto, a veces en cuanto dejan de hablar. En la preservación del mismo se localiza el origen de todo artista.
En sus escasas entrevistas, Fleur se muestra parca, prudente. Sus frases resultan tan breves y contundentes como en su escritura. No usa ordenador sino máquina de escribir y cuando alguno de sus escasos entrevistadores le hace ver lo que él considera un desfase de la civilización, la mujer responde: "Escribo a máquina desde hace más de treinta años y me gusta el ruido de los tipos al golpear sobre el papel". Además, necesita escribir con una pared desnuda a su espalda. De Fleur Jaeggy ha dicho Susan Sontag: "es una escritora maravillosa, brillante, salvaje. La admiro profundamente", mientras que el exigente crítico y escritor italiano, Giorgio Manganelli, se ha expresado de ella en los siguientes términos: "Una narración tan esencial, tan desnuda y a la vez inquietante, se sustenta en un estilo que parece sobrio, púdico, pero en realidad está preñado de resonancias refinadamente agrias, testimonios que crean un exquisito malestar."


jueves, 28 de agosto de 2014

Gritos para bocas pequeñas

Foto y edición: Eve Gil
Jennifer Clement escribe a mano. En unas libretitas de aspecto endeble que consigue en Texas, muy prácticas, papel resistente. Las carga todo el tiempo, de a dos, de a tres, y al momento de nuestro primer encuentro, en 2007, me confía que asiste eventualmente a la cárcel de mujeres de Santa Martha Acatitla. ¿La razón? En ese momento solo sabe que algo va a salir de allí. No imagina que ese algo será la novela Ladydi, que la haría acreedora al Premio NEA Fellowship for Literature. Ni en las más exclusivas fiestas de Nueva York, me dice, abriendo mucho sus ojos de un azul turquesa, ha visto mujeres más acicaladas: esas miradas que son tortura envuelta en magia; uñas que atrapan mariposas milimétricas. Hasta la pizarra de la directora del reclusorio es un poema, asegura, y me muestra una de sus libretas en la que ha anotado una serie de estadísticas que, en efecto, suenan a poema tal cual las va leyendo.
Soy mexicana, afirma, orgullosa. Nací en Greenwich, Connecticut el 23 de abril de 1960, pero en 1961 me habían traído ya. La cosa está terrible… ¡pero por nada del mundo me voy de México!… y me lo dice así, tiempo presente, sutilísimo acento extranjero. Británico. Aunque hija de estadounidenses y mexicana por derecho propio, cursó sus estudios básicos en un colegio inglés, el Edron, y se casó con el descendiente de una familia que sigue siendo inglesa aunque lleven varias generaciones en México, "son la misma familia que trajo el fútbol a México, Percy C. Clifford y Robert J. Blackmore", me explica: pero ya no estoy casada, eh. De cualquier manera, es madre de un hijo y una hija que estudiaron también en el Edron y sienten mucha curiosidad por esas raíces inglesas que reposan en cierto cementerio de la avenida México Tacuba.
