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martes, 19 de noviembre de 2013

La reina roja de Tlatelolco



No me rajaba, nunca me le rajé a nadie. Y conmigo le cae de madre al que se raje.
"Jesusa Palancares"

Era muy temprano cuando timbró el teléfono. Elena Poniatowska, madrugadora, acudió a contestar la llamada segura que era de la redacción del diario La Jornada, donde acababa de enviar un artículo sobre la recientemente fallecida Nóbel de Literatura, Doris Lessing, pero no…quien marcaba su número no lo había hecho nunca antes y tenía una noticia muy importante que darle: doña Elena Poniatowska, por unanimidad ha sido designada Premio Cervantes 2013.
         No, no se lo esperaba. Su nombre ni siquiera figuraba entre los favoritos. El también llamado Nóbel de las letras españolas, suple ahora la corona con la que la princesa Hélene Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska nunca ha soñado. Descendiente directa de aquel Poniatowski que traía loquita a la implacable Catalina de Rusia, pasa entre nosotros por señora sencillota y campechana. Su actitud llama a la confianza, al cariño; a tocar su carita llena de pecas y tics conejiles. Válgame, Elena, “la Poni”, la que se dio en toda la torre como cualquier hija de vecino aquel 2 de octubre de 1968 (“manos aniñadas porque la muerte aniña las manos”); la que calzando tenis recorrió las ruinas de su ciudad devastada por el terremoto del 85 y defendió el derecho al aborto de Paulina, la niña dos veces violada (la segunda fue una violación moral)... la que dijo NO al Premio Villaurrutia 1971 que se le concedió, qué ironía, por su libro La noche de Tlatelolco, pues... ¿qué premio reviviría a su hermano y a los miles de muchachos masacrados? Le rehúye como a la peste a los títulos de nobleza… incluyendo el de “escritora”; “(...) ni siquiera creo que soy muy buena, pero sí sé que tengo el oficio de escribir. Lo tengo desde 1953 y lo ejerzo”, según declara ante José Gordon y Guadalupe Alonso. Y vuelve a renegar de su corona en el libro Amanecer en el Zócalo, los 50 días que confrontaron a México (Planeta, 2007): “Como escritora, me habría gustado ser John Berger, pero como no lo fui y tampoco creo poder llegar a serlo, trato de fijarme cómo le hace John Berger para retratar a los demás. Desde 1953 me fijo en los que caminan por la calle, el barrendero con sus siete perros, Tere la limonera en el mercado de Coyoacán, Lucía la que cose a domicilio, los que vinieron al campo al DF y todavía traen manos de ordeñar vacas, de trasquilar borregos, de palmear tortillas. Intento vivir pensando en aquellos que tienen que irse a los Estados Unidos porque si no morirían de hambre y en los que no logran irse y mueren de hambre.” (p. 156).
Nació el 19 de mayo de 1932, en París. Hija de Jean Evremont Poniatowski Sperry, heredero de la corona polaca, exiliado en Francia, y de la asimismo exiliada Dolores Amor, alias Paulette, hija de una familia porfiriana. Como primogénita, a Hélene correspondería el título de reina de Polonia, país por el que siente gran cariño, particularmente porque fue durante una estancia ahí, en la década de los sesentas, que reafirma su sentimiento de compromiso para con los desprotegidos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el príncipe Poniatowski se alista en el ejército y Paulette, o Paula Amor Poniatowska, tal como lo relata en su autobiografía, No me olvides (Plaza & Janés, 1996), a la que resulta imposible no vincular con Flor de lis, único libro autobiográfico de Elena, huye, junto con sus hijas, Elena y Sofía, o “Kitzia”, a México. Ahí nacerá Jan, el tercer hijo de los Poniatowski, el querido hermano de Elena muerto en un accidente automovilístico a los 21 años. Es en México donde Elenita, siempre a cargo de las “muchachas”, aprenderá de estas el castellano del pueblo que tan maravillosamente utiliza, particularmente en su primera novela, publicada en 1969, Hasta no verte Jesús mío, cuya protagonista, Jesusa Palancares, segura de haber sido reina en su otra vida, es un personaje picaresco único en las letras mexicanas, que no obstante su condición triplemente desventajosa (mujer, indígena y analfabeta), se sale siempre con la suya.
