JCO
Cuando Joyce
Carol Oates habla de box en su ensayo On
boxing (1987), pareciera hablar de un arte derivado de la danza, que además
se asemeja en todo al arte literario, tal como ella lo ejecuta: "(...)
ocurre tanto, tan rápidamente y con tal sutileza de infarto que no puede
absorberse sino para saber que algo profundo está aconteciendo y que acontece
más allá de las palabras."
Más que apasionada, Joyce es una curiosa del box desde que, siendo una
niñita logró que su padre, un rudo obrero de nombre Frederic Oates, la
incorporara a sus actividades como empedernido amante del arte pugilístico.
Lectora ferviente de Lewis Carroll, en especial de Alicia en el país de las maravillas, que leyó junto con Blanche la
abuela paterna -la “hija del sepulturero” de una de sus obras maestras- la
pequeña Joyce debió fusionar ambas experiencias cotidianas –rudeza/sutileza- en
una muy personal del visión del mundo que habrá de afectar notoriamente tanto la
construcción de sus tramas como en su estilo de escritura. No tuvo una infancia
lo que se dice, normal, rasgo que comparte con muchas de sus heroínas, aunque
con el tiempo llegó a ser divertido asistir a la escuela acompañada por su
madre, Caroline, quien cursó la primaria en un pupitre adyacente al suyo.
Joyce, de hecho, sentaría precedente en su familia como la primera Oates en
concluir la escuela secundaria, lo que de suyo parecía demasiado. Nunca nadie
imaginó que su pluma hiperactiva y su fervor por los libros la conducirían
directo a la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey, donde es profesora de
escritura creativa desde 1978.
Criatura de frágil constitución, toda ojos, más parecida a una cigarra
brillante que a una atleta, Joyce podría decir lo contrario que Barry NcGuigan
cuando se le preguntó por qué se había hecho boxeador: "No puedo ser
poeta. No sé contar historias..." Joyce no pudo usar sus puños para
pelear, pero aprendió a narrar a través de ellos, sin preocuparse por las
cicatrices. La estructura de su narrativa es del todo semejante a una pelea, cada
capítulo es un round; las intensidades varían pero jamás decaen. "Comencé
a escribir muy joven, incluso antes de aprender a escribir, copiaba las letras
de los adultos, pero no pensé en ser escritora. Era como cualquier niña,
escribía mis propias canciones." Ya en la adolescencia, devoraría novelas
de Faulkner, Hemingway, las hermanas Brontë y, muy particularmente, aquel cuya
influencia salta a la vista en sus novelas psicológicas y profundamente
humanas: Dovstoievski. Flannery O'Connor y D.H Lawrence la obsesionarían ya en
su etapa universitaria. Se inició formalmente como escritora a los catorce
años, cuando su querida abuela Blanche le obsequió su primera máquina de escribir,
que se convertiría en una extensión de su persona.
Joyce Carol Oates, considerada el escritor estadounidense con mayor
posibilidad de ganar el Nobel de Literatura, candidata honoraria al mismo desde
hace unos veinticinco años, nació el 16 de junio de 1938, en Lockport, Nueva
York, siendo la mayor de tres hermanos: Fred junior, nacido en 1943, y Ann
Lynn, una niña autista nacida en 1956. Tras pasar por la universidad de
Siracusa, se licenció en Lengua y Literatura Inglesa por la Universidad de
Winsconsin y realizó un doctorado en Rice. A los diecinueve años conquistaría
su primer premio literario en un certamen convocado por la revista Mademoiselle. Publicó su primer libro,
un volumen de cuentos titulado Junto a la
puerta del norte, en 1963, a los 25. Un año más tarde publicaría su primera
novela: Un otoño tembloroso. Y si
bien ambos libros merecieron comentarios elogiosos, no sería sino hasta la
publicación de la novela Ellos
(1969), con la que obtendría el Nacional Book Award en 1970 y se consagraría en
el ámbito editorial internacional. Imparable, Joyce ha acumulado a la fecha más
de una centena de títulos publicados entre novelas, colecciones de relatos, cuentos
para niños, ensayos y obra dramática, incluyendo los firmados bajo los
seudónimos de Rosamond Smith y Kelly de Lauren. Tuvo la fortuna de coincidir en
la maestría con su media naranja, el editor Raymond J. Smith, quien murió de
neumonía el 18 de febrero de 2008. Fundaron una familia pero también una
revista y una editorial, y como tantas otras mujeres desde que el mundo es
mundo, se las ha ingeniado para hacer simultáneamente montones de cosas. Su
