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martes, 19 de noviembre de 2013

La reina roja de Tlatelolco



No me rajaba, nunca me le rajé a nadie. Y conmigo le cae de madre al que se raje.
"Jesusa Palancares"

Era muy temprano cuando timbró el teléfono. Elena Poniatowska, madrugadora, acudió a contestar la llamada segura que era de la redacción del diario La Jornada, donde acababa de enviar un artículo sobre la recientemente fallecida Nóbel de Literatura, Doris Lessing, pero no…quien marcaba su número no lo había hecho nunca antes y tenía una noticia muy importante que darle: doña Elena Poniatowska, por unanimidad ha sido designada Premio Cervantes 2013.
         No, no se lo esperaba. Su nombre ni siquiera figuraba entre los favoritos. El también llamado Nóbel de las letras españolas, suple ahora la corona con la que la princesa Hélene Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska nunca ha soñado. Descendiente directa de aquel Poniatowski que traía loquita a la implacable Catalina de Rusia, pasa entre nosotros por señora sencillota y campechana. Su actitud llama a la confianza, al cariño; a tocar su carita llena de pecas y tics conejiles. Válgame, Elena, “la Poni”, la que se dio en toda la torre como cualquier hija de vecino aquel 2 de octubre de 1968 (“manos aniñadas porque la muerte aniña las manos”); la que calzando tenis recorrió las ruinas de su ciudad devastada por el terremoto del 85 y defendió el derecho al aborto de Paulina, la niña dos veces violada (la segunda fue una violación moral)... la que dijo NO al Premio Villaurrutia 1971 que se le concedió, qué ironía, por su libro La noche de Tlatelolco, pues... ¿qué premio reviviría a su hermano y a los miles de muchachos masacrados? Le rehúye como a la peste a los títulos de nobleza… incluyendo el de “escritora”; “(...) ni siquiera creo que soy muy buena, pero sí sé que tengo el oficio de escribir. Lo tengo desde 1953 y lo ejerzo”, según declara ante José Gordon y Guadalupe Alonso. Y vuelve a renegar de su corona en el libro Amanecer en el Zócalo, los 50 días que confrontaron a México (Planeta, 2007): “Como escritora, me habría gustado ser John Berger, pero como no lo fui y tampoco creo poder llegar a serlo, trato de fijarme cómo le hace John Berger para retratar a los demás. Desde 1953 me fijo en los que caminan por la calle, el barrendero con sus siete perros, Tere la limonera en el mercado de Coyoacán, Lucía la que cose a domicilio, los que vinieron al campo al DF y todavía traen manos de ordeñar vacas, de trasquilar borregos, de palmear tortillas. Intento vivir pensando en aquellos que tienen que irse a los Estados Unidos porque si no morirían de hambre y en los que no logran irse y mueren de hambre.” (p. 156).
Nació el 19 de mayo de 1932, en París. Hija de Jean Evremont Poniatowski Sperry, heredero de la corona polaca, exiliado en Francia, y de la asimismo exiliada Dolores Amor, alias Paulette, hija de una familia porfiriana. Como primogénita, a Hélene correspondería el título de reina de Polonia, país por el que siente gran cariño, particularmente porque fue durante una estancia ahí, en la década de los sesentas, que reafirma su sentimiento de compromiso para con los desprotegidos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el príncipe Poniatowski se alista en el ejército y Paulette, o Paula Amor Poniatowska, tal como lo relata en su autobiografía, No me olvides (Plaza & Janés, 1996), a la que resulta imposible no vincular con Flor de lis, único libro autobiográfico de Elena, huye, junto con sus hijas, Elena y Sofía, o “Kitzia”, a México. Ahí nacerá Jan, el tercer hijo de los Poniatowski, el querido hermano de Elena muerto en un accidente automovilístico a los 21 años. Es en México donde Elenita, siempre a cargo de las “muchachas”, aprenderá de estas el castellano del pueblo que tan maravillosamente utiliza, particularmente en su primera novela, publicada en 1969, Hasta no verte Jesús mío, cuya protagonista, Jesusa Palancares, segura de haber sido reina en su otra vida, es un personaje picaresco único en las letras mexicanas, que no obstante su condición triplemente desventajosa (mujer, indígena y analfabeta), se sale siempre con la suya.
