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sábado, 1 de febrero de 2014

Ulises feminista


"El verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente". Tales palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca del emperador Adriano, podrían ser repetidas, verbatim, por una escritora italiana que decidió hacerse mexicana cuando a principios de los ochenta llegó, por azar, a Concepción del Oro, Zacatecas. Aunque por cuestiones laborales terminó residiendo en la ciudad de México, Francesca Gargallo hace de su hasta hoy obra maestra, La decisión del capitán (Era, México, 1997), novela escrita con una beca otorgada por el gobierno de Zacatecas, la más conmovedora ofrenda a la ciudad colonial que la reafirmó en la escritura y convirtió en su Ítaca personal.
Nacida en Siracusa, Italia, el 25 de noviembre en 1956, Francesca Isabella Gargallo di Castel Lentini Celentani es un personaje tan o más fascinante que las creadas por ella misma: Isabella, Lucía, Mariana, Begonia, Constanza de Andrada, "la escritora" de Marcha seca y, más recientemente, la sobreviviente Irene, mujeres apasionadas, autosuficientes, audaces y sin prejuicios; fieles a sus ideales hasta la muerte. Dentro de ellas viven simultáneamente Ulises y Penélope; capaces de defender a un amigo en un pleito de cantina y surcar los mares con solo una mochila... pero también de amar abnegadamente no solo al amante, también al hijo, al hijo del hermano, al amigo. De dar la vida por una hija. Como sus personajes, Francesca es fruto de una combativa generación que vio morir sus sueños junto con Salvador Allende. Novelista, poeta, historiadora y una de las más progresistas (y elocuentes) teóricas del feminismo. Licenciada en Filosofía por la Universidad de La Sapienza en Roma y doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, Francesca escribe desde que, a los seis años, le enseñaron a hacerlo. Estaba enamorada de su maestra y pensaba que algún día le escribiría lo que sentía por ella. A los doce años reescribió la Constitución italiana porque no le gustaba. Su abuela paterna, Ada Sdrin Comnena, griega y exaltadamente romántica y clasista, pobló su mundo de sentimientos heroicos alucinados tras leerle La Ilíada.
La abuela materna, Gilda Cosmo, era sobrina del más importante dantista de sus tiempos, mismo que había escuchado personalmente a Bakunin, y le pasó cierto amor por la libertad irrestricta. No es coincidencia, pues, que la nieta lleve el nombre de la segunda heroína de Dante, antítesis perfecta de Beatrice, Francesca de Rimini, castigada en el Infierno con la melancolía eterna de mirar a su amado Paolo sin poder tocarlo. Gilda era, a decir de Francesca, una mujer fría que sin embargo adoró a su nieta, "me decía que durante las menstruaciones se puede comer todo lo que una quiere porque no se engorda (teoría según yo fantástica pues me hizo amar el menstruar) y que cualquiera es dueño de su destino."
Su madre, en cambio, era una bióloga que se frustró porque tuvo seis hijos. Su padre era un escritor de filosofía de la historia, Gioacchino Gargallo-Sdrin (1923-2007), de quien la propia Francesca tradujo al español su entera Historia de la Historiografía Moderna, en cuatro volúmenes, no obstante la cordial enemistad que los enfrentó en vida de este... aunque, ¿qué hija feminista no ha amado y odiado rabiosamente al padre autoritario? Se autodenomina a voz en cuello ¡feminista!, lo que de entrada es una muestra de valentía en un mundo que emplea dicho término con recelo, ¡peor!, equivalente mujeril del machismo, como canta Arjona. Ignoran que al pelear por la igualdad de derechos entre mujer y varón, la feminista no solamente está liberándose de sus ataduras: libera al varón de tanta ternura contenida, de tantas lágrimas atoradas, de tantas, tantísimas responsabilidades concentradas en su persona. El enemigo a vencer no es el hombre como género, sino el sistema patriarcal que si bien concentra sus esfuerzos opresores en las mujeres, los ejerce sobre aquellos también. El sujeto al que dirige Francesca su discurso teórico, contenido en el extraordinario ensayo Ideas feministas latinoamericanas (UACM, México, 2006) no es al Hombre, que a él van dirigidos la mayor parte de las diatribas feministas que dan por un hecho que las mujeres somos poseedoras del secreto universal de lo femenino: Francesca le habla directamente a las mujeres, más concretamente aún: las mujeres latinoamericanas. El discurso paternalista finge solidarizarse con el género femenino, incluso lo pondera, y a través de su exaltación y divinización las contrapone a sus emancipadoras que las fuerzan a salir a ganarse la vida o a ejercer el intelecto cuando bien podrían estar tendidas como princesas en un colchón de plumas.
No existe un motivo específico por el que Francesca haya salido de Italia. No es exiliada política, mucho menos una persona empujada por la miseria a dejar su país como la mayoría de los refugiados económicos del mundo. Proviene, de hecho, de una familia aristocrática y adinerada. Necesitaba desbaratar el estigma que lleva en el nombre: dejar de anhelar y salir a buscar. Optó por viajar en calidad de estudiante clasemediera, sin dinero pero con mucha pasión. Un hotel de cinco estrellas, asegura, es igual en Nueva York y Oaxaca. Sigue prefiriendo quedarse en casas de pueblo y comer en fondas. Creyó que pararía en Alemania, pero terminó en Turquía, el más laico de los países musulmanes. Sus estrictas leyes respecto a las mujeres solteras, sin embargo, le impidieron llevar a cabo su decisión de vivir sola. Recorrió los Balcanes y el Mediterráneo, pasó por Nueva York, donde trabajó como baby sitter. Un día, harta de esta aséptica ciudad, se montó, mochila al hombro, a un camión Greyhound que la depositó en Texas. Fue ahí donde le pidió aventón a un camionero mexicano: "lléveme a donde vaya usted". Llegó a Zacatecas: el mejor lugar del mundo: "Me sedujo a través de no hacer nada, esos son los verdaderos seductores, los que no necesitan mover un dedo."
Para entonces, Francesca ya había publicado dos libritos en italiano: Itinerare (poesía, 1980) y Le tre Elene (cuento, 1980), pero en México no sólo se reafirmó en su pasión por la escritura, sino que, enamorada del idioma, adoptó el castellano como lengua literaria. "Llegar a escribir español me costó cinco años de silencio”, dice, “Le debo al maestro Jorge de la Serna, en la UNAM, haberme obligado a hacerlo. Me hizo leer hasta llegar al placer absoluto a Quiroga, a Jorge Isaacs, a todo Riva Palacio y a Josefina Vicens. En un principio creí que sufriría limitaciones para expresar todo lo que quería, pero dos amigos, Rosario Galo Moya y Eduardo Molina y Vedia, me dijeron que no tuviera miedo, que ellos corregirían el estilo. Actualmente, creo que escribo el español mejor de lo que lo hablo."