productividad le ha acarreado más de una crítica misógina: no está bien visto
que una mujer haga tanto (¡y tan bien!); y que además mantenga su afición a
correr, toque el piano y conteste personalmente los correos de sus lectores,
todo ello a los casi ochenta años de edad. Se ha sugerido, entre otras sandeces,
que la extraordinaria capacidad de esta autora es producto de un trastorno
obsesivo-compulsivo. En una de las reseñas más virulentamente machistas que
recuerdo haber leído, el argentino Rodrigo Fresán señala, entre otras
maledicencias, "(...) Oates no sabe lo que es el miedo a la página en
blanco y, de tenerlo, lo vence enseguida llenándolo de letras negras. No hay
año -desde su debut en 1963- en que esta pálida mujer de mirada lánguida no
edite al menos un par de libros (...)" No recuerdo que alguien haya
cuestionado, por ejemplo, a John Updike, a J.B Priestley, a los Dumas, o al
mismísimo Shakespeare, por poseer esa misma característica… ni que haya hecho
alusión a su mirada lánguida o cualquier otro rasgo físico. En el libro Récord
de Guiness, sin embargo, figura un varón como el escritor más prolífico del
mundo, el brasileño de origen japonés Ryoki Inoue, con una bibliografía de más
de mil títulos, circunstancia que no produce horror, más bien lo contrario.
Joyce Carol es un auténtico genio para apretar a más no poder el nudo de
la tensión dramática y acorralar a sus personajes –y al lector junto con ellos-
hasta aplastarlos contra las cuerdas. Más que atrapar, hipnotiza con la
complejidad de sus estructuras narrativas, nunca lineales, dosificando la
exposición de hechos hasta hacer estallar la bomba de la primera de múltiples
revelaciones, mismas que nunca nos prepararán lo suficiente para la revelación
final. Crea personajes patéticos y sublimes a un tiempo; personaje que, por lo
general, se crecerán ante la inesperada adversidad, como el Michael Mulvaney de
Qué fue de los Mulvaney… como el
anciano Marcus Kidder de Una hermosa
doncella, en quien advierto un halo a lo Lewis Carroll. Las novelas de
Joyce están pobladas de cobardes maravillosos, cuyos hombros cargan a duras
penas la grandeza de su espíritu, mientras que los valientes por deber como
Kirsten y su hermano Owen, de los Mulvaney, terminan por ganarse nuestra
conmiseración, pero también nuestro respeto.
Considerada hasta antes de La hija
del sepulturero su obra maestra, Qué
fue de los Mulvaney (Lumen, Biblioteca Joyce Carol Oates, Barcelona, 2003,
traducción de Carme Camps) aborda la historia de una típica familia
clasemediera y feliz de los Estados Unidos, que prácticamente se cae a pedazos
tras la violación de la hija, única de entre tres hermanos varones. Los
Mulvaney son encantadores… son populares… son guapos… son envidiados, casi
sacados de una película de Disney... pero todo acaba intempestivamente apenas
Marianne es violada por el hijo de uno de los hombres más influyentes del
pueblo. Antes de lo de Marianne, los esposos Mulvaney, Michael y Corinne, han
sabido de una pobre desgraciada, por cierto, compañera de escuela de Marianne,
que se vio forzada a abandonar el pueblo tras un hecho similar. Pero aquella
chica indígena, a la que sin duda compadecen, nada tiene que ver con Marianne.
La bella, talentosa y popular Marianne. No se les ocurre temer por la
integridad de su propia hija; ni por un instante las asocian, como si
pertenecieran a planetas distintos. La historia, paradójicamente, es narrada,
en ocasiones juzgada desde la perspectiva del "benjamín" de la
familia, quien al eclipsarse ante la tragedia de su hermana y sus posteriores
consecuencias, aprovecha esa semi invisibilidad para analizar a cada miembro de
su familia, primero, y vengarse después: es a través de esa mirada que la
supuesta grandeza queda reducida a cenizas, especialmente el orgullo del padre,
al que se solía admirar por su valor y entereza pero termina desterrando a su
hija favorita porque no puede con la rabia que su sola visión derrotada le
produce. Los Mulvaney, víctimas de una afrenta, pasan a convertirse en los
apestados del pueblo, en la familia violada y abierta de piernas: en putas. Desde
el padre hasta el hijo pequeño. Todos sistemáticamente violados una y otra vez,
por las habladurías; la compasión que en el fondo se alegra de no estar en los
zapatos de aquellos a los que antes veían lejanos como estrellas.