Elena se inició en el periodismo entre 1949 y 1952, tras estudiar en un internado religioso de Estados Unidos y haber sido secretaria de un negocio paterno que quebró al poco tiempo. La sangre azul no garantiza la “papa”. Las niñas rubias no tienen garantizada la felicidad como nos han hecho creer Televisa, y Elenita empieza por hacerle a la reporteada de Sociales (firmaba sus notas con el enigmático seudónimo “Hélene”), hasta que Fernando Benítez la rescata para “México en la cultura”, del periódico Novedades. Joven, bonita, ingenua y autodidacta, combinación por demás suculenta para los lobos feroces, Elena no tarda en causar sensación con su muy “jesuso” estilo, mezcla ingenuidad y malicia; mezcla de princesa y “muchacha”.  Al que sería su esposo, el astrónomo Guillermo Haro (1913-1988), cuya vida inspiró La piel del cielo, lo conoció por entonces: “Me trató muy mal –narra Elena a José Gordon y a Guadalupe Alonso- Yo fui a entrevistarlo en la torre de Ciencias de la UNAM y recuerdo que me dijo que los periodistas son los desechados de todas las carreras... “Le apuesto a que usted, señorita, no trae ni papel ni lápiz”. Yo escarbé en mi bolsa como gallina y de verdad, no traía ni papel ni lápiz”.  Incursionó en la literatura de ficción en 1973 con Lilus Kikus, donde denota un espléndido sentido del humor. Son sus libros testimoniales y periodísticos los que revelan su cara seria y profundamente comprometida: Su ostensible adhesión ideológica al comunismo —que le mereció entre sus parientes el apodo de “Reina Roja”—, con la que hasta la fecha comulga, está implícita en Tinísima, biografía novelada de la fotógrafa italiana Tina Modotti, donde hasta las señoras ricas que atiborran sus talleres literarios, de los que han salido autoras nada desdeñables como Rosa Nissán, Rosamaría Casas y Amélie Olaiz, suspiraron por el subversivo y sexual Julio Antonio Mella —“Los cubanos aman con su sexo. Salen a buscar a las mujeres; las alientan con su sexo. Mella así amaba a la universidad. La tomaba en brazos, la detenía en la esquina, la poseía, filtraba el sol por sus ventanas”—; es esta, la novela erótica de Elena Poniatowska, donde Julio y Tina, arrebatados desde la primera mirada, se aman de pie y contra la pared.
En 2001 gana el Premio Alfaguara con la bildungsroman La piel del cielo, una ficción en torno a su esposo, el astrónomo Guillermo Haro, rebautizado como Lorenzo de Tena, donde recrea un México fluctuante, el de los Buicks, los sombreros y los guantes y los vendedores de toques eléctricos; el que crece aceleradamente entre los años veinte hasta casi los albores del siglo XXI, con un protagonista varón de intensa vida amorosa, idealista furibundo que se refugia en la contemplación de las estrellas. Su siguiente novela, acreedora al Rómulo Gallegos 2007 que recibió de manos del mismísimo del presidente Hugo Chávez, en Venezuela, El tren pasa primero (Alfaguara, 2005) subraya su pasión por los varones de armas tomar y corazón de condominio, quienes, como en Paseo de la reforma o La piel del cielo, invariablemente encontrarán en su camino una mujer asimismo dispuesta a conquistar sus ideales políticos y a amar de espaldas a los convencionalismos, y contra la pared. Trinidad Pineda Chiñas es el héroe de esta novela que recrea, casi fotográficamente, el movimiento ferrocarrilero que hizo albergar a los mexicanos esperanzas respecto a un auténtico cambio político y social. Trinidad, líder de los amos de los rieles, enfrenta primero a los llamados “líderes charros” (“El charrismo era una estructura del Estado, su obra negra”), es decir, los coludidos con quienes se encargan de exprimir a los trabajadores; después, al mismísimo presidente Miguel Alemán, quien termina por sentirse apabullado ante la terquedad de Pineda Chiñas, que parece incluso dispuesto a dejarse matar si con ello obtiene para sus compañeros unas condiciones de trabajo dignas. Lo que de entrada conmueve de estos personajes, es el hecho de que trabajan, sí, por necesidad, pero, sobre todo, por pasión a la máquina y lo que ella concede a su eventual amo, como bien se señala en el caso del propio Pineda: “(...) El tren era su modo de estar sobre la tierra, era su padre muerto, su madre llevándolo de la mano a la estación, el tonelaje de carga de todos sus sentimientos, la ceiba más alta de su tierra. Hacía mucho que el silbato resonaba en su corazón y se había convertido en un animal sagrado que dejaba su esencia en su sueño de niño y lo mecía hasta el amanecer. El tren era su anual, su otro yo. “No fui ardilla, ni tuza, ni conejo, ni lagarto, yo fui locomotora.” (p. 28).
Por supuesto, el triunfo de Trinidad Pineda sobre la burocracia, el gobierno y la injusticia social no está destinado a perdurar, no en este país donde la democracia es, más que ficción, utopía. Durante el siguiente sexenio se emprenderá una sucia campaña de desprestigio contra aquel a quien todos tienen por héroe, y terminará encarcelado, denigrado, acusado de comunista y aliado de los rusos. Es probable que, como le reprochara su mejor amigo, Saturnino, Trinidad se haya excedido en la franqueza de sus críticas y exigencias: “En política hay que maniobrar y no decidir tajantemente como lo haces.” (p. 82). Independientemente de la intriga política, El tren pasa primero aborda también esa suerte de pasión incestuosa, que tiene más de identificación ideológica que de sexo, entre Trinidad y su sobrina Bárbara, la cual lee fanáticamente a Simone De Beauvoir, usa el cabello corto y lleva pantalones. Trinidad se identifica más con esta muchacha que parece dispuesta a morir por su causa, como tantos estudiantes (en esta novela se plantea el inicio de la simbólica alianza entre el gremio de ferrocarrileros y el de los universitarios), que con su fiel aunque tradicional y tolerante esposa y madre de sus hijos. “Tío... No quiero ser una copia de mis pobres tías, ellas mismas ya son copias borrosas de sí mismas, copias de copias de lo que de alguna vez quisieron ser (...) Yo soy mi propia mujer. También Simone de Beauvoir se levantó contra eso de que anatomía es destino.” (pp. 95 y 96) El amor le enseñará al héroe degradado –que en el santoral mexicano se cuentan por montones- más de lo que jamás hubiera imaginado. Por ejemplo, “(…) la certeza de que la conciencia no surge de la fe, sino de la duda.” (p. 96).
