Fotografía: Gabriela Bautista
Llegué tarde
a las letras porque escribía a escondidas...
AGB
La crítica feminista llegó a ser injusta con Ana García Bergua. No porque ignoren sus libros, o se les reciba sin entusiasmo, antes bien, desde el primero hasta el último han merecido toda suerte de elogios, comparándosele reiteradamente con Jorge Ibargüengoitia. ¿Por qué digo entonces que cierta crítica ha sido injusta?, porque tratándose de una autora con tantos aciertos estilísticos, entre ellos un humor espontáneo y muy personal, lleno de capciosa inocencia y sutilísima ironía, el detalle que más ha intrigado a sus críticos y críticas (complacidos unos, indignadas otras) ha sido su empeño por concederle las riendas de la narración a personajes varones, básicamente en sus dos primeras y más celebradas novelas, El umbral y Púrpura. En la más reciente, que la hizo acreedora del prestigiado Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013, La bomba de San José, el jurado, compuesto por Anamari Gomís, Antonio Ortuño y Edmundo Paz Soldán, cuentan entre sus méritos el de recurrir al “travestismo literario”, aunque en este caso se trata de una narración a dos voces, una femenina y otra masculina.
Y mientras la crítica, particularmente la ejercida por teóricas
feministas, se devana los sesos tratando de averiguar si Ana preferiría ser
escritor que escritora (misma encrucijada en que las sigue teniendo metidas
Josefina Vicens), y los críticos varones, machistas, la felicitan por no ceder
a la tentación de lo femenino (o así era hasta Rosas negras, cuando opta por cederle la voz a un personaje
femenino), lo cierto es que ella simplemente escribe, escribe y escribe. Y
escribe lo que le da la gana. Y se le siente sumamente cómoda.
Nacida en México el 8 de octubre de 1960, casada con el jazzista Eduardo Piastro y madre de dos muchachas rubias, Ana es copia fiel de su prosa: fresca,
discreta, un tanto o un mucho reservada y, no obstante, delirantemente
graciosa, declarada enemiga de toda solemnidad pese a que a simple vista
pareciera melancólica. Escenográfa de profesión, asegura haberse hecho
escritora en 1985 porque necesitaba narrar la historia de su hermano, Jordi
García Bergua, quien se suicidó con solo veintitrés años y llegó a publicar, póstumamente,
una primera y única novela: Karpus Mintek
(Fondo de Cultura Económica, 1981).
El umbral,
travels and adventures (Era, México
1993), que algunos han comparado con Harry Potter, aunque publicada mucho antes
de la obra de JK Rowling, ha sido reiteradamente etiquetada como “novela
fantástica” cuando en realidad se trata de la exploración del mundo interior de
Julius, el protagonista, un muchachito poseído por una fabulosa esquizofrenia
creadora. Con esta embriagadora novela, que pide a gritos ser leída más de una
vez, y de dos, Ana se hizo acreedora a una mención en el Premio Iberoamericano
de Primeras Novelas en 1994, en Santiago de Chile. Se las ingenia desde
entonces para dividir su tiempo entre quehaceres domésticos —es una ama de casa
de las de antes, de las que disfrutan hacer postres, de las que tejen suéteres
para sus hijas-; y esa exigente amante que es la escritura, misma que desde siempre
asocia con el retiro, el silencio, la discreción.
Pero mientras El umbral deja
constancia de una época más juvenil y desenfadada de una joven escritora
deseosa de establecer (o recobrar) un puente metafísico entre ella y su hermano,
Púrpura (Era, 1999) es su novela de
ingreso a la madurez y otro puente, en este caso, para entenderse con su padre,
el prestigiado crítico de cine de origen español, Emilio García Riera (Ibiza,
1931-Guadalajara, 2002). En esta pone en juego su sentido del humor entre ingenuo
y morboso, siempre a la par de su luminosa habilidad para montar atmósferas
extravagantes, como haría en un teatro. En esta novela, ambientada en el México
de los años cuarenta, Artemio, un joven provinciano, por ende ingenuo, viaja a
la capital para trabajar con su primo Mauro, relacionado con el cine y con lo
que el mundo del espectáculo implica desde entonces: orgías, drogas,
prostitución, etc. Narrada a manera de bildungsroman, Púrpura describe el proceso a través del cual este anodino joven de
pelo engominado va descubriendo y desvelando su homosexualidad mientras gira
inmerso en un alucinante baile de máscaras donde ninguno de los personajes es
lo que dice ser.
Ana extiende esa irreverente visión de la vida y de la muerte –sobre todo
de la muerte- hasta su novela Rosas
negras, protagonizada por el fantasma de don Bernabé Góngora, que sufre un
paro cardiaco en medio de una comilona en el restaurante más elegante de San
Cipriano, Tonalato, mismo poblado ficticio del que es originario el protagonista
de Púrpura, así como la ingenua Maite
de La bomba de San José, y con el
cual Ana rinde tributo al Cuévano de Jorge Ibargüengoitia.