Jennifer, por cierto, escribe en inglés, pues si bien ha vivido en México la mayor parte de su vida, se educó, como se ha dicho ya, en inglés, cosa que obstaculizó la revalidación oficial de sus estudios en este país y por la cual se le mandó como interna a Nueva York. Como escribiera el poeta W.S Merwin en el prólogo de su libro de poesía The next stranger, “Jennifer Clement escribe en inglés… pero sueña en español”. Y esos sueños, agregaría, han sido traducidos a 22 lenguas. En la universidad de Nueva York cursó Literatura y Arqueología, y conoció a Suzanne, a Basquiat... ¡y a Madonna!, "¡cuando tenía el pelo negro-negro y era bar tender!”, recuerda Jennifer, riendo.
El libro por el que se le conoció en México -yo le llamo "novela" pero ella me corrige: "memoria"- es La viuda Basquiat (Plaza & Janés, 2000, traducción de Guillermo Sánchez Arreola) donde, más que plasmar su propia experiencia en la fascinante Nueva York de las buhardillas, los aromas a tintura y algodón del Soho y los extravagantes genios que pululan por sus callejones, nos presenta a un personaje excepcional y no obstante secundario por vivir a la sombra de un genio: la pequeña Suzanne, que así firma sus pinturas: Suzanne. La portada de la primera edición del libro, que alguien tuvo la "genial idea" de reemplazar por una fotografía de Jean-Michel Basquiat, representa a la infortunada mujer de William Burroughs al instante de recibir el disparo de aquel, dirigido a la manzana colocada en su cabeza. Dice la propia Suzanne en la página 175: "Vendí todos los cuadros, excepto el retrato de Joan Burroughs, que le regalé a Jennifer..."
Suzanne, por cierto, sigue gran amiga de Jennifer. Cómo no, tras compartir la experiencia de caminar ataviadas en trajes de noche y largos tacones entre redes y toneles llenos de pescados, sin que los pescadores dieran crédito a sus ojos. Tanto, que el hijo mayor de la escritora, que estudiaba en Nueva York, se alojó con la llamada "Viuda Basquiat", por decreto del poeta Rene Ricard. Suzanne, sin embargo, no estudió pediatría como señala al final del libro, sino medicina, especializándose en psiquiatría, "corregiré este detalle en ediciones posteriores", me aclara Jennifer.
En la contratapa de la primera edición de esta memoria, Carlos Monsiváis equipara a la frágil Suzanne con la arpía anoréxica, viuda de Kurt Cobain, Courtney Love, o la muñequita ultra yonqui de Sid Vicious, Nancy Spungen: nada más alejado de la realidad, al menos si nos atenemos a la narración de Jennifer. Suzanne era poco menos que una niña aprendiendo a lidiar con amores callejeros. Suzanne -que nunca usa su apellido-, mostraba para con el Rimbaud negro de finales del siglo XX, la obsesión erótica del misógino Andy Warhol y la abnegación propia de una Sofía Tolstoia o de una Vera Nabokov, con la diferencia de que, por sí misma, y como bien muestra Jennifer, Suzanne es un personaje extraordinario:

