No me rajaba, nunca me le rajé a nadie. Y
conmigo le cae de madre al que se raje.
"Jesusa Palancares"
Era
muy temprano cuando timbró el teléfono. Elena Poniatowska, madrugadora, acudió
a contestar la llamada segura que era de la redacción del diario La Jornada,
donde acababa de enviar un artículo sobre la recientemente fallecida Nóbel de
Literatura, Doris Lessing, pero no…quien marcaba su número no lo había hecho
nunca antes y tenía una noticia muy importante que darle: doña Elena
Poniatowska, por unanimidad ha sido designada Premio Cervantes 2013.
No, no se lo esperaba. Su nombre ni
siquiera figuraba entre los favoritos. El también llamado Nóbel de las letras
españolas, suple ahora la corona con la que la princesa Hélene Elizabeth Louise
Amélie Paula Dolores Poniatowska nunca ha soñado. Descendiente directa de aquel
Poniatowski que traía loquita a la implacable Catalina de Rusia, pasa entre
nosotros por señora sencillota y campechana. Su actitud llama a la confianza,
al cariño; a tocar su carita llena de pecas y tics conejiles. Válgame, Elena, “la
Poni”, la que se dio en toda la torre como cualquier hija de vecino aquel 2 de
octubre de 1968 (“manos aniñadas porque la muerte aniña las manos”); la que
calzando tenis recorrió las ruinas de su ciudad devastada por el terremoto del
85 y defendió el derecho al aborto de Paulina, la niña dos veces violada (la
segunda fue una violación moral)... la que dijo NO al Premio Villaurrutia 1971
que se le concedió, qué ironía, por su libro La noche de Tlatelolco, pues... ¿qué premio reviviría a su hermano
y a los miles de muchachos masacrados? Le rehúye como a la peste a los títulos
de nobleza… incluyendo el de “escritora”; “(...) ni siquiera creo que soy muy
buena, pero sí sé que tengo el oficio de escribir. Lo tengo desde 1953 y lo
ejerzo”, según declara ante José Gordon y Guadalupe Alonso. Y vuelve a renegar
de su corona en el libro Amanecer en el Zócalo, los 50 días que confrontaron a
México (Planeta, 2007): “Como escritora, me habría gustado ser John Berger,
pero como no lo fui y tampoco creo poder llegar a serlo, trato de fijarme cómo
le hace John Berger para retratar a los demás. Desde 1953 me fijo en los que
caminan por la calle, el barrendero con sus siete perros, Tere la limonera en
el mercado de Coyoacán, Lucía la que cose a domicilio, los que vinieron al campo
al DF y todavía traen manos de ordeñar vacas, de trasquilar borregos, de
palmear tortillas. Intento vivir pensando en aquellos que tienen que irse a los
Estados Unidos porque si no morirían de hambre y en los que no logran irse y
mueren de hambre.” (p. 156).
Nació el 19 de mayo de
1932, en París. Hija de Jean Evremont Poniatowski Sperry, heredero de la corona
polaca, exiliado en Francia, y de la asimismo exiliada Dolores Amor, alias
Paulette, hija de una familia porfiriana. Como primogénita, a Hélene
correspondería el título de reina de Polonia, país por el que siente gran
cariño, particularmente porque fue durante una estancia ahí, en la década de
los sesentas, que reafirma su sentimiento de compromiso para con los
desprotegidos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el príncipe Poniatowski se
alista en el ejército y Paulette, o Paula Amor Poniatowska, tal como lo relata
en su autobiografía, No me olvides
(Plaza & Janés, 1996), a la que resulta imposible no vincular con Flor de lis, único libro autobiográfico
de Elena, huye, junto con sus hijas, Elena y Sofía, o “Kitzia”, a México. Ahí
nacerá Jan, el tercer hijo de los Poniatowski, el querido hermano de Elena
muerto en un accidente automovilístico a los 21 años. Es en México donde
Elenita, siempre a cargo de las “muchachas”, aprenderá de estas el castellano
del pueblo que tan maravillosamente utiliza, particularmente en su primera
novela, publicada en 1969, Hasta no verte
Jesús mío, cuya protagonista, Jesusa Palancares, segura de haber sido reina
en su otra vida, es un personaje picaresco único en las letras mexicanas, que
no obstante su condición triplemente desventajosa (mujer, indígena y
analfabeta), se sale siempre con la suya.