Leyendo esta magnífica novela que, como todas las de Elena, carece de alardes, reboza frescura en sus diálogos y agilidad periodística, no puede uno menos que echar de menos aquella pintoresca estación Buenavista, aunque actualmente albergue una megabiblioteca. Elenita, como Jesusa, como Trinidad, como Mella, como Tinísima... como Leonora, la heroína de su más reciente y apasionante novela, y tantos y tantos personajes suyos que nunca se cruzan de brazos y no vacilan en tomar un rifle, una pancarta o un libro, si con ello logran cambiar un poquito el mundo. No podía dejar de formar parte de otro de los acontecimientos más significativos de la historia reciente de México: la “criminal” toma de Reforma, la avenida más transitada del país y de las más transitadas del mundo, por miles de ciudadanos inconformados por lo que, a todas luces, era un fraude electoral. Un acto que los ricos que circulan a diario por allí califican como “terrorismo”, sordos y mudos, sin embargo, a los cientos, miles de inocentes que a diario mueren en en llamado “fuego cruzado” entre militares e integrantes del crimen organizado. Elenita, no obstante no ser ya la muchacha trémula de indignación que sorteó las balas en Tlatelolco; tampoco la mujer robusta que escarbó entre los escombros que el terremoto del 85 dejó a su paso, se plantó durante varios días con la multitud que exigía claridad en un proceso electoral por demás turbio que, en cierto modo, dio origen la pesadilla que empezó el sexenio pasado, y no termina. Confiesa que no se hubiera involucrado si el candidato afectado, representante de la izquierda en que la princesa roja había militado convencida toda su vida, no la busca personalmente a su casa de Chimalistac para delegarle la responsabilidad de convertirse en la vocera de la indignación del pueblo burlado. Ella misma lo relata en su espléndida crónica Amanecer en el Zócalo, en la parte titulada precisamente “Llamando a mi puerta”: “Sólo sé decir que sí, ésa es la gran tragedia de mi vida”.
A favor de Elenita puedo decir que difícilmente una buena persona como ella (me consta que es buena persona, como le consta al pueblo que se ha acercado a ella y ha recibido cariño, solo cariño) difícilmente podía prever que se enfrentaría a personajes tan siniestros, perversos y misóginos que supieron convencer a través de campañas difamadoras de que doña Elena era la dulce abuela en cuyas faldas se refugiaba el candidato vapuleado. “(…) una mujer prestigiada en el ámbito literario pero muy ingenua en lo político”, diría Luis Martínez, aunque el destacado escritor Fernando del Paso la defendió: “El PAN, como partido político, le debe una disculpa, porque es una ciudadana mexicana que no está cometiendo un delito, está ejerciendo su derecho como ciudadana al apoyar a un candidato en el que ella cree, independientemente de lo que éste sea.” El pueblo de México se partió en dos, no solo en el aspecto político (por aquellos días se registraron cientos de grescas callejeras entre “calderonistas” y “lopezobradoristas”) sino en los que estaban a favor y en contra de la colaboración de Elena Poniatowska con la Izquierda. Los insultos telefónicos a media noche se volvieron cosa de todos los días, lo mismo que los vítores y los abrazos espontáneos a su paso.