Bernabé verá transcurrir la vida desde un candil del mismo restaurante
que parece estorbar su ascensión al cielo. Será después de muerto cuando descubre
que sus dos mejores amigos son unos interesados; que para colmo se disputarán a
su viuda, Sibila, como parte del botín; descubrirá también que su joven y bella
esposa, de cuya sinceridad dudó tantas veces, le ama en forma incondicional,
virtud muy difundida entre los personajes femeninos de Ana, esposas devotas de
sus esposos, caso también de la Luisa de Isla
de bobos y Maite de La bomba de San
José. En medio de su desesperación por prevenirla contra los dos
indeseables pretendientes que sólo quieren su fortuna, Bernabé elige a
Ambrosio, joven y noble mesero, para hacerle llegar a Sibila su mensaje, lo
cual se complica en vista de las escasas luces del muchacho y de que Bonifacio
y Murillo, sus supuestos amigos, son aficionados al espiritismo y han detectado
la presencia de Bernabé. Sibila, por otra parte, dueña de una gran inteligencia
instintiva, percibe los afanes de Bernabé por contactarla, razón por la cual se
niega a que cualquiera de los amigos de este la apoye en la administración de
sus mueblerías.
Ana confiesa que la escritura de esta novela coincide con el agravamiento
de su padre: “La incertidumbre me hizo concebir el espíritu suspendido en la
lámpara. Me acuerdo que, cuando mi papá estaba muy mal, alguna vez le
preguntamos qué disponía que se hiciera con sus restos. A él no le importaba en
lo absoluto –su idea del cielo era la de un café donde se encontraría con sus
amigos- y bromeó diciendo que pusieran sus cenizas en una urna etrusca. No
puedo negar que el asunto me inquietaba, y quizá sí me sirvió escribir la
novela para aceptar esa muerte.”
Posteriormente nos entrega su acaso más arriesgada novela, que si bien
parte de un hecho estrictamente documentado, es recreado desde su muy
particular visión del mundo, que es una visión realista con ribetes
fantásticos. Según explica la propia autora en la nota final de Isla de bobos (Seix Barral, Biblioteca
Breve, 2007), tuvo acceso, gracias a su trabajo como asistente de Enrique
Krauze en la editorial Clío, a unos documentos originales que brindaban los
pormenores de los hechos ocurridos en la legendaria isla de Clipperton, donde
un militar mexicano fue enviado con la comisión de proteger esta parte del
terreno nacional del asedio de los norteamericanos e ingleses, interesados en
el fosfato de la caca de los pájaros bobos. Dicho suceso había servido de tema
para el reportaje novelado de la escritora colombiana Laura Restrepo, La isla de la pasión, pero Ana, al
retomarlo, le da un tratamiento totalmente distinto, lleno de irreverente
encanto, empezando por renombrar a sus personajes, que es una forma de
reinventarlos. El título alude a las peculiares aves que contribuyeron a paliar
el hambre de los náufragos, pero también a sus protagonistas, Raúl y Luisa,
bobos, idealistas, patéticos y, no obstante, conmovedores e inolvidables, defendiendo
lo indefendible, un lugar que se describe como “un atolón”, bordeado por un mar
alebrestado; feroz, se dice, como “un cancerbero”, plegado de peces venenosos y
tiburones holgazaneando por las orillas.
Raúl, como todo protagonista varón de Ana, es un romántico incorregible
que sueña alcanzar status de lo que sea. Está harto, por lo pronto, de sus
meticulosas tareas como farmacéutico y se le hace fácil alistarse en el
ejército, en primer lugar, para demostrar que aunque hijo de francés, es todo
un mexicano dispuesto a morir por la patria. Pero no tardará en experimentar
los rigores del hastío y del cansancio, particularmente después de que su
juventud y guapura le asegura un sitio de honor en la habitación de una guapa
señora que cuida de él como una mascota consentida. Esto le cuesta ser boletinado
como desertor. Raúl, sin embargo, no tardará en asimilar el reto y lucir el
uniforme con la gallardía propia de los humillados. En medio de su incesante
búsqueda de novia, caerá en los brazos de una bella jovencita llamada Luisa,
devoradora de novelas rosas, pero la unión parece destinada a no fructificar,
pues justo en el nivel máximo del romance, Raúl es comisionado a cuidar de la
isla de K. Lo anterior solo puede significar que tendrá que renunciar a los
brazos de la hermosa de dieciséis años…. ni se imagina Raúl que su alma gemela
lo equipara en idealismo, en romanticismo y en insensatez; que está dispuesta a
seguirlo hasta el fin del mundo… y eso incluye la infernal K. Y si bien el
hormonal alboroto propio de los recién casados les ayuda a paliar los padeceres
y deficiencias de su entorno, cosas como infecciones, parásitos y encías
sangrantes, el Paraíso no tardará en mostrarse ante la desesperada pareja tal
cual es.