Siempre guarda la heroína en su peinado de colmena. El polvo blanco escondido en el crepé; los policías no pueden encontrarlo, los drogadictos tampoco. Suzanne mantiene la cabeza en alto, carga un mundo sin esquinas, sostiene el cielo. Lo suficientemente delgada como para deslizarse por chimeneas, Suzanne luce como una niñita ataviada con los vestidos de su madre. Usa lápiz labial Love-That-Red, de Revlon; tiene el pelo negro azulado y la piel blanca. Se abrocha todos los botones de la camisa.

Vemos en acción a la mismísima Jennifer, que acude casi a diario a la cárcel a observar a las presas arregladas como reinas de belleza. Una mirada que traspasa apariencias y peinados altos y encuentra niñas agazapadas que tiemblan de miedo ante la acechanza del padre... niñas de closet como la mismísima Suzanne, que conocía el nombre específico de cada hueso fracturado por la ira paterna: eso tenía en común con Basquiat, que durante una convalecencia infantil por atropellamiento recibió de manos de su madre un manual de Anatomía de Gray, para saber cómo nombrar a cada huesecillo que se manifestara a través del dolor. Saber nombrar sus huesos rotos haría de Basquiat el artista que vestía de Armani para pintar y acudía a las fiestas con un overol salpicado de pintura... y de Suzanne -labios rojos, zapatos enormes y bufanda "Audrey Hephrun"- criatura en extremo sensible al dolor de los demás, incluyendo el de la señora Burroughs.
Amar a alguien como Basquiat, que era la inestabilidad misma... que incluso le transmite una enfermedad pélvica que la imposibilita para la procreación, pensará algún lector-lectora, no puede ser "sano". Pero Jennifer, decíamos, siempre está mirando más allá: donde los demás ven unos labios rojos, ella ve manchas de vino o rosas marchitas. Pájaros cantando. Tú hablas y ella te descifra, qué más da. A Basquiat, Suzanne la une algo mucho más poderoso que una enfermedad venérea: un pasado de discriminación. El niño negro y raquítico. La niña árabe, Mallouck, tan huérfana como los niños que su madre acarreaba como gatitos y perritos. En la cárcel de mujeres, Jennifer no ve delincuentes sino niñas crecidas a destiempo. Ha visto, lo sé, lo sé, a la pequeña Laidydi Martinez García, acusada de un delito tan monstruoso como inverosímil. Quizá por ello ni siquiera su Andy Warhol nos resulta tan odioso... y hasta el señor O'Conner de Una historia verdadera basada en mentiras -¡qué título maravilloso!- nos llega a enternecer con todo y que ha "pisado la sombra" de la pobrecilla Leonora... como un niño que oculta en el bolsillo trasero del pantalón el arma con que ha matado un pajarillo.
Finalista del prestigiado Premio Orange de Ficción, Una historia verdadera basada en mentiras, adaptada para teatro, es el mejor ejemplo que se me ocurre para demostrar que una historia mil veces contada puede, a través de una pluma llena de ojos, adquirir tintes prodigiosos. Consciente de que en nuestro medio las anécdotas sobre chicas de servicio doméstico violadas y/o seducidas por sus patrones o los hijos de estos, actos que culminarán casi siempre en un embarazo, son parte de la cotidianidad y hasta explotados en las peores telenovelas, Jennifer intercala su versión con historias reales a manera de coro en torno a Leonora, a quien una dama de alcurnia de ascendencia irlandesa extrae de un orfanatorio para que se haga cargo de sus hijos pequeños. Lo que más le gusta de Leonora a la tristísima señora O'Conner, cosa curiosa, es que sea bonita, lo que se granjeará la confianza de los chiquillos. Más adelante descubriremos que la principal causa de la mueca en los labios rojos de la hermosa señora que prefiere dormir a estar despierta, es el señor O'Conner: un buen padre, ni duda cabe... patán sensible y muy aficionado a los líos de faldas. La historia, por cierto, es narrada por Aura, la hija más pequeña de los O'Conner y favorita de la silenciosa Leonora, que le se bebe sus lágrimas. Aura será testigo de la compleja amistad entre la criadita y la señora de la casa:

-No es que las infidelidades lastimen tanto y nos rompan el corazón (...) Son las células de todas esas mujeres que se meten en mi cuerpo. Andan en mí, de un lado a otro, como peces. Nadan dentro de mí y me hacen olvidar lo que soy (...) Tu voz (Leonora) es tan distinta a la de otras mujeres. ¿No te parece extraño? Al principio la escuchaba como un arañazo o como un rasguito. Ahora es una voz muy hermosa (...)" (p. 122 y 123, Plaza & Janés, 2002, traducción de Guillermo Sánchez Arreola).