Pudiera decirse que llegó el momento en que Elenita se tornó indiferente tanto a unos como a otros. Amanecer en el Zócalo recoge no solo la crónica de aquellos cincuenta días de enfrentamiento que amenazaban con desembocar en revuelta civil, sino también su cansancio ante lo que de pronto se perfiló como causa perdida y su deseo de retirarse a su casa a descansar, de asistir a otra misa que no fuera la de siete, oficiada por López Obrador (Elenita se reconoce una roja muy católica), pero no es la única cuyas fuerzas menguan. El movimiento mismo se va extinguiendo por influjo de la criminal sordera de las instituciones encargadas de hacer valer la democracia en México. Los ánimos de los rebeldes pudieran compararse con los de los estudiantes del 68 que salieron a expresar su disgusto contra el gobierno y terminaron baleados o desaparecidos. En este caso no se baleó ni se desapareció a nadie, se recurrió a una estrategia peor: burlarse de los inconformes, exhibirlos ante la opinión pública como renegados y malos perdedores, pero este libro en particular constiyuye, entre otras cosas, un extraordinario ejercicio de autocrítica: “Al doblar la esquina, allí los veo, presencia segura, amistosa, confiable. Confío en ellos. Necesito de ellos, necesito de mi país. Quizá porque no nací aquí necesito más de él que de nadie. En estos días vivo como siento que hay que vivir o como quisiera que todos viviéramos…” (p. 237)
La más reciente hazaña, literaria en esta ocasión, de la reina roja, es la obtención del Premio Biblioteca Breve 2011 con la que considero la mejor de sus novelas, Leonora, donde, periodista al fin y al cabo, recoge la historia de un personaje real que, sin embargo, parece salido de un cuento aterradoramente hermoso: la pintora inglesa radicada en México, Leonora Carrington, fallecida poco después de la aparición de esta novela, y con quien Elena tiene más de un punto en común. El que la pintora aún vivía, rodeada de una familia numerosa, pensé antes de empezar a leer la novela, supondría una autocensura para la novelista-biógrafa, y sin embargo la narración fluye con caudalosa libertad y sin velos en detalles tales como la avasalladora pasión juvenil que vivió Leonora con el también pintor Max Ernst, o su paso por el manicomio en Salamanca que la propia Leonora narra con tintes de cuento de hadas en su libro Memorias de Abajo…o su accidentado matrimonio con el escritor y periodista Renato Leduc, quien la trajo a México para sacarla de una Europa inmersa en la Segunda Guerra. Por supuesto, Elena expone detalles que no aparecen en la narración de Leonora, y que la propia pintora debe haberle revelado. Nadie mejor que Elena Poniatowska para novelar la increíble historia de una mujer por completo ajena a este mundo; una mujer que hablaba la lengua de los caballos y se considera a sí misma una yegua desbocada: “(…) El arte confinado a la tradición es como un animal enjaulado. Encarcelar a una criatura es quitarle su grandeza. Hay poco espacio para la fantasía dentro de la jaula del arte tradicional. Las inhibiciones, tan firmemente establecidas, todavía mantienen su poder, no importa cuántos permisos se den los hombres a sí mismos.” (Seix Barral, Barcelona, 2011, p.86)
Pero en medio de todo esto, Elena es esencialmente una abuela de varios niños mexicanos cuyos retratos siempre carga consigo para mostrarlos con orgullo: “Mira, esta es Luna…”

domingo, 17 de noviembre de 2013

Animal escribiente



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Doris May Tyler era una joven telefonista de Salisbury que leía y escribía sin parar en sus ratos libres. Tenía entonces 18 años pero desde los 15 se ganaba la vida (¡la libertad, más bien!) como recepcionista de una clínica. Aunque uno no tiende a soñar con su propia vejez, tratándose de Doris no sería extraño que durante las horas muertas, contemplándose las uñas sin limar, se imaginara a sí misma como una consagrada escritora, a esa edad en la que puede uno permitirse ciertas transgresiones como acudir a la recepción de un premio enfundada en zapatillas rojas… ¡rojas, rojas como las de una bailarina de flamenco!, afirma estupefacta Elena Poniatowska.
Para entonces, decía, ya la jovencita Doris había sufrido algunas decepciones amorosas –era muy, muy, muy enamoradiza- que la habían empujado a la máquina para escribir novelas de fantasmas. A tan tierna edad había publicado un par de historias de temática sobrenatural en un par de revistas sudafricanas, aunque, como a las mujeres de su generación, primeras en acceder de lleno al ámbito laboral y a la píldora anticonceptiva, le preocupaba lo complejas y difíciles que se habían tornado las relaciones entre hombres y mujeres en estos tiempos, tiempos de guerra, en que lo ideal hubiera sido unir fuerzas: “(…) Pensé que en esto había una temible trampa tendida a las mujeres, aunque todavía no sé en qué podría consistir, pues no cabe duda de la nueva cuerda pulsada por las mujeres, que es la de sentirse traicionadas. Está en los libros que escriben, en la forma en que hablan, en todas partes y en todo el tiempo. Es una nota solemne, llena de lástima por ellas mismas (…)” (El cuaderno dorado, Punto de lectura, traducción de Helena Valentí, México, 2007, p. 715). Desde el primero hasta el último de sus libros, con mayor énfasis en el más reciente, La grieta, la preocupación vital de esta autora es el rumbo que toman las relaciones entre hombres y mujeres, no estrictamente en un sentido romántico o erótico (la tradicional historia de amor es algo incompatible con la literatura de Doris) sino desde una perspectiva sociológica, política y humanística, no exenta de la ironía que suele acompañar el discurso de la parte dominada con respecto a su dominador, si bien en La grieta es un sabio varón, historiador romano, que se obsesiona con un antiguo documento que afirma que los primeros pobladores de la tierra no fueron los hombres, sino las mujeres: “(…) por supuesto que nosotros los varones ocupamos el primer lugar en la historia y que de algún modo extraordinario dimos vida a las mujeres. Nosotros somos los primigenios, ellas nuestra creación. Resulta también interesante atender a las anatomías, la masculina y la femenina. ¿Cómo se explica en nuestra historia oficial, que los hombres no cuenten con un órgano para gestar y nutrir? No se explica…” (Lumen, Biblioteca Doris Lessing, México 2007, traducción de Paula Buffer Dinerstein, p.37)
Nadie imaginaría, viéndola tan sobriamente portada y vestida, un tanto huraña, sí, pero con una correcta melenita color marrón claro y ojillos pardos que se le achinan al sonreír, echando por tierra la primera impresión de formalidad, que aquella joven tuviera una biografía tan, llamémosle, emocionante. A juzgar por su locuacidad dudo que se haya hecho la misteriosa a la hora de revelar detalles personales que la ponían un poco más allá de otras telefonistas peinadas a la moda de los años treinta: nacida en escenarios de la Mil y Una Noches, en Persia, Irán, el 22 de octubre de 1919, hija de un veterano de guerra que, tras padecer amputaciones que lo incapacitaban para la actividad bélica, se retiró con una pensión que le permitió viajar alrededor del mundo con esposa e hija. Contaba Doris May seis años cuando su padre optó por retirarse a Rhodesia, antigua colonia inglesa, hoy Zimbawe, donde transcurrió la infancia y primera juventud de la futura escritora. Pero la tierra cedida al padre de la niña era estéril, prácticamente aislada de la civilización. El señor Tyler no se dio por vencido, lo que pudiera explicar el temperamento inflexivo de la hija. La madre, en tanto, se contentaba con rememorar su dorada juventud victoriana.