Elena se inició en el periodismo
entre 1949 y 1952, tras estudiar en un internado religioso de Estados Unidos y
haber sido secretaria de un negocio paterno que quebró al poco tiempo. La
sangre azul no garantiza la “papa”. Las niñas rubias no tienen garantizada la
felicidad como nos han hecho creer Televisa, y Elenita empieza por hacerle a la
reporteada de Sociales (firmaba sus notas con el enigmático seudónimo
“Hélene”), hasta que Fernando Benítez la rescata para “México en la cultura”,
del periódico Novedades. Joven, bonita, ingenua y autodidacta, combinación por
demás suculenta para los lobos feroces, Elena no tarda en causar sensación con
su muy “jesuso” estilo, mezcla ingenuidad y malicia; mezcla de princesa y
“muchacha”. Al que sería su esposo, el
astrónomo Guillermo Haro (1913-1988), cuya vida inspiró La piel del cielo, lo conoció por entonces: “Me trató muy mal
–narra Elena a José Gordon y a Guadalupe Alonso- Yo fui a entrevistarlo en la
torre de Ciencias de la UNAM y recuerdo que me dijo que los periodistas son los
desechados de todas las carreras... “Le apuesto a que usted, señorita, no trae
ni papel ni lápiz”. Yo escarbé en mi bolsa como gallina y de verdad, no traía
ni papel ni lápiz”. Incursionó en la
literatura de ficción en 1973 con Lilus
Kikus, donde denota un espléndido sentido del humor. Son sus libros
testimoniales y periodísticos los que revelan su cara seria y profundamente
comprometida: Su ostensible adhesión ideológica al comunismo —que le mereció
entre sus parientes el apodo de “Reina Roja”—, con la que hasta la fecha
comulga, está implícita en Tinísima,
biografía novelada de la fotógrafa italiana Tina Modotti, donde hasta las
señoras ricas que atiborran sus talleres literarios, de los que han salido
autoras nada desdeñables como Rosa Nissán, Rosamaría Casas y Amélie Olaiz,
suspiraron por el subversivo y sexual Julio Antonio Mella —“Los cubanos aman
con su sexo. Salen a buscar a las mujeres; las alientan con su sexo. Mella así
amaba a la universidad. La tomaba en brazos, la detenía en la esquina, la
poseía, filtraba el sol por sus ventanas”—; es esta, la novela erótica de Elena
Poniatowska, donde Julio y Tina, arrebatados desde la primera mirada, se aman
de pie y contra la pared.
En 2001 gana el Premio
Alfaguara con la bildungsroman La piel
del cielo, una ficción en torno a su esposo, el astrónomo Guillermo Haro,
rebautizado como Lorenzo de Tena, donde recrea un México fluctuante, el de los
Buicks, los sombreros y los guantes y los vendedores de toques eléctricos; el
que crece aceleradamente entre los años veinte hasta casi los albores del siglo
XXI, con un protagonista varón de intensa vida amorosa, idealista furibundo que
se refugia en la contemplación de las estrellas. Su siguiente novela, acreedora
al Rómulo Gallegos 2007 que recibió de manos del mismísimo del presidente Hugo
Chávez, en Venezuela, El tren pasa
primero (Alfaguara, 2005) subraya su pasión por los varones de armas tomar
y corazón de condominio, quienes, como en Paseo
de la reforma o La piel del cielo,
invariablemente encontrarán en su camino una mujer asimismo dispuesta a
conquistar sus ideales políticos y a amar de espaldas a los convencionalismos,
y contra la pared. Trinidad Pineda Chiñas es el héroe de esta novela que
recrea, casi fotográficamente, el movimiento ferrocarrilero que hizo albergar a
los mexicanos esperanzas respecto a un auténtico cambio político y social.
Trinidad, líder de los amos de los rieles, enfrenta primero a los llamados
“líderes charros” (“El charrismo era una estructura del Estado, su obra
negra”), es decir, los coludidos con quienes se encargan de exprimir a los
trabajadores; después, al mismísimo presidente Miguel Alemán, quien termina por
sentirse apabullado ante la terquedad de Pineda Chiñas, que parece incluso
dispuesto a dejarse matar si con ello obtiene para sus compañeros unas
condiciones de trabajo dignas. Lo que de entrada conmueve de estos personajes,
es el hecho de que trabajan, sí, por necesidad, pero, sobre todo, por pasión a
la máquina y lo que ella concede a su eventual amo, como bien se señala en el
caso del propio Pineda: “(...) El tren era su modo de estar sobre la tierra,
era su padre muerto, su madre llevándolo de la mano a la estación, el tonelaje
de carga de todos sus sentimientos, la ceiba más alta de su tierra. Hacía mucho
que el silbato resonaba en su corazón y se había convertido en un animal
sagrado que dejaba su esencia en su sueño de niño y lo mecía hasta el amanecer.
