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sábado, 4 de enero de 2014

Pura electricidad

Fotografía: Gabriela Bautista

Llegué tarde a las letras porque escribía a escondidas...

AGB

La crítica feminista llegó a ser injusta con Ana García Bergua. No porque ignoren sus libros, o se les reciba sin entusiasmo, antes bien, desde el primero hasta el último han merecido toda suerte de elogios, comparándosele reiteradamente con Jorge Ibargüengoitia. ¿Por qué digo entonces que cierta crítica ha sido injusta?, porque tratándose de una autora con tantos aciertos estilísticos, entre ellos un humor espontáneo y muy personal, lleno de capciosa inocencia y sutilísima ironía, el detalle que más ha intrigado a sus críticos y críticas (complacidos unos, indignadas otras) ha sido su empeño por concederle las riendas de la narración a personajes varones, básicamente en sus dos primeras y más celebradas novelas, El umbral y Púrpura. En la más reciente, que la hizo acreedora del prestigiado Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013, La bomba de San José, el jurado, compuesto por Anamari Gomís, Antonio Ortuño y Edmundo Paz Soldán, cuentan entre sus méritos el de recurrir al  “travestismo literario”, aunque en este caso se trata de una narración a dos voces, una femenina y otra masculina.
Y mientras la crítica, particularmente la ejercida por teóricas feministas, se devana los sesos tratando de averiguar si Ana preferiría ser escritor que escritora (misma encrucijada en que las sigue teniendo metidas Josefina Vicens), y los críticos varones, machistas, la felicitan por no ceder a la tentación de lo femenino (o así era hasta Rosas negras, cuando opta por cederle la voz a un personaje femenino), lo cierto es que ella simplemente escribe, escribe y escribe. Y escribe lo que le da la gana. Y se le siente sumamente cómoda.
Nacida en México el 8 de octubre de 1960, casada con el jazzista Eduardo Piastro y madre de dos muchachas rubias, Ana es copia fiel de su prosa: fresca, discreta, un tanto o un mucho reservada y, no obstante, delirantemente graciosa, declarada enemiga de toda solemnidad pese a que a simple vista pareciera melancólica. Escenográfa de profesión, asegura haberse hecho escritora en 1985 porque necesitaba narrar la historia de su hermano, Jordi García Bergua, quien se suicidó con solo veintitrés años y llegó a publicar, póstumamente, una primera y única novela: Karpus Mintek (Fondo de Cultura Económica, 1981).
El umbral, travels and adventures (Era, México 1993), que algunos han comparado con Harry Potter, aunque publicada mucho antes de la obra de JK Rowling, ha sido reiteradamente etiquetada como “novela fantástica” cuando en realidad se trata de la exploración del mundo interior de Julius, el protagonista, un muchachito poseído por una fabulosa esquizofrenia creadora. Con esta embriagadora novela, que pide a gritos ser leída más de una vez, y de dos, Ana se hizo acreedora a una mención en el Premio Iberoamericano de Primeras Novelas en 1994, en Santiago de Chile. Se las ingenia desde entonces para dividir su tiempo entre quehaceres domésticos —es una ama de casa de las de antes, de las que disfrutan hacer postres, de las que tejen suéteres para sus hijas-; y esa exigente amante que es la escritura, misma que desde siempre asocia con el retiro, el silencio, la discreción.
Pero mientras El umbral deja constancia de una época más juvenil y desenfadada de una joven escritora deseosa de establecer (o recobrar) un puente metafísico entre ella y su hermano, Púrpura (Era, 1999) es su novela de ingreso a la madurez y otro puente, en este caso, para entenderse con su padre, el prestigiado crítico de cine de origen español, Emilio García Riera (Ibiza, 1931-Guadalajara, 2002). En esta pone en juego su sentido del humor entre ingenuo y morboso, siempre a la par de su luminosa habilidad para montar atmósferas extravagantes, como haría en un teatro. En esta novela, ambientada en el México de los años cuarenta, Artemio, un joven provinciano, por ende ingenuo, viaja a la capital para trabajar con su primo Mauro, relacionado con el cine y con lo que el mundo del espectáculo implica desde entonces: orgías, drogas, prostitución, etc. Narrada a manera de bildungsroman, Púrpura describe el proceso a través del cual este anodino joven de pelo engominado va descubriendo y desvelando su homosexualidad mientras gira inmerso en un alucinante baile de máscaras donde ninguno de los personajes es lo que dice ser.
Ana extiende esa irreverente visión de la vida y de la muerte –sobre todo de la muerte- hasta su novela Rosas negras, protagonizada por el fantasma de don Bernabé Góngora, que sufre un paro cardiaco en medio de una comilona en el restaurante más elegante de San Cipriano, Tonalato, mismo poblado ficticio del que es originario el protagonista de Púrpura, así como la ingenua Maite de La bomba de San José, y con el cual Ana rinde tributo al Cuévano de Jorge Ibargüengoitia.
Bernabé verá transcurrir la vida desde un candil del mismo restaurante que parece estorbar su ascensión al cielo. Será después de muerto cuando descubre que sus dos mejores amigos son unos interesados; que para colmo se disputarán a su viuda, Sibila, como parte del botín; descubrirá también que su joven y bella esposa, de cuya sinceridad dudó tantas veces, le ama en forma incondicional, virtud muy difundida entre los personajes femeninos de Ana, esposas devotas de sus esposos, caso también de la Luisa de Isla de bobos y Maite de La bomba de San José. En medio de su desesperación por prevenirla contra los dos indeseables pretendientes que sólo quieren su fortuna, Bernabé elige a Ambrosio, joven y noble mesero, para hacerle llegar a Sibila su mensaje, lo cual se complica en vista de las escasas luces del muchacho y de que Bonifacio y Murillo, sus supuestos amigos, son aficionados al espiritismo y han detectado la presencia de Bernabé. Sibila, por otra parte, dueña de una gran inteligencia instintiva, percibe los afanes de Bernabé por contactarla, razón por la cual se niega a que cualquiera de los amigos de este la apoye en la administración de sus mueblerías.
Ana confiesa que la escritura de esta novela coincide con el agravamiento de su padre: “La incertidumbre me hizo concebir el espíritu suspendido en la lámpara. Me acuerdo que, cuando mi papá estaba muy mal, alguna vez le preguntamos qué disponía que se hiciera con sus restos. A él no le importaba en lo absoluto –su idea del cielo era la de un café donde se encontraría con sus amigos- y bromeó diciendo que pusieran sus cenizas en una urna etrusca. No puedo negar que el asunto me inquietaba, y quizá sí me sirvió escribir la novela para aceptar esa muerte.”