Marilyn Monroe, personaje que obsesionaba a Joyce de mucho, mucho tiempo
atrás ("que Marilyn Monroe hubiera optado por matarse resultaba
maravillosamente consolador para las chicas "feas". También las
chicas bonitas lo encontraban alentador", se lee en una de sus novelas
tempranas, Ángel de luz), será la
apoteosis de los rasgos psicológicos resaltados en los Mulvaney: en Blonde, novela que para muchos perdió inexplicablemente
el Pulitzer del 2001, Marilyn rebasa su patetismo; se impone a su tragedia, una
y mil veces contada; se nos revela como una niña inteligente y sensible muchos
años antes de salir a la luz cartas y poemas a resguardo de Lee Strasberg,
maestro de actuación y gran amigo de la actriz, que la exhiben muy parecida a
la invocada por la brillante intuición de la autora neoyorquina.
Como casi todas las novelas de Joyce, Blonde
es, sobre todo, una historia de familia, una búsqueda desesperada, casi agónica
de la figura paterna, aunque ese hueco emocional adquiere matices insospechados
en Una hermosa doncella, donde una
niñera de dieciséis años llamada Katya Spivak, explotada por una familia
clasemediera con ínfulas de millonarios, tiene un encuentro de pronóstico
reservado con un aristocrático anciano de nombre Marcus Kidder, escritor de
libros para niños y pintor aficionado. El casi septuagenario señor Kidder se
obsesiona con la muchachita apenas verla, deambulando por un elegante barrio
comercial con los dos pequeños a los que cuida, y Katya, que lleva muchos años
aguardando el retorno del padre abandonador, un camionero ludópata, no puede
evitar dejarse arrastrar por la apasionada bondad de los ojos azules de su
admirador. Al mismo tiempo reflexiona respecto a posibles intenciones del
caballero que no puede estarle brindado su apoyo y amistad en forma tan
desinteresada. La relación se va complejizando. Katya se convierte en la musa
del señor Kidder en su calidad de artista, pero él espera algo más de ella…
algo no tan obvio. Y Katya se ve atrapada de pronto entre sentimientos ambivalentes
hacia su admirador: gratitud, amor…asco.
La hija del sepulturero
(Alfaguara, México, 2009, traducción de José Luis López Muñoz), es otra saga
familiar que, si nos dejamos convencer por la dedicatoria -"para mi abuela
Blanche Morgenstern, la "hija del sepulturero"- se aproxima a la
autobiografía. Digamos que el personaje de Rebecca Schwart, la protagonista,
cuyo único tesoro en la vida es un diccionario, tiene mucho de la querida
abuela Blanche, pero también de la propia Joyce. Cronológicamente, Rebecca,
nacida en 1936, es mucho más próxima a la nieta que a la abuela, aunque la
historia de la familia alemana que emigra a los Estados Unidos, huyendo de la
persecución nazi, y cuya cabeza, Jacob Schwart, brillante matemático, se verá
obligado, entre otras cosas debido a su absoluto desconocimiento del idioma
inglés, a trabajar como sepulturero, es ni más ni menos la historia de la
abuela Morgenstern. Jacob y Anna Schwart llegan a aquel pueblito al norte de
Nueva York con tres hijos, habiendo salido solo con dos varones. Rebecca nace a
bordo del inmundo buque donde realizan el trayecto, con todo en contra para
sobrevivir. A partir de la milagrosa supervivencia de Rebecca, cuya existencia
parece pender de un hilo, de principio a fin, se plantea la posibilidad de
nacer predestinados. Y si bien la abuela de Joyce estaba destinada a ser la
abuela de la más grande escritora estadounidense, Rebecca daría a luz a un
artista, cuya existencia correría también múltiples riesgos junto a una madre
errática.