Elena se inició en el periodismo entre 1949 y 1952, tras estudiar en un internado religioso de Estados Unidos y haber sido secretaria de un negocio paterno que quebró al poco tiempo. La sangre azul no garantiza la “papa”. Las niñas rubias no tienen garantizada la felicidad como nos han hecho creer Televisa, y Elenita empieza por hacerle a la reporteada de Sociales (firmaba sus notas con el enigmático seudónimo “Hélene”), hasta que Fernando Benítez la rescata para “México en la cultura”, del periódico Novedades. Joven, bonita, ingenua y autodidacta, combinación por demás suculenta para los lobos feroces, Elena no tarda en causar sensación con su muy “jesuso” estilo, mezcla ingenuidad y malicia; mezcla de princesa y “muchacha”.  Al que sería su esposo, el astrónomo Guillermo Haro (1913-1988), cuya vida inspiró La piel del cielo, lo conoció por entonces: “Me trató muy mal –narra Elena a José Gordon y a Guadalupe Alonso- Yo fui a entrevistarlo en la torre de Ciencias de la UNAM y recuerdo que me dijo que los periodistas son los desechados de todas las carreras... “Le apuesto a que usted, señorita, no trae ni papel ni lápiz”. Yo escarbé en mi bolsa como gallina y de verdad, no traía ni papel ni lápiz”.  Incursionó en la literatura de ficción en 1973 con Lilus Kikus, donde denota un espléndido sentido del humor. Son sus libros testimoniales y periodísticos los que revelan su cara seria y profundamente comprometida: Su ostensible adhesión ideológica al comunismo —que le mereció entre sus parientes el apodo de “Reina Roja”—, con la que hasta la fecha comulga, está implícita en Tinísima, biografía novelada de la fotógrafa italiana Tina Modotti, donde hasta las señoras ricas que atiborran sus talleres literarios, de los que han salido autoras nada desdeñables como Rosa Nissán, Rosamaría Casas y Amélie Olaiz, suspiraron por el subversivo y sexual Julio Antonio Mella —“Los cubanos aman con su sexo. Salen a buscar a las mujeres; las alientan con su sexo. Mella así amaba a la universidad. La tomaba en brazos, la detenía en la esquina, la poseía, filtraba el sol por sus ventanas”—; es esta, la novela erótica de Elena Poniatowska, donde Julio y Tina, arrebatados desde la primera mirada, se aman de pie y contra la pared.
En 2001 gana el Premio Alfaguara con la bildungsroman La piel del cielo, una ficción en torno a su esposo, el astrónomo Guillermo Haro, rebautizado como Lorenzo de Tena, donde recrea un México fluctuante, el de los Buicks, los sombreros y los guantes y los vendedores de toques eléctricos; el que crece aceleradamente entre los años veinte hasta casi los albores del siglo XXI, con un protagonista varón de intensa vida amorosa, idealista furibundo que se refugia en la contemplación de las estrellas. Su siguiente novela, acreedora al Rómulo Gallegos 2007 que recibió de manos del mismísimo del presidente Hugo Chávez, en Venezuela, El tren pasa primero (Alfaguara, 2005) subraya su pasión por los varones de armas tomar y corazón de condominio, quienes, como en Paseo de la reforma o La piel del cielo, invariablemente encontrarán en su camino una mujer asimismo dispuesta a conquistar sus ideales políticos y a amar de espaldas a los convencionalismos, y contra la pared. Trinidad Pineda Chiñas es el héroe de esta novela que recrea, casi fotográficamente, el movimiento ferrocarrilero que hizo albergar a los mexicanos esperanzas respecto a un auténtico cambio político y social. Trinidad, líder de los amos de los rieles, enfrenta primero a los llamados “líderes charros” (“El charrismo era una estructura del Estado, su obra negra”), es decir, los coludidos con quienes se encargan de exprimir a los trabajadores; después, al mismísimo presidente Miguel Alemán, quien termina por sentirse apabullado ante la terquedad de Pineda Chiñas, que parece incluso dispuesto a dejarse matar si con ello obtiene para sus compañeros unas condiciones de trabajo dignas. Lo que de entrada conmueve de estos personajes, es el hecho de que trabajan, sí, por necesidad, pero, sobre todo, por pasión a la máquina y lo que ella concede a su eventual amo, como bien se señala en el caso del propio Pineda: “(...) El tren era su modo de estar sobre la tierra, era su padre muerto, su madre llevándolo de la mano a la estación, el tonelaje de carga de todos sus sentimientos, la ceiba más alta de su tierra. Hacía mucho que el silbato resonaba en su corazón y se había convertido en un animal sagrado que dejaba su esencia en su sueño de niño y lo mecía hasta el amanecer. El tren era su anual, su otro yo. “No fui ardilla, ni tuza, ni conejo, ni lagarto, yo fui locomotora.” (p. 28).