La fidelidad de ambos resulta tan patética como conmovedora (la
fidelidad de él a ese cuerpo etéreo, invocado a diario, llamado Patria; la de
ella a su príncipe azul), la historia pudiera ser la metáfora de todo
enamoramiento juvenil que culmina en un chorro helado de realidad, como lo es
de hecho en la novelística de Ana García Bergua donde los desesperados amores
de juventud suelen ser bruscamente interrumpidos. La situación límite coloca a
las mujeres de K. en el punto exacto para ser víctimas o heroínas, y gracias a
la desesperación de una de ellas, de nombre Martina, que se decide a hacerla un
poco de Judith contra el negro que se ha apoderado de ellas y de sus hijos e
hijas tras zozobrar los demás varones en su intento por atraer ayuda, pareciera
que eligen lo segundo, aunque la sociedad misma, “la civilización”, se empeñe
en victimizarlas y denigrarlas. El personaje de Luisa se salva del patetismo
gracias a su dignidad y a su propósito de salir adelante sola, aunque este sea
dictado más por un sentido del deber para con su religión y su marido muerto,
desdeñando incluso una ventajosa propuesta matrimonial de un acaudalado
caballero norteamericano que la hubiera rescatado de la miseria a ella y a sus
cinco hijos.
Aunque en La bomba de San José (Era,
UNAM, México, 2013) Ana García Bergua retoma algunos elementos de sus novelas
anteriores –el conflicto matrimonial, el idealismo ciego, la fidelidad, el
humor- los reacomoda dentro de un contexto absolutamente novedoso en su
universo literario: el México de la década de los sesenta; el de una Zona Rosa
recientemente bautizada y en su apogeo, con agencias de publicidad que eran
semillero de poetas, la Casa del Lago y el inicio de la insurrección de las
mujeres sumisas a la que, en apariencia, escapa Maite, una de las narradoras;
una ama de casa y joven madre ejemplar, casada con Hugo Valdés –el otro
narrador- un aspirante a escritor que se gana la vida paladeando frases
ingeniosas para comerciales. La vida tranquila y casi feliz de la sencilla
Maite, se ve violentamente quebrantada cuando Hugo llega al hogar acompañada de
una famosa y despampanante actriz llamada Selma Bordiú, mejor conocida como “la
bomba de San José” (por su origen costarricense), a quien parecen perseguir la
mafia y un celoso amante político. Maite, que no se huele absolutamente nada,
opta por proteger a quien se le presenta como una víctima de las circunstancias,
y que en realidad es el objeto de la pasión erótica de su marido.
Selma Bordiú entra y sale de la trama. Llega a salir de la casa de
Maite, y Hugo detrás de ella –aunque no se trate de un abandono en toda la
regla- y en medio de este vaivén de mambo y rock and roll, Maite, que pudo ser
una víctima de las circunstancias, empieza a mutar en un maravilloso ejemplar
picaresco que, tras sufrir la ausencia y el engaño del marido, termina por
sacarle provecho a la situación e inicia un divertido proceso de emancipación,
por la que no atraviesa ninguno de los personajes femeninos previos de Ana. En
un solo día, la virtuosa ama de casa baila enfebrecida en un departamento
desconocido, rodeada de melenudos; hace el amor (ebria) con el esposo de una
amiga que en el fondo le cae mal y se come cuatro donas de chocolate en su
retorno a casa, de madrugada. Pese a todo esto, y jugando un poco con
estereotipos de la literatura clásica, Maite opta por trabajar en una mercería
donde se entretiene tejiendo, mientras “espera” al marido fugitivo, aunque la
Maite con que se encuentra Hugo tras su retorno de una psicodélica y delirante
aventura lo recibe con las chapas cambiadas y una transformación radical, nunca
deja de ser deliciosamente ingenua.
Respecto a esta novela, Ana reconoce que para crear a Maite se inspiró
un poco en su propia madre, “¡aunque ella no terminó haciendo lo mismo que
Maite!”, aclara, sonriente.
Todas esas virtudes estilísticas que distinguen su novelística, son trasladadas
al cuento, género en el que, increíblemente, Ana se desenvuelve con el mismo
desparpajo, y digo increíblemente porque no es común que un autor brinque de un
género al otro con fortuna. Lo más sobresaliente de su producción cuentística
ha sido recientemente reunida en el libro El
limbo bajo la lluvia, hermosa edición de Textofilia (México, 2013).


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