Rebecca tiene en común con Joyce vivir inmersa en un ámbito misógino...
empezando por la misoginia, digamos, inocente, del hermano mayor, Herschel, que
goza confundiendo a su hermanita, aunque en el fondo la quiera. La misoginia
del padre que, como magníficamente se expone en esta novela, no es otra cosa
que miedo. Miedo a la mujer... a la sexualidad de la mujer... a la ternura y a
la inteligencia de la mujer. Jacob, quien apenas tomar la pala que
estigmatizará su identidad, sufre una transformación casi kafkiana, enloquece
por poco al enterarse, a través del periodiquito local, de que su hija pequeña,
la mujercita, ha ganado un concurso de ortografía cuyo principal premio es un
diccionario que la chiquilla de opacas trenzas negras defenderá con uñas y
dientes:
Jacob no se fiaba de las mujeres.
Schopenhauer sabía muy bien que las féminas son simple carne, fecundidad. La
hembra seduce al macho (débil, enamorado) para realizar la cópula y, contra la
inclinación de sus deseos, lo arrastra a la monogamia. Al menos en teoría. El
resultado es siempre el mismo: la especie se perpetúa. ¡Siempre el deseo, la
cópula, siempre la nueva generación, siempre la especie! Voluntad ciega,
estúpida, insaciable (...) Al servicio de esa voluntad ciega, la secreta
suavidad femenina, los aromas húmedos, las interioridades de la fémina,
plegadas, rosadas, en las que el hombre puede penetrar innumerables veces sin
por ello percibirlas ni entenderlas. Del cuerpo femenino había surgido el
dédalo, el laberinto. El panal con una sola entrada y ninguna salida. (p.
195).
La familia Schwart se desmiembra en forma trágica, quedando la hija
pequeña a la deriva, quien una vez más se erige superviviente de una muerte que
parecía inevitable. Narra Joyce que su padre le contó alguna vez cómo, contando
Fred Oates quince años, la edad de Rebecca al momento de quedarse huérfana, el
padre de este, en un arranque de ira, intentó matar a la abuela Blanche con una
pistola, para terminar matándose él. Hasta entonces, Joyce se enteró también de
los antecedentes judíos de su familia que en El hijo del sepulturero tienen relación muy directa con el drama de
la protagonista. Quién sabe de dónde saca energía la adolescente Rebecca para
seguir adelante, rechazando incluso la que pareciera la milagrosa intervención
de una maestra que promete protegerla de los inminentes peligros a los que se
expone una muchachita sola. Pese a su juventud, Rebecca parece percibir aquello
más como una oportunidad de construirse una vida al margen de la tragedia que
la ha marcado. Su inmadurez la llevará a cometer otro error: enamorarse de un
hombre no muy distinto a su propio padre, aunque lo sea en apariencia, que
volverá a ponerla al borde de la muerte junto con su hijito. Una vez más,
Rebecca reunirá el valor necesario para salvar a su hijo, aunque ello recurra a
una maniobra todavía más drástica: convertirse en otra persona, una encantadora
y joven viuda de nombre Hazel Jones: "(...) Freud había dado en el clavo
con el resto: la civilización era el precio que pagabas para que no te cortaran
el cuello, pero era un precio demasiado alto (...) ¡La tiranía del papel de la
madre moribunda en la civilización nunca podrá exagerarse!" (p. 561).
El conflicto con la identidad resurge en Mujer de barro (Alfaguara, México, 2013, traducción de María Luisa
Rodríguez Tapia), de una manera todavía más violenta, explícita y dolorosa. En
este caso se trata de una novela contemporánea y de una crítica política, en el
marco de llamada “Guerra preventiva” de George Bush contra países de Medio
Oriente. No es extraño que Joyce aluda y hasta caricaturice el contradictorio
sistema estadounidense que, al tiempo que se asume protector, humanista e
incluyente, no tiene empacho en enriquecerse a través de guerras sin sentido
(si es que alguna guerra es humanamente justificable), lo cual no fue
impedimento para que, posterior a la publicación de esta polémica novela, el
Presidente Obama, en persona, le colocara en 2011 la National Humanities Medal,
el más alto galardón civil del gobierno estadounidense en el campo de las
humanidades. El capítulo introductorio de Mujer
de barro es de una crueldad sin parangón: una niña pequeña a manos de una
madre esquizofrénica y fanática religiosa; una niña de no más de tres años
cubierta de huellas de un maltrato previo, prácticamente condenada a muerte
tras lo que parece una vida de encierro y torturas, sin que nadie haya hecho
nada por rescatarla –poco más adelante nos enteraremos de que tiene una hermana
que ha desaparecido misteriosamente del panorama-. Poco o nada puede esperarse de
una sociedad que ha permitido una situación tan atroz, y sin embargo la pequeña
es rescatada de entre las marismas, oh paradoja, por uno de esos espantajos
humanos por los que nadie ofrece un centavo, y que de algún modo, entre las
sombras o el recuerdo, se instalará para siempre en la vida de la niña que
asegura llamarse Jewell. El cadáver de Jedina, la menor, es localizado mucho
después al interior de un frigorífico zozobrando en un barranco.