Posteriormente nos entrega su acaso más arriesgada novela, que si bien parte de un hecho estrictamente documentado, es recreado desde su muy particular visión del mundo, que es una visión realista con ribetes fantásticos. Según explica la propia autora en la nota final de Isla de bobos (Seix Barral, Biblioteca Breve, 2007), tuvo acceso, gracias a su trabajo como asistente de Enrique Krauze en la editorial Clío, a unos documentos originales que brindaban los pormenores de los hechos ocurridos en la legendaria isla de Clipperton, donde un militar mexicano fue enviado con la comisión de proteger esta parte del terreno nacional del asedio de los norteamericanos e ingleses, interesados en el fosfato de la caca de los pájaros bobos. Dicho suceso había servido de tema para el reportaje novelado de la escritora colombiana Laura Restrepo, La isla de la pasión, pero Ana, al retomarlo, le da un tratamiento totalmente distinto, lleno de irreverente encanto, empezando por renombrar a sus personajes, que es una forma de reinventarlos. El título alude a las peculiares aves que contribuyeron a paliar el hambre de los náufragos, pero también a sus protagonistas, Raúl y Luisa, bobos, idealistas, patéticos y, no obstante, conmovedores e inolvidables, defendiendo lo indefendible, un lugar que se describe como “un atolón”, bordeado por un mar alebrestado; feroz, se dice, como “un cancerbero”, plegado de peces venenosos y tiburones holgazaneando por las orillas.
Raúl, como todo protagonista varón de Ana, es un romántico incorregible que sueña alcanzar status de lo que sea. Está harto, por lo pronto, de sus meticulosas tareas como farmacéutico y se le hace fácil alistarse en el ejército, en primer lugar, para demostrar que aunque hijo de francés, es todo un mexicano dispuesto a morir por la patria. Pero no tardará en experimentar los rigores del hastío y del cansancio, particularmente después de que su juventud y guapura le asegura un sitio de honor en la habitación de una guapa señora que cuida de él como una mascota consentida. Esto le cuesta ser boletinado como desertor. Raúl, sin embargo, no tardará en asimilar el reto y lucir el uniforme con la gallardía propia de los humillados. En medio de su incesante búsqueda de novia, caerá en los brazos de una bella jovencita llamada Luisa, devoradora de novelas rosas, pero la unión parece destinada a no fructificar, pues justo en el nivel máximo del romance, Raúl es comisionado a cuidar de la isla de K. Lo anterior solo puede significar que tendrá que renunciar a los brazos de la hermosa de dieciséis años…. ni se imagina Raúl que su alma gemela lo equipara en idealismo, en romanticismo y en insensatez; que está dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo… y eso incluye la infernal K. Y si bien el hormonal alboroto propio de los recién casados les ayuda a paliar los padeceres y deficiencias de su entorno, cosas como infecciones, parásitos y encías sangrantes, el Paraíso no tardará en mostrarse ante la desesperada pareja tal cual es.
La fidelidad de ambos resulta tan patética como conmovedora (la fidelidad de él a ese cuerpo etéreo, invocado a diario, llamado Patria; la de ella a su príncipe azul), la historia pudiera ser la metáfora de todo enamoramiento juvenil que culmina en un chorro helado de realidad, como lo es de hecho en la novelística de Ana García Bergua donde los desesperados amores de juventud suelen ser bruscamente interrumpidos. La situación límite coloca a las mujeres de K. en el punto exacto para ser víctimas o heroínas, y gracias a la desesperación de una de ellas, de nombre Martina, que se decide a hacerla un poco de Judith contra el negro que se ha apoderado