Por supuesto, el triunfo de Trinidad Pineda sobre la burocracia, el gobierno y la injusticia social no está destinado a perdurar, no en este país donde la democracia es, más que ficción, utopía. Durante el siguiente sexenio se emprenderá una sucia campaña de desprestigio contra aquel a quien todos tienen por héroe, y terminará encarcelado, denigrado, acusado de comunista y aliado de los rusos. Es probable que, como le reprochara su mejor amigo, Saturnino, Trinidad se haya excedido en la franqueza de sus críticas y exigencias: “En política hay que maniobrar y no decidir tajantemente como lo haces.” (p. 82). Independientemente de la intriga política, El tren pasa primero aborda también esa suerte de pasión incestuosa, que tiene más de identificación ideológica que de sexo, entre Trinidad y su sobrina Bárbara, la cual lee fanáticamente a Simone De Beauvoir, usa el cabello corto y lleva pantalones. Trinidad se identifica más con esta muchacha que parece dispuesta a morir por su causa, como tantos estudiantes (en esta novela se plantea el inicio de la simbólica alianza entre el gremio de ferrocarrileros y el de los universitarios), que con su fiel aunque tradicional y tolerante esposa y madre de sus hijos. “Tío... No quiero ser una copia de mis pobres tías, ellas mismas ya son copias borrosas de sí mismas, copias de copias de lo que de alguna vez quisieron ser (...) Yo soy mi propia mujer. También Simone de Beauvoir se levantó contra eso de que anatomía es destino.” (pp. 95 y 96) El amor le enseñará al héroe degradado –que en el santoral mexicano se cuentan por montones- más de lo que jamás hubiera imaginado. Por ejemplo, “(…) la certeza de que la conciencia no surge de la fe, sino de la duda.” (p. 96).
Leyendo esta magnífica novela que, como todas las de Elena, carece de alardes, reboza frescura en sus diálogos y agilidad periodística, no puede uno menos que echar de menos aquella pintoresca estación Buenavista, aunque actualmente albergue una megabiblioteca. Elenita, como Jesusa, como Trinidad, como Mella, como Tinísima... como Leonora, la heroína de su más reciente y apasionante novela, y tantos y tantos personajes suyos que nunca se cruzan de brazos y no vacilan en tomar un rifle, una pancarta o un libro, si con ello logran cambiar un poquito el mundo. No podía dejar de formar parte de otro de los acontecimientos más significativos de la historia reciente de México: la “criminal” toma de Reforma, la avenida más transitada del país y de las más transitadas del mundo, por miles de ciudadanos inconformados por lo que, a todas luces, era un fraude electoral. Un acto que los ricos que circulan a diario por allí califican como “terrorismo”, sordos y mudos, sin embargo, a los cientos, miles de inocentes que a diario mueren en en llamado “fuego cruzado” entre militares e integrantes del crimen organizado. Elenita, no obstante no ser ya la muchacha trémula de indignación que sorteó las balas en Tlatelolco; tampoco la mujer robusta que escarbó entre los escombros que el terremoto del 85 dejó a su paso, se plantó durante varios días con la multitud que exigía claridad en un proceso electoral por demás turbio que, en cierto modo, dio origen la pesadilla que empezó el sexenio pasado, y no termina. Confiesa que no se hubiera involucrado si el candidato afectado, representante de la izquierda en que la princesa roja había militado convencida toda su vida, no la busca personalmente a su casa de Chimalistac para delegarle la responsabilidad de convertirse en la vocera de la indignación del pueblo burlado. Ella misma lo relata en su espléndida crónica Amanecer en el Zócalo, en la parte titulada precisamente “Llamando a mi puerta”: “Sólo sé decir que sí, ésa es la gran tragedia de mi vida”.