El tren era su anual, su otro yo. “No fui ardilla, ni tuza, ni conejo, ni
lagarto, yo fui locomotora.” (p. 28).
Por supuesto, el triunfo de
Trinidad Pineda sobre la burocracia, el gobierno y la injusticia social no está
destinado a perdurar, no en este país donde la democracia es, más que ficción,
utopía. Durante el siguiente sexenio se emprenderá una sucia campaña de
desprestigio contra aquel a quien todos tienen por héroe, y terminará
encarcelado, denigrado, acusado de comunista y aliado de los rusos. Es probable
que, como le reprochara su mejor amigo, Saturnino, Trinidad se haya excedido en
la franqueza de sus críticas y exigencias: “En política hay que maniobrar y no
decidir tajantemente como lo haces.” (p. 82). Independientemente de la intriga
política, El tren pasa primero aborda
también esa suerte de pasión incestuosa, que tiene más de identificación
ideológica que de sexo, entre Trinidad y su sobrina Bárbara, la cual lee
fanáticamente a Simone De Beauvoir, usa el cabello corto y lleva pantalones.
Trinidad se identifica más con esta muchacha que parece dispuesta a morir por
su causa, como tantos estudiantes (en esta novela se plantea el inicio de la
simbólica alianza entre el gremio de ferrocarrileros y el de los
universitarios), que con su fiel aunque tradicional y tolerante esposa y madre
de sus hijos. “Tío... No quiero ser una copia de mis pobres tías, ellas mismas
ya son copias borrosas de sí mismas, copias de copias de lo que de alguna vez
quisieron ser (...) Yo soy mi propia mujer. También Simone de Beauvoir se
levantó contra eso de que anatomía es destino.” (pp. 95 y 96) El amor le
enseñará al héroe degradado –que en el santoral mexicano se cuentan por
montones- más de lo que jamás hubiera imaginado. Por ejemplo, “(…) la certeza
de que la conciencia no surge de la fe, sino de la duda.” (p. 96).
Leyendo esta magnífica
novela que, como todas las de Elena, carece de alardes, reboza frescura en sus
diálogos y agilidad periodística, no puede uno menos que echar de menos aquella
pintoresca estación Buenavista, aunque actualmente albergue una megabiblioteca.
Elenita, como Jesusa, como Trinidad, como Mella, como Tinísima... como Leonora,
la heroína de su más reciente y apasionante novela, y tantos y tantos
personajes suyos que nunca se cruzan de brazos y no vacilan en tomar un rifle,
una pancarta o un libro, si con ello logran cambiar un poquito el mundo. No
podía dejar de formar parte de otro de los acontecimientos más significativos
de la historia reciente de México: la “criminal” toma de Reforma, la avenida
más transitada del país y de las más transitadas del mundo, por miles de
ciudadanos inconformados por lo que, a todas luces, era un fraude electoral. Un
acto que los ricos que circulan a diario por allí califican como “terrorismo”,
sordos y mudos, sin embargo, a los cientos, miles de inocentes que a diario
mueren en en llamado “fuego cruzado” entre militares e integrantes del crimen
organizado. Elenita, no obstante no ser ya la muchacha trémula de indignación
que sorteó las balas en Tlatelolco; tampoco la mujer robusta que escarbó entre
los escombros que el terremoto del 85 dejó a su paso, se plantó durante varios
días con la multitud que exigía claridad en un proceso electoral por demás
turbio que, en cierto modo, dio origen la pesadilla que empezó el sexenio
pasado, y no termina. Confiesa que no se hubiera involucrado si el candidato
afectado, representante de la izquierda en que la princesa roja había militado
convencida toda su vida, no la busca personalmente a su casa de Chimalistac
para delegarle la responsabilidad de convertirse en la vocera de la indignación
del pueblo burlado. Ella misma lo relata en su espléndida crónica Amanecer en el Zócalo, en la parte
titulada precisamente “Llamando a mi puerta”: “Sólo sé decir que sí, ésa es la
gran tragedia de mi vida”.