Su primera novela en castellano y publicada en México fue Días sin Casura (Leega Literaria, México, 1986), donde aborda la dura experiencia de una periodista italiana inmersa en la guerrilla de un país extranjero, en pleno auge de lo que se mal dio a llamar boom de la literatura femenina. Francesca nos sorprendió con personajes femeninos que rebasan por mucho la concientización respecto a la igualdad y se asumen potencialmente libres. Mujeres que estudian, aman, desean y, sobretodo, viajan, y todas ejercen, además, una bisexualidad como búsqueda de sí mismas y de las otras. Son, en cierta medida, historias de Auto-Amor. Sin embargo, la novela que la consagró entre las más destacadas autoras mexicanas -Juan Villoro la ubica en la dimensión de Rosa Beltrán y Carmen Boullosa- es una de corte histórico y con protagonista es un varón: La decisión del capitán. Ambientada en el siglo XVI, narra el itinerario bélico, vital y pasional de Miguel de Caldera, fundador de San Luis Potosí, y de quien Francesca aporta una visión que, no por personal, se aleja de la verdad histórica.
Aunque Ideas feministas latinoamericanas es un ensayo filosófico sobre el feminismo latinoamericano, puede ser leído también como una guía para comprender la narrativa de Francesca Gargallo, en principio porque aborda ampliamente a autoras cuya influencia se percibe en su prosa: Graciela Hierro, Rosario Castellanos, la colombiana Marvel Moreno y las poetas mexicanas Dolores Castro y Enriqueta Ochoa. Asombrosamente, se identifica más con ellas que con Simone de Beauvoir. Podría decirse incluso que le simpatiza más el entrañable amigo de esta... no, no Sartre, sino Maurice Merleau-Ponty. Y digo "asombrosamente" no sólo porque Francesca nació, creció y vivió en Europa su primera juventud y por consiguiente sería lógico que se sintiera más familiarizada con el feminismo de De Beauvoir, sino además porque, como la francesa, se define feminista integral. La influencia literaria latinoamericana impregna no sólo su narrativa, cuyo latido no es enteramente latinoamericano (imposible no asociarla con Elsa Morante, con Doris Lessing... con Fatima Mernissi, en su faceta ensayística); se impone su forma de percibir el mundo, y esa concepción es netamente latinoamericana, vivida desde Latinoamérica, pero contrapuesta con el cúmulo de experiencias adquiridas durante su etapa “mochilera”. A tal grado está Francesca compenetrada con la realidad de nuestro continente y su problemática, que considera que la concepción europea del feminismo no es por entero aplicable a nuestra realidad: se vuelve menester crear una identidad feminista latinoamericana, encaminada a analizar, estudiar y resolver problemas específicos de las mujeres latinoamericanas, indudablemente más afectadas que las europeas por la pobreza -y de manera distinta que las asiáticas y orientales-, la violencia, el analfabetismo, la discriminación sexual y la enfermedad. Testigo presencial de las más devastadoras guerrillas suramericanas, en medio de las cuales elaboró su tesis de doctorado, y de las que se nutre gran parte de su narrativa, en particular su novela Estar en el mundo (Era, México, 1994), Francesca nos hace una descripción terrible, poética y admirable de un continente que visualiza como a una esposa sometida esforzándose por levantar cabeza: "Esta Latinoamérica donde a las mujeres no se les rinde justicia: castigadas más duramente que los hombres por un mismo delito, no tienen derecho a la legítima defensa en caso de intento de violación, ni logran justicia cuando son asesinadas, mutiladas, torturadas. Esta Latinoamérica que Estados Unidos ve como "suya", para que les dé a las y los trabajadores sobrantes con los cuales abaratar la mano de obra mundial; suya para que reconozca el valor universal de su dominación; suya para castigarla cuando se rebela."