A favor de Elenita puedo decir que difícilmente una buena persona como ella (me consta que es buena persona, como le consta al pueblo que se ha acercado a ella y ha recibido cariño, solo cariño) difícilmente podía prever que se enfrentaría a personajes tan siniestros, perversos y misóginos que supieron convencer a través de campañas difamadoras de que doña Elena era la dulce abuela en cuyas faldas se refugiaba el candidato vapuleado. “(…) una mujer prestigiada en el ámbito literario pero muy ingenua en lo político”, diría Luis Martínez, aunque el destacado escritor Fernando del Paso la defendió: “El PAN, como partido político, le debe una disculpa, porque es una ciudadana mexicana que no está cometiendo un delito, está ejerciendo su derecho como ciudadana al apoyar a un candidato en el que ella cree, independientemente de lo que éste sea.” El pueblo de México se partió en dos, no solo en el aspecto político (por aquellos días se registraron cientos de grescas callejeras entre “calderonistas” y “lopezobradoristas”) sino en los que estaban a favor y en contra de la colaboración de Elena Poniatowska con la Izquierda. Los insultos telefónicos a media noche se volvieron cosa de todos los días, lo mismo que los vítores y los abrazos espontáneos a su paso.
Pudiera decirse que llegó el momento en que Elenita se tornó indiferente tanto a unos como a otros. Amanecer en el Zócalo recoge no solo la crónica de aquellos cincuenta días de enfrentamiento que amenazaban con desembocar en revuelta civil, sino también su cansancio ante lo que de pronto se perfiló como causa perdida y su deseo de retirarse a su casa a descansar, de asistir a otra misa que no fuera la de siete, oficiada por López Obrador (Elenita se reconoce una roja muy católica), pero no es la única cuyas fuerzas menguan. El movimiento mismo se va extinguiendo por influjo de la criminal sordera de las instituciones encargadas de hacer valer la democracia en México. Los ánimos de los rebeldes pudieran compararse con los de los estudiantes del 68 que salieron a expresar su disgusto contra el gobierno y terminaron baleados o desaparecidos. En este caso no se baleó ni se desapareció a nadie, se recurrió a una estrategia peor: burlarse de los inconformes, exhibirlos ante la opinión pública como renegados y malos perdedores, pero este libro en particular constiyuye, entre otras cosas, un extraordinario ejercicio de autocrítica: “Al doblar la esquina, allí los veo, presencia segura, amistosa, confiable. Confío en ellos. Necesito de ellos, necesito de mi país. Quizá porque no nací aquí necesito más de él que de nadie. En estos días vivo como siento que hay que vivir o como quisiera que todos viviéramos…” (p. 237)
La más reciente hazaña, literaria en esta ocasión, de la reina roja, es la obtención del Premio Biblioteca Breve 2011 con la que considero la mejor de sus novelas, Leonora, donde, periodista al fin y al cabo, recoge la historia de un personaje real que, sin embargo, parece salido de un cuento aterradoramente hermoso: la pintora inglesa radicada en México, Leonora Carrington, fallecida poco después de la aparición de esta novela, y con quien Elena tiene más de un punto en común. El que la pintora aún vivía, rodeada de una familia numerosa, pensé antes de empezar a leer la novela, supondría una autocensura para la novelista-biógrafa, y sin embargo la narración fluye con caudalosa libertad y sin velos en detalles tales como la avasalladora pasión juvenil que vivió Leonora con el también pintor Max Ernst, o su paso por el manicomio en Salamanca que la propia Leonora narra con tintes de cuento de hadas en su libro Memorias de Abajo…o su accidentado matrimonio con el escritor y periodista Renato Leduc, quien la trajo a México para sacarla de una Europa inmersa en la Segunda Guerra. Por supuesto, Elena expone detalles que no aparecen en la narración de Leonora, y que la propia pintora debe haberle revelado. Nadie mejor que Elena Poniatowska para novelar la increíble historia de una mujer por completo ajena a este mundo; una mujer que hablaba la lengua de los caballos y se considera a sí misma una yegua desbocada: “(…) El arte confinado a la tradición es como un animal enjaulado. Encarcelar a una criatura es quitarle su grandeza. Hay poco espacio para la fantasía dentro de la jaula del arte tradicional. Las inhibiciones, tan firmemente establecidas, todavía mantienen su poder, no importa cuántos permisos se den los hombres a sí mismos.” (Seix Barral, Barcelona, 2011, p.86)
Pero en medio de todo esto, Elena es esencialmente una abuela de varios niños mexicanos cuyos retratos siempre carga consigo para mostrarlos con orgullo: “Mira, esta es Luna…”

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