A favor de Elenita puedo
decir que difícilmente una buena persona como ella (me consta que es buena
persona, como le consta al pueblo que se ha acercado a ella y ha recibido
cariño, solo cariño) difícilmente podía prever que se enfrentaría a personajes
tan siniestros, perversos y misóginos que supieron convencer a través de
campañas difamadoras de que doña Elena era la dulce abuela en cuyas faldas se
refugiaba el candidato vapuleado. “(…) una mujer prestigiada en el ámbito
literario pero muy ingenua en lo político”, diría Luis Martínez, aunque el
destacado escritor Fernando del Paso la defendió: “El PAN, como partido
político, le debe una disculpa, porque es una ciudadana mexicana que no está
cometiendo un delito, está ejerciendo su derecho como ciudadana al apoyar a un
candidato en el que ella cree, independientemente de lo que éste sea.” El
pueblo de México se partió en dos, no solo en el aspecto político (por aquellos
días se registraron cientos de grescas callejeras entre “calderonistas” y
“lopezobradoristas”) sino en los que estaban a favor y en contra de la
colaboración de Elena Poniatowska con la Izquierda. Los insultos telefónicos a
media noche se volvieron cosa de todos los días, lo mismo que los vítores y los
abrazos espontáneos a su paso.
Pudiera decirse que llegó
el momento en que Elenita se tornó indiferente tanto a unos como a otros. Amanecer en el Zócalo recoge no solo la
crónica de aquellos cincuenta días de enfrentamiento que amenazaban con
desembocar en revuelta civil, sino también su cansancio ante lo que de pronto
se perfiló como causa perdida y su deseo de retirarse a su casa a descansar, de
asistir a otra misa que no fuera la de siete, oficiada por López Obrador
(Elenita se reconoce una roja muy católica), pero no es la única cuyas fuerzas
menguan. El movimiento mismo se va extinguiendo por influjo de la criminal
sordera de las instituciones encargadas de hacer valer la democracia en México.
Los ánimos de los rebeldes pudieran compararse con los de los estudiantes del
68 que salieron a expresar su disgusto contra el gobierno y terminaron baleados
o desaparecidos. En este caso no se baleó ni se desapareció a nadie, se recurrió
a una estrategia peor: burlarse de los inconformes, exhibirlos ante la opinión
pública como renegados y malos perdedores, pero este libro en particular
constiyuye, entre otras cosas, un extraordinario ejercicio de autocrítica: “Al
doblar la esquina, allí los veo, presencia segura, amistosa, confiable. Confío
en ellos. Necesito de ellos, necesito de mi país. Quizá porque no nací aquí
necesito más de él que de nadie. En estos días vivo como siento que hay que
vivir o como quisiera que todos viviéramos…” (p. 237)
La más reciente hazaña,
literaria en esta ocasión, de la reina roja, es la obtención del Premio
Biblioteca Breve 2011 con la que considero la mejor de sus novelas, Leonora,
donde, periodista al fin y al cabo, recoge la historia de un personaje real
que, sin embargo, parece salido de un cuento aterradoramente hermoso: la
pintora inglesa radicada en México, Leonora Carrington, fallecida poco después
de la aparición de esta novela, y con quien Elena tiene más de un punto en común.
El que la pintora aún vivía, rodeada de una familia numerosa, pensé antes de
empezar a leer la novela, supondría una autocensura para la novelista-biógrafa,
y sin embargo la narración fluye con caudalosa libertad y sin velos en detalles
tales como la avasalladora pasión juvenil que vivió Leonora con el también
pintor Max Ernst, o su paso por el manicomio en Salamanca que la propia Leonora
narra con tintes de cuento de hadas en su libro Memorias de Abajo…o su accidentado matrimonio con el escritor y
periodista Renato Leduc, quien la trajo a México para sacarla de una Europa
inmersa en la Segunda Guerra. Por supuesto, Elena expone detalles que no
aparecen en la narración de Leonora, y que la propia pintora debe haberle revelado.
Nadie mejor que Elena Poniatowska para novelar la increíble historia de una
mujer por completo ajena a este mundo; una mujer que hablaba la lengua de los
caballos y se considera a sí misma una yegua desbocada: “(…) El arte confinado
a la tradición es como un animal enjaulado. Encarcelar a una criatura es
quitarle su grandeza. Hay poco espacio para la fantasía dentro de la jaula del
arte tradicional. Las inhibiciones, tan firmemente establecidas, todavía
mantienen su poder, no importa cuántos permisos se den los hombres a sí
mismos.” (Seix Barral, Barcelona, 2011, p.86)


Más que merecido el Cervantes. Como siempre, excelente la Trenza.
ResponderEliminar