La literatura, afirma Francesca, es el espacio desde el cual las mujeres latinoamericanas han expresado el dolor callado durante siglos; uno de los terrenos ganados silenciosa pero avasalladoramente por nosotras. Como narradora, la identidad latinoamericana de Francesca no puede ser más evidente. El único rasgo de su europeidad es la sólida estructura ideológica de sus personajes, pero su narrativa poética, arrebatada, hiperbólica, lúbrica no deja lugar a dudas de la fuente de la que ha bebido cada palabra: "(...) Monto con mi hija en los brazos; mientras no despierte tendré la posibilidad de apretarla a mi cuerpo y sentir aunque sea por un rato esa plenitud envolvente que fue amamantarla, ser su fuente de leche, su árbol frutal, su amante devorada. El placer absoluto del cuerpo indispensable y a la vez voluntario, lujuria de la maternidad." (Marcha seca, p. 41)
Su más reciente novela, sin dejar de lado sus pasiones temáticas, se diferencia en el tratamiento con que las trabaja: Al paso de los días (Terracota, México, 2013) se publica trece años después de Marcha seca, y no a consecuencia de una sequía de ideas, sino justamente por lo contrario: Francesca se planteó un proyecto sumamente ambicioso que dio por resultado una trilogía, aunque curiosamente opta por publicar primero la que vendría siendo la segunda novela, un thriller que parece evadir los lugares comunes del género: la consabida maniobra terrorista de desviar un vuelo para secuestrar a sus pasajeros, se convierte en el abandono de los mismos en medio del desierto de Mongolia por parte de la misma tripulación que previamente los ha narcotizado con champaña, so pretexto de festinar la presencia en aquel vuelo Marsella-París de un afamado escritor sobre el que pesa una fatwa (¿Salman Rushdie?), aunque también viaja, en calidad de incógnito, un popular actor hollywoodense.  Siete sobrevivientes, entre ellos los antes citados; una profesora y escritora mexicana acompañada de su hija de trece años y un viejo amigo de ambas, un intelectual serbio que padeció la guerra, parecen convertirse en sujetos de un raro experimento equiparable a un reality show, pues en un mundo colapsado por una repentina descarga de ondas electromagnéticas, producida por una serie de ensayos nucleares en Estados Unidos, la única imagen que el mundo entero capta en sus televisores es la de estos caminantes del desierto, cada día más poseídos por la animalidad de quienes se sostienen en su instinto de sobrevivencia, y no respeta ni a las esposas de diplomáticos con grandes anillos de diamantes.
En su epílogo “A manera de agradecimiento”, explica la autora: “En esta pasión espontánea por los desiertos y las selvas, la agricultura y la vida nómada, la que me ha llevado a concebir unos puentes entre la literatura, en sus expresiones clásicas, aunque no trabajadas poéticamente, de la épica, la tragedia y la lírica, y las ciencias de la vida y del ser, la biología, la física y la geología”. Parece complicado, pero esta formidable novela se deja recorrer como un parque de diversiones, pese a lo escarpado de sus caminos. Y más allá del entretenimiento, explica de manera muy clara cuales son los riesgos que corre la vida en la tierra a manos de gente cuya exacerbada ambición le impide compenetrarse con el dolor humano…hasta que los alcanzan las consecuencias de su propio crimen.

Francesca Gargallo es, como las heroínas de sus novelas recientes, la amazónica madre de una hija llamada Helena que sigue muy de cerca sus pasos, artística y vitalmente hablando, y ha sido su compañera ideal de viajes. La academia mexicana, concretamente la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, tiene una cuenta pendiente con ella como co-creadora de dos  carreras únicas en la República Mexicana, Historia de las Ideas y Creación Literaria, aunque las canalladas burocráticas, pan nuestro de cada día, la han obligado a retomar el camino de la libertad absoluta que, como cualquier otra de sus experiencias vitales –como la propia Irene de Al paso de los días es capaz de encontrar una razón de vida en medio de la catástrofe- disfruta al máximo…mientras dure.

1 comentario:

  1. Guau, honor que me haces. La mejor lectura de mi obra y mi vida que yo haya leído. Gracias

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