La hija optó por refugiarse en la vasta biblioteca paterna. Los libros no contribuyeron a hacer de la muchacha animalillo menos agreste, menos requemado por el sol africano, podría decirse que al contrario: le inocularon la libertad que incluye asolearse y despellejarse y caminar descalza sobre la hierba sin el menor remordimiento. Como las grietas, aquellas mujeres originarias, un tanto perezosas, que conocieron el miedo pero desconocían los prejuicios. ¿A quién puede sorprenderle, dadas las circunstancias, que Doris May terminara militando en el Partido Comunista?
Cursó los estudios elementales en un colegio católico pero terminó abandonando la vida escolar por razones no del todo esclarecidas que podrían ser las mismas de su alter ego, Martha Quest, quien no obstante su notable inteligencia caía enferma cada vez que debía presentar un examen: “(…) A los once años, por ejemplo, había tenido otro examen de igual importancia… pero la semana antes había caído enferma. Se suponía que estaba muy dotada para la música, pero por algún hado fatal jamás podía demostrarlo…porque no conseguía las notas necesarias. La habían preparado para la confirmación tres veces, pero al final habían tenido que aplazar toda la ceremonia… pues al parecer entretanto se había vuelto agnóstica. Y ahora se encontraba con esos exámenes de reválida. La señora Quest había estado hablando de becas y universidades durante meses, mientras Martha la escuchaba unas veces con agrado, pero casi siempre con manifiesta molestia. Una semana antes de la fecha vital, Martha cogió una conjuntivitis infecciosa que se había propagado por la escuela (…)” (Martha Quest, Argos Vergara, Barcelona, 1980, traducción de Francesc Parcerisas).
Me atrevería a afirmar que no eran los exámenes los que enfermaban a Doris, sino la imposición de los adultos que le impedían decidir por ella misma. Como Martha Quest o la Anna Wulf de El cuaderno dorado, tenía pesadillas recurrentes en la que se veía subiendo eternamente una escalera que retrocedía bajo sus pies (las pesadillas y el análisis que de ellas se desprende, son recurrentes en la narrativa de Doris Lessing). El único campo en el que podía permitirse ser ella misma y tener gobierno absoluto sobre su vida, era la lectura. Por desgracia no eran muchas las opciones para que una joven que se decidiera a tomar las riendas de su vida por lo que a los 19 años terminaría contrayendo matrimonio con Frank Wisdom, con quien procrea dos hijos. Dudo, sin embargo, que se haya casado, como Mary Turner, antiheroína de la crudelísima Canta la hierba que escribiría por la misma época, para no ser tan duramente juzgada como una incapaz a la que “algo” le faltaba; huyendo desesperadamente de una infancia desgraciada, marcada por la infelicidad del matrimonio típicamente inglés de sus padres –y por “típicamente inglés”, Doris intentaba decir tener sexo solo para fines reproductivos-. En principio deseó sinceramente una felicidad convencional de mandil de florecitas y muchos gatos a quienes besarles el buche; incluso adquirió la habilidad de sostener un libro con una sola mano mientras amamantaba: “La habitación grande y mal iluminada, tenía ventanas sucias, desteñidas cortinas de raso verde y alfombras raídas. En la verdosa penumbra estaba sentada una mujer joven y corpulenta, con las piernas separadas sin medias, y un niño tendido junto a su pecho. Sostenía un libro en la mano, encima de la cabeza del pequeño; que se movía rítmicamente mientras las manos se abrían y cerraban sobre la carne desnuda. El seno descubierto, grande y flácido, exudaba leche.” (El sueño más dulce, Ediciones B, Barcelona, 2002, traducción de Ma. Eugenia Ciocchini). Al revés de Frances, la templada heroína de El sueño más dulce, que prefiere morir de hambre antes que aceptar el dinero de su suegra “fascista”, Doris no fue abandonada por su marido. Fue ella quien en 1943, agobiada por un sentimiento de frustración, exigió el divorcio y pasó a incorporarse a un grupo de ideas comunistas que, aparentemente, explicarían el rojo de sus zapatos ortopédicos. Enamoradiza e idealista, sin embargo, se casaría al año siguiente con Gottfried Lessing, de quien tomaría su nombre de pluma y con quien concebiría un tercer hijo, Peter, destinado a ser su fotógrafo de cabecera. Se separaría también de Lessing al cabo de cuatro años. Su visión del matrimonio, y de las relaciones de pareja en general, dista de ser idílica, antes bien, disecciona la institución en forma despiadada, la expone como la alianza neurótica entre un hombre y una mujer que no buscan complementarse sino cumplir un deber social, y esto en el mejor de los casos: “(…) Las mujeres poseen una extraordinaria habilidad para aislarse de la relación sexual, para inmunizarse contra ella de un modo que causa en los hombres la impresión de que los han humillado e insultado aunque no encuentren un motivo secreto para lamentarse (…)” (Canta la hierba, Byblos, Barcelona, 2007, traducción de Pilar Giralt, p. 71). En el peor, el matrimonio o la aventura sexual son escenarios que proporcionan a hombres y mujeres el pretexto idóneo para medirse y, si cabe, destruirse mutuamente: “Para las mujeres –escribe Anna Wolf a través de Ella, el personaje de la novela que no consigue terminar –el sexo es esencialmente emocional. ¿Cuántas veces se ha escrito esto? Y no obstante, hay siempre un momento, incluso con el hombre más perspicaz e inteligente, en que la mujer le ve como desde la otra orilla de un abismo: no ha comprendido. De repente, ella se siente sola; pero se apresura a olvidar ese momento, porque, de lo contrario, tendría que pensar (…)” (El cuaderno dorado, p. 273).