Esta sórdida situación se va complicando al tiempo que las piezas sueltas
empiezan encajar con una sencillez pasmosa, aunque en forma aleatoria. ¿Quién
es en realidad Jewell? ¿Pudo haber mentido asumiendo la identidad de su hermana
mayor? A fin de cuentas será adoptada por una amorosa pareja de cuáqueros que
la convertirá en Meredith Ruth Neukirchen, que era el nombre de la hija que les
fue absurdamente arrebatada por la muerte y tendría exactamente la supuesta
edad de Jewell. Llegará el momento, al alcanzar la adolescencia, en que Meredith
comprenderá que el amor de esas maravillosas personas a las que nunca consigue amar
como ameritarían, no le pertenece en realidad a ella sino a la niña muerta
cuyas fotos continúan contemplando entre lágrimas. Meredith es una sustituta.
Ha seguido ciegamente el camino que le han trazado sus padres adoptivos sin
cuestionarse en lo absoluto, hasta que decide construirse una identidad
propia…y entonces nace la doctora en filosofía M.R Neukirchen, la primera mujer
en llegar a rectora en una prestigiada universidad, lo cual, paradójicamente,
es asumido, muy especialmente por Ruth, su madre, como una traición: el trato
era que Meredith se quedara cerca de ellos; que aportara su talento a su
comunidad, no a gente tan apartada de las cosas esenciales…apartada de Dios y
del amor al prójimo.
M.R, heroína de Mujer de barro, es
un personaje cautivador, digno de envidia para otros autores que hubieran
querido concebirla en vez de Joyce. No es que sea muchas mujeres en una, como
pareciera sugerir ese enjambre de nombres de identidades: es una mujer que
prácticamente ha tenido que darse a luz a sí misma, aunque sabe que el precio a
pagar será terriblemente alto e incluye, entre otras cosas, renunciar al amor….incluso,
en un caso extremo, también a sus ambiciones profesionales. El destino la ha
colocado sin consultárselo del lado de los fuertes, (…) Cuando eres mujer no te
quieren por ser fuerte y capaz, pero si eres mujer, fuerte y capaz, saldrás adelante
sin amor (p. 371, cursivas del original). De algún modo debe lidiar con el
hecho de que no es quien dice ser; que el Rey de los Cuervos con que identifica
al ser que la hizo retornar a la vida cuando todo estaba programado para ser
engullida por la tierra, nunca se ha marchado de su vida, y nunca dejará de ser
la Niña de Barro. Llega un momento, cuando la ética de la rectora Neukirchen y
su renuencia de aceptar un jugoso donativo de treinta y cinco millones de
dólares para su universidad, por parte de los mismos que están colaborando con
el gobierno de Bush con armamento para llevar a cabo su matanza en Medio
Oriente, le aporta a la de por sí apasionante historia un giro de thriller. Cuando
a Joyce Carol Oates se le cuestiona la violencia de sus narraciones, su
respuesta no puede ser más inteligente: "Nuestras cifras de criminalidad
le resultarían increíbles a cualquier europeo civilizado. En Suecia e
Inglaterra consideran que vivimos en una especie de oeste salvaje, donde en
cada casa hay un arma."
A Joyce Carol Oates se le ha regateado el Nobel, pero en cambio ha ganado
prácticamente todos los premios literarios importantes de los Estados Unidos.
La presencia intermitente de la violencia en su narrativa; violencia en todas
sus manifestaciones posibles, constituye una protesta contra este elemento tan
presente en la vida cotidiana y en la política de su país. Lo más sutil en la
literatura de esta autora es la denuncia, que apartada por completo del
panfletarismo recurre a la exposición cruda de la realidad para apelar a la
indignación del lector. Dicho por ella misma: “Cuando la gente dice que hay
demasiada violencia en mis libros, lo que está diciendo es que hay demasiada
realidad en la vida”.







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