La prosa eminentemente poética -aunque Jennifer aclara que en español se pierde la estructura original de endecasílabos y rimas-; personajes construidos más como metáforas que como seres de carne y hueso, Jennifer no se atreve a tocar fondo respecto a la perversidad y las patologías criminales hasta El veneno que fascina (Emecé, México, 2009, traducción de Anuska Moracho), cuya versión inglesa se granjeó estupendas críticas, como ésta de Allan Sillitoe: "Una novela sorprendente. Cada pieza está viva y nos conduce sin darnos cuenta hasta un clímax increíble." Emily Neale, que tiene el pelo negro como Suzanne... como Leonora ("Jennifer" significa "morena" en galés), lleva ese nombre, nos revela la autora, en honor a sus dos escritoras favoritas: Emily Brontë y Zora Neale Hurston, "quería tenerlas juntas". Emily es una joven estudiante de historia que trabaja una tesis sobre la vida de los santos y paralelamente colecciona notas de mujeres asesinas. También Emily es hija de un inglés y de una irlandesa literalmente desaparecida, pero vive en una casa de Coyoacán donde a diario se dejan oír -como en Una historia verdadera...-los silbidos del señor de los camotes-; una residencia que es casi una reproducción de la isla de la nostalgia donde, no importa que se mantenga intacta la habitación de la costura, no parece haber vivido ahí una irlandesa de larga cabellera negra a la que todos dan por muerta desde que Emily era una niñita. Desaparecida. "(...) como las mariposas, los escarabajos y los telegramas".
Paralela a su vida universitaria y a su excelente relación con el padre que vive anhelando cosas que ya no existen, como los telegramas, Emily se hace cargo del orfanatorio fundado por otro ancestro, dirigido por una religiosa alta y fornida, toda bondad y sabiduría: la Madre Ágatha. La tierna mujerona presta particular atención a casos dolorosísimos que portan en letras de neón la impunidad tan propia del sistema mexicano... casos, afirma Jennifer, tan verídicos como los de la criminal negligencia que mató a 48 niños el 5 de junio de 2009 en Hermosillo, Sonora, cuyo solo recordatorio la hace cerrar los ojos hasta las lágrimas: unos primitos japoneses que llegan en lamentable estado tras sufrir en plena carretera la embestida de la limusina de un político que ni siquiera se molesta por resarcir el daño producido a dos chiquillos cuyos padre perecieron en el choque...o Angélica, la niñita quemada de la que le cuesta un poco de trabajo hablar a Jennifer -y a mí también-, "la pequeña tirana", como la nombra: "Angélica fue el único miembro de su familia que sobrevivió. La empresa PEMEX, propiedad del gobierno mexicano, nunca le dio ninguna ayuda ni indemnización. Una vez sanadas las quemaduras en una clínica estatal, vivió unos meses sola en los restos calcinados de su casa. Sobrevivió hurgando en los cubos de basura de la calle y mendigando en las esquinas. La madre Agatha oyó hablar de ella y la llevó al orfanato." (p. 51)
Foto: Barbara Sibley
Transcurren las vidas de Angélica... las de los primos hermanos que terminan por volverse un solo ser y aquellas que la Madre Ágatha recorta de los periódicos para contárselas a manera de cuentos a la muy crecidita Emily: la pareja de hermanos que la policía encuentra sepultados bajo un montón de basura que ellos mismos acarreaban a su apartamento: coleccionistas de a de veras... María Félix, la más hermosa actriz del cine mexicano de quien, se rumora, introducía sus dedos en la boca de su hermano Pablo, mismo que terminó suicidándose. María, la japonesita, que también introduce sus deditos en la boca sumisa de Hipólito, su primo... y luego la súbita aparición en la casa de Coyoacán de Santiago, el casi mítico primo hermano de Emily, hijo del hermano prófugo de su padre, recién llegado de Chihuahua, con quien Emily compartirá manzanas trituradas como un par de pajarillos: "Te estoy rompiendo poco a poco para reconstruirte a mi manera..."