Todo lo anterior, demuestra que la obra de Doris Lessing, quien ha acumulado casi una cincuentena de títulos, es en gran medida autobiográfica, aunque incluya una autobiografía oficial en dos tomos titulada Dentro de mí (1994) y Un paseo por la sombra (1997). Según explica al periodista mexicano Miguel Ángel Quemain, quien ya me había hablado de la aparente resequedad de carácter en la autora británica, que sus detractores enarbolan para denostar esa feminidad que impregna su obra sin pudor ninguno: “Lo que uno puede encontrar como histórico es la mirada que un personaje elabora cuando mira hacia atrás, hacia su pasado y las cosas que le sucedieron tienen un carácter colectivo, una forma de particularidad que sólo es posible en determinada época.”
Subversiva desde Canta la hierba, de sus primeras novelas, publicada en 1950, donde narra la pasión amorosa de mujer blanca por un sirviente negro, Doris Lessing tenía todo en contra para remotamente aspirar al Premio Nóbel: comunista declarada al momento de publicar este primer libro polémico; feminista, de cuyo movimiento se convertiría en icono a raíz de la publicación de El cuaderno dorado (1962); crítica del colonialismo inglés, persona non grata durante varios años en Sudáfrica, país del que se le expulsó sin miramientos cuarenta años atrás y hoy la acoge como una de sus heroínas emblemáticas. Comprometida con las causas justas desde el primero hasta el más reciente de sus libros, Doris, que estaba por celebrar su cumpleaños número 88 al momento de recibir la noticia de que había ganado el Único Premio con el que se vanagloriaba, medio en broma medio en serio, nunca sería distinguida, haría pública su decepción del comunismo en 1954 tras la represión de la rebelión húngara y ahondaría sobre la misma en El cuaderno dorado, donde contrapone el idealismo de los neófitos con el cinismo desencantado de los viejos militantes y que, en el caso de la heroína, Anna, contribuye a su esterilidad como escritora mientras que a Doris la llevaría a escribir sus mejores páginas: “ (…) pienso, sin querer: “El verdadero crimen del Partido Comunista británico es el número de personas maravillosas que ha destrozado o convertido en oficinistas polvorientos, secos y quisquillosos, forzándoles a vivir en grupos cerrados a otros comunistas y desconectados de lo que ocurre en su propio país (…) el centro de ideas muertas y secas no existiría sin los brotes de nueva vida que, a su vez, se transforman rápidamente en madera muerta y sin savia (…)”. (El cuaderno…, p. 425). Ese dolor engendraría sus mejores novelas; esas donde, realista a veces, metafóricamente otras, ridiculiza tales tendencias. La buena terrorista (1985) y El sueño más dulce (2002) pertenecen al primer grupo. Memorias de una superviviente (1974), que personalmente considero la mejor de esta racha, al segundo. Dice Doris a Quemain, que si bien no se identifica con el victimismo del moderno discurso feminista, en sus novelas no puede evitar ponerse del lado de las víctimas: “(…) Yo no escribo desde el compromiso político. Me interesa la reconstrucción histórica para decir las cosas que vivimos hoy no fueron siempre así, me interesa también el registro de la opresión, de la injusticia, del sexismo, pero en la literatura adquieren la complejidad a la que se renuncia cuando uno se compromete políticamente (…) Cuando uno escribe, el único frente válido es el de la literatura (…)”
Aunque Doris escribió una exitosa saga de novelas de ciencia ficción titulada “Canopus”, que inició con Shikasta, incursionó previamente en la ficción especulativa con la espléndida Memorias de una superviviente donde recrea un futuro sin esperanza en que los niños albergan precoces instintos criminales y sexuales. Se trata básicamente de la amistad entre una mujer madura, que es la narradora de la historia, y Emily, una chiquilla de trece años que un desconocido deja al cuidado de la mujer. Las heroínas de las más notables novelas de Doris (que podrían ser todas sus novelas) tienen en común un sentimiento de solidaridad, un pronunciado sentido de hermandad, de colectividad… buenas samaritanas, pues, que no siempre, quizá nunca, reciben nada a cambio de sus cuidados maternales, de sus buenas acciones, quizá porque nada esperan: Alice, protagonista de La buena terrorista, asume un, llamémosle, maternaje, sobre una horda de individuos irresponsables que aparentemente comparten su ideal comunista, Jasper en particular, un jovencito homosexual que la mete en toda clase de líos. Algo semejante ocurre con la narradora sin nombre de Memorias de una superviviente, que al mismo tiempo que no se atreve a coartar la libertad de Emily, quien solo demuestra un atisbo de amor por su mascota, el horrible y conmovedor perro Hugo, se mantiene disponible para cuando la mujer-niña necesite el consejo de lo más parecido a una madre que tiene a la mano. Por otra parte, esta improvisada tutora admite a los amigos delincuentes y asesinos de Emily en su saqueado hogar y contempla con talante filosófico, más humanista que arqueológico, las actitudes y actividades de esta horda de caníbales sedentarios que, por algún motivo, respetan la integridad de la mujer madura: “Ver, luego, esta forma de creación en aquel momento, en una época de salvajismo y anarquía, ver este arquetipo de vestido de jovencita, o mejor dicho, este compuesto de arquetipos, ver como esta niña, esta muchachita, había hallado los materiales para sus sueños en las pilas de deshechos de nuestra vieja civilización, los había hallado, trabajado y a pesar de todo, logrado dar vida a sus imágenes de sí misma, aunque con imágenes viejas, indestructibles, y también poco pertinentes…” (p. 59, Ultramar Editores, Madrid, 1976, traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz).
En el prólogo de Shikasta, primera de una serie de espléndidas novelas de ciencia ficción, reafirma Doris su libertad para ser tan tradicional y/o experimental como desee y hace hincapié en el carácter realista de las novelas fantásticas, no solo las suyas, donde los autores se permiten, al contrario de lo que los despistados académicos suponen, describir como nadie lo que ella llama “nuestro horrible presente”. Lo mismo podría aplicarse a Memorias de una superviviente que es la hipérbole de una sociedad consumista donde campean los anti-valores que suelen regir las experiencias de maduración de los jóvenes, no porque ellos están mal, sino porque los adultos han pretendido olvidar sus propios errores, idénticos a los de sus descendientes, y ejercer un control absoluto sobre vidas que no les pertenecen: “La realidad es que la gente se desarrolla, para bien o para mal, tragándose entera a otra gente, otras atmósferas, sucesos, lugares. Se desarrolla por admiración. Desde luego que, con frecuencia, de forma inconsciente. Somos la compañía que nos rodea (…) Una niña que llora. El triste sonido perdido de la incomprensión.” (p.p 56, 57 y139). En El sueño más dulce, novela realista, Frances también se asume protectora y cómplice de un grupo de muchachos subversivos, entre los que están sus propios hijos. Enamorada de un comunista que termina dejándola junto con sus críos para casarse con una mujer más “maneable”, Frances mantiene una fidelidad conmovedora y a un tiempo patética para con la causa que su marido más bien ha empleado, como la mayoría de los varones comunistas de las novelas de Doris, a su conveniencia. Como la propia autora, Frances es un ama de casa en apariencia convencional que sin embargo se da escapadas al café Cosmo para escuchar y aprender de las arengas de los refugiados rusos que salpican sus charlas con alusiones a Freud, Jung, Trotski, Bujarin, Arthur Koestler y la guerra civil española, mientras se abren paso por entre el denso humo de los cigarrillos: “(…) estamos cortados por patrones invisibles, tan inevitablemente personales como las huellas dactilares, pero no reparamos en ello hasta que miramos alrededor y vemos su reflejo.” (p. 84).
El cuaderno dorado (Premio Medici, 1976), es semejante hasta de título al Cuaderno vacío de Josefina Vicens y constituye un intenso juego de espejos que involucra a la propia Doris Lessing que narra a Anna, quien a su vez se narra a sí misma y a Ella, protagonista de una novela fallida en la que pretende plasmar y resolver sus propios errores. No obstante torrencial escritura que requiere de cinco cuadernos de distintos colores para dar voz a las diversas mujeres que la habitan (la comunista, la artista, la amante, la madre, la feminista), Anna se lamenta de la imposibilidad para escribir una segunda novela (la primera ha sido un éxito y le ha permitido sobrevivir de sus regalías, cosa que los comunistas no ven con buenos ojos). Esta monumental obra le valió a Doris ser comparada con Simone de Beauvoir (cosa que, por cierto, no le disgusta de todo) y es que, como hace la propia Simone, Doris esquiva deliberadamente el tono de autoconmiseración para hacer hincapié en el lastre sociocultural del que las mujeres no han querido deshacerse del todo, y la forma en que los hombres han optado por instalarse en el cómodo papel de testigos de una revolución sexual que les compete íntimamente, y en esto último, Doris rebasa con creces a Simone.