de ellas y de sus hijos e hijas tras zozobrar los demás varones en su intento por atraer ayuda, pareciera que eligen lo segundo, aunque la sociedad misma, “la civilización”, se empeñe en victimizarlas y denigrarlas. El personaje de Luisa se salva del patetismo gracias a su dignidad y a su propósito de salir adelante sola, aunque este sea dictado más por un sentido del deber para con su religión y su marido muerto, desdeñando incluso una ventajosa propuesta matrimonial de un acaudalado caballero norteamericano que la hubiera rescatado de la miseria a ella y a sus cinco hijos.
Aunque en La bomba de San José (Era, UNAM, México, 2013) Ana García Bergua retoma algunos elementos de sus novelas anteriores –el conflicto matrimonial, el idealismo ciego, la fidelidad, el humor- los reacomoda dentro de un contexto absolutamente novedoso en su universo literario: el México de la década de los sesenta; el de una Zona Rosa recientemente bautizada y en su apogeo, con agencias de publicidad que eran semillero de poetas, la Casa del Lago y el inicio de la insurrección de las mujeres sumisas a la que, en apariencia, escapa Maite, una de las narradoras; una ama de casa y joven madre ejemplar, casada con Hugo Valdés –el otro narrador- un aspirante a escritor que se gana la vida paladeando frases ingeniosas para comerciales. La vida tranquila y casi feliz de la sencilla Maite, se ve violentamente quebrantada cuando Hugo llega al hogar acompañada de una famosa y despampanante actriz llamada Selma Bordiú, mejor conocida como “la bomba de San José” (por su origen costarricense), a quien parecen perseguir la mafia y un celoso amante político. Maite, que no se huele absolutamente nada, opta por proteger a quien se le presenta como una víctima de las circunstancias, y que en realidad es el objeto de la pasión erótica de su marido.
Selma Bordiú entra y sale de la trama. Llega a salir de la casa de Maite, y Hugo detrás de ella –aunque no se trate de un abandono en toda la regla- y en medio de este vaivén de mambo y rock and roll, Maite, que pudo ser una víctima de las circunstancias, empieza a mutar en un maravilloso ejemplar picaresco que, tras sufrir la ausencia y el engaño del marido, termina por sacarle provecho a la situación e inicia un divertido proceso de emancipación, por la que no atraviesa ninguno de los personajes femeninos previos de Ana. En un solo día, la virtuosa ama de casa baila enfebrecida en un departamento desconocido, rodeada de melenudos; hace el amor (ebria) con el esposo de una amiga que en el fondo le cae mal y se come cuatro donas de chocolate en su retorno a casa, de madrugada. Pese a todo esto, y jugando un poco con estereotipos de la literatura clásica, Maite opta por trabajar en una mercería donde se entretiene tejiendo, mientras “espera” al marido fugitivo, aunque la Maite con que se encuentra Hugo tras su retorno de una psicodélica y delirante aventura lo recibe con las chapas cambiadas y una transformación radical, nunca deja de ser deliciosamente ingenua.
Respecto a esta novela, Ana reconoce que para crear a Maite se inspiró un poco en su propia madre, “¡aunque ella no terminó haciendo lo mismo que Maite!”, aclara, sonriente.
Todas esas virtudes estilísticas que distinguen su novelística, son trasladadas al cuento, género en el que, increíblemente, Ana se desenvuelve con el mismo desparpajo, y digo increíblemente porque no es común que un autor brinque de un género al otro con fortuna. Lo más sobresaliente de su producción cuentística ha sido recientemente reunida en el libro El limbo bajo la lluvia, hermosa edición de Textofilia (México, 2013).




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