Jennifer, que se declara influida por Shakespeare y los cuentos de hadas, revela sin pudor el "truco" de su novela: las asesinas cuyas anécdotas Emily atesora juegan la función del coro en las tragedias griegas. Sí: nada en El veneno que fascina es gratuito y estas mujeres menos que nadie: la supersticiosa Brynhild Paulsdatter Starset que creía volverse tan fuerte como un hombre con cada uno que envenenaba; Myra Smith, que soñaba emular a la Bonnie de Clyde pero no encontraba un cómplice que le dijera: "Bonnie, cielo..."; Marybeth Tinning que "perdió" a cada uno de sus nueva hijos sin permitirse una lágrima que arruinara su maquillaje; Debra Sue Tuggle, quien cuestionó a sus acusadores respecto a si tenían idean de lo irreprimible que puede ser el impulso de matar... como comer y dormir... ¿y qué se hace con eso?... La madre de Emily, a través del ronco pecho de la Madre Ágatha, deja dicho a su hija: solo dos actos justifican que mates, que te escupen... o te mientan.
No puedo evitar preguntarme: ¿Lucirían hermosas estas asesinas el día de su detención, más aún, de su ejecución? ¿Largas pestañas? ¿Uñas decoradas? ¿Labios rojos?
¿Luciría especialmente hermosa Emily en el momento en que se pregunta si un cuchillo para abrir ostras.....?
Final abierto, le sugiero a Jennifer. No, me replica: sí, lo hizo:
Lo hizo
Pero no siempre es así. A veces la inocencia deambula sin afeites, casi invisible por entre los hermosos espectros que buscan desesperadamente un sentido para sus vidas. Laidydi, la heroína adolescente de la novela homónima (Lumen, México, 2014, traducción de Juan Elías Tovar y Guillermo Arreola) purga una condena por el delito de ser pobre, de no tener un padre que dé la cara por ella, de vivir en un lugar sin hombres y sin ley en algún punto de Guerrero y estar a merced de los narcos que eventualmente raptan a niñas cuya belleza despunta de repente. En ese lugar alucinante, que no surgió de la imaginación de Jennifer sino que es dolorosamente cierto, las angustiadas madres tienen que disfrazar de niños a sus hijas; teñirles los dientes para que parezcan podridos, ponerlas feas o, en el más extremo de los casos, cavar hoyos, como en tiempos de guerra, para ocultarlas de los ojos lascivos del único dios de la región: el crimen organizado.
            Afirma Jennifer que la voz de Ladydi “le llegó” mientras una señora de las costas de Guerrero le contaba de esa práctica tan habitual de los hoyos: “Era una voz fascinante para mí porque ella no espera un mundo mejor. Está sumida en un profundo marasmo y en el mundo “civilizado”, “educado” estamos esperando que nos salven… que llegue una ONG a sacarnos de allí. Pero en ella no hay ninguna esperanza de ese tipo”. Los desprotegidos son, sin lugar a duda, los protagonistas absolutos de las novelas de Jennifer, pero ninguno de sus personajes ha estado tan desamparado y, sin embargo, tan dispuesto a regalarnos su tragedia como Laidydi, quien, contrario a muchas niñas y mujeres jóvenes que ostentan ese nombre por su “punch” mediático, lo acarrea consigo como un tatuaje impuesto por su propia madre, Rita, una mujer cruelmente engañada por el esposo que, como prácticamente todos los varones adultos de la región, se marchó a conquistar el Sueño Americano prometiendo volver, pero optó por empezar de cero, sin su esposa y sin su hija. A ojos de Rita, la verdadera Lady Di, Diana Spencer, la princesa más desdichada de la historia, de los cuentos y del mundo, es la Santa Patrona de las Mujeres Engañadas, y la niña lleva su nombre, o mejor dicho, su apelativo cariñoso como otras ostentan el nombre de la virgen.

            Laidydi es una novela hermosa, necesaria, incomparable. Se ocupa de un sector y de un lugar ignorados hasta el momento por la literatura mexicana que tiende a ser cada vez más sensacionalista, pero variando poco sus escenarios que ya son lugar común. Lo último que pretende Jennifer, sin embargo, es horrorizar o “concientizar” o producir indignación. Escribe para un lector que, da por sentado, está de antemano tan horrorizado e indignado como ella misma ante la situación de impunidad que prevalece en su país. Lo realmente importante es su abordaje de estas historias, dicho por ella misma: “Siempre entro como poeta. Siempre estoy buscando la poesía…el dolor es el lugar donde seguramente la encontrarás si hurgas bien…”

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