A Doris Lessing se le había nominado al Nóbel con insistencia, aunque no hace mucho lo obtuvieron escritoras que tiene más de una semejanza con ella: Nadine Gordimer y Elfriede Jelinek. La obra de Doris ha abordado con crudeza el apartheid y el colonialismo, lo que le valió ser catalogada “inmigrante indeseada” en África y en Gran Bretaña, aunque actualmente radica en Londres. Dice Rosa Beltrán: ha puesto el dedo en la llaga: esa sonoridad excesiva del pronombre personal “Yo” (“I”) que según Virginia Woolf constituía el defecto principal de la literatura masculina –esa necesidad del individuo de afirmarse en su independencia y superioridad –es, según Lessing, el mayor obstáculo en las relaciones actuales entre los sexos.” En 2002, la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM publicó en su colección Cuadernos de Jornadas, Un encuentro con Doris Lessing, que reúne una serie de ponencias recogidas durante un evento que el Colegio de Letras Modernas celebró en honor y presencia de esta excepcional autora, con Claudia Lucotti a cargo de la edición. “Recuerdo que, como a los dieciocho años, después de haber leído en Tolstoi sobre la condición de los campesinos, cuando veía como hacían marchar a los prisioneros esposados, custodiados por guardias con pistolas, pensaba si esto se podría haber evitado con una lectura masiva de Tolstoi”, cuenta Doris a Eva Cruz y a Charlotte Broad.
Cuarto diecinueve, es el más frecuentado por los análisis de las investigadoras mexicanas. Susan Rawlings, la inolvidable personaje de este cuento, no sale bien librada de la empresa propuesta por Virginia Wolf en Un cuarto propio. Susan es una mujer, ante todo, inteligente. Por eso elige al mejor marido y asume su maternidad con éxito. Los problemas se suscitan cuando descubre que, más allá de esa misión cumplida a satisfacción de terceros, no tiene nada ni es nadie por ella misma. Ese terrible vacío emocional la empuja a encontrar un espacio íntimo y personal, y lo encuentra en el cuarto diecinueve de un hotel de paso, donde la cita es consigo y no con un amante, como pudiera suponerse, “pues su alma habita el cuarto número diecinueve mientras su cuerpo cumple con lo que se espera de ella en casa”, señala Julia Constantino.
Doris Lessing, para quien la fantasía dista de ser un divertimento, ha publicado recién otro par de novelas de corte futurista para el que, según sus propias palabras, se inspiró en el cuento Hansel y Gretel. En este caso, Mara y Dann (Ediciones B, 2005), dos hermanitos huérfanos huyendo del salvajismo de los adultos a través del congelado continente Ífrik, protegidos por un poderoso talismán. Doris ha sabido adaptar su sabia pluma a los tiempos que corren; ha encontrado una nueva voz, acorde a la de la mujer de la generación en turno, hazaña apenas posible para quien ha sabido aferrarse a la rebeldía juvenil contra “los adultos”, que serán siempre los mismos, no importe a qué época pertenezcan, ni que sean mucho más jóvenes que ella, la rebelde perpetua.
Vieja. Hermosa. Coqueta. Agresiva. Salvaje. Achacosa. Agitadora. Vanidosa. Feminista (así, en cursivas), son algunos de los calificativos con los que se refirieron comentaristas, varones y mujeres, a la Premio Nobel de Literatura 2007 y que, naturalmente, no se les hubiera ocurrido emplear para definir, por ejemplo, a Harold Pinter, o a Gabriel García Márquez y, en general, a ningún Nobel varón. Dicen que cuando le avisaron de la adjudicación del Nóbel, Doris iba llegando del hospital donde había dejado a su hijo Peter, vestida, dicen, con falda vaquera, chaleco y el chongo desgajándose en destellos plateados alrededor del rostro. Dicen que no entendió muy bien lo que le decía aquella pléyade de reporteros pero entró corriendo a su casa por un vaso de agua para aclararse la garganta y poner en orden sus pensamientos. Dicen que al final salió y dijo ante la miríada de micrófonos, grabadoras y cámara digitales, encogiéndose de hombros: “Estoy encantada, pero no sorprendida… ¡ya era hora!, ¿no?...”

Nota: Este texto forma parte del libro La nueva ciudad de las damas (Difusión cultural UNAM, 2010) y se publica como una manera de honrar la memoria de esta espléndida narradora y ensayista, fallecida el día de hoy, domingo 17 de noviembre de 2013.

Reseña de LA NUEVA CIUDAD DE LAS DAMAS y un plus

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