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viernes, 18 de julio de 2014

La sutileza del infarto


...La verdad más profunda del alma americana, es su superficialidad de historieta...
JCO

Cuando Joyce Carol Oates habla de box en su ensayo On boxing (1987), pareciera hablar de un arte derivado de la danza, que además se asemeja en todo al arte literario, tal como ella lo ejecuta: "(...) ocurre tanto, tan rápidamente y con tal sutileza de infarto que no puede absorberse sino para saber que algo profundo está aconteciendo y que acontece más allá de las palabras."
Más que apasionada, Joyce es una curiosa del box desde que, siendo una niñita logró que su padre, un rudo obrero de nombre Frederic Oates, la incorporara a sus actividades como empedernido amante del arte pugilístico. Lectora ferviente de Lewis Carroll, en especial de Alicia en el país de las maravillas, que leyó junto con Blanche la abuela paterna -la “hija del sepulturero” de una de sus obras maestras- la pequeña Joyce debió fusionar ambas experiencias cotidianas –rudeza/sutileza- en una muy personal del visión del mundo que habrá de afectar notoriamente tanto la construcción de sus tramas como en su estilo de escritura. No tuvo una infancia lo que se dice, normal, rasgo que comparte con muchas de sus heroínas, aunque con el tiempo llegó a ser divertido asistir a la escuela acompañada por su madre, Caroline, quien cursó la primaria en un pupitre adyacente al suyo. Joyce, de hecho, sentaría precedente en su familia como la primera Oates en concluir la escuela secundaria, lo que de suyo parecía demasiado. Nunca nadie imaginó que su pluma hiperactiva y su fervor por los libros la conducirían directo a la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey, donde es profesora de escritura creativa desde 1978.
Criatura de frágil constitución, toda ojos, más parecida a una cigarra brillante que a una atleta, Joyce podría decir lo contrario que Barry NcGuigan cuando se le preguntó por qué se había hecho boxeador: "No puedo ser poeta. No sé contar historias..." Joyce no pudo usar sus puños para pelear, pero aprendió a narrar a través de ellos, sin preocuparse por las cicatrices. La estructura de su narrativa es del todo semejante a una pelea, cada capítulo es un round; las intensidades varían pero jamás decaen. "Comencé a escribir muy joven, incluso antes de aprender a escribir, copiaba las letras de los adultos, pero no pensé en ser escritora. Era como cualquier niña, escribía mis propias canciones." Ya en la adolescencia, devoraría novelas de Faulkner, Hemingway, las hermanas Brontë y, muy particularmente, aquel cuya influencia salta a la vista en sus novelas psicológicas y profundamente humanas: Dovstoievski. Flannery O'Connor y D.H Lawrence la obsesionarían ya en su etapa universitaria. Se inició formalmente como escritora a los catorce años, cuando su querida abuela Blanche le obsequió su primera máquina de escribir, que se convertiría en una extensión de su persona.
Joyce Carol Oates, considerada el escritor estadounidense con mayor posibilidad de ganar el Nobel de Literatura, candidata honoraria al mismo desde hace unos veinticinco años, nació el 16 de junio de 1938, en Lockport, Nueva York, siendo la mayor de tres hermanos: Fred junior, nacido en 1943, y Ann Lynn, una niña autista nacida en 1956. Tras pasar por la universidad de Siracusa, se licenció en Lengua y Literatura Inglesa por la Universidad de Winsconsin y realizó un doctorado en Rice. A los diecinueve años conquistaría su primer premio literario en un certamen convocado por la revista Mademoiselle. Publicó su primer libro, un volumen de cuentos titulado Junto a la puerta del norte, en 1963, a los 25. Un año más tarde publicaría su primera novela: Un otoño tembloroso. Y si bien ambos libros merecieron comentarios elogiosos, no sería sino hasta la publicación de la novela Ellos (1969), con la que obtendría el Nacional Book Award en 1970 y se consagraría en el ámbito editorial internacional. Imparable, Joyce ha acumulado a la fecha más de una centena de títulos publicados entre novelas, colecciones de relatos, cuentos para niños, ensayos y obra dramática, incluyendo los firmados bajo los seudónimos de Rosamond Smith y Kelly de Lauren. Tuvo la fortuna de coincidir en la maestría con su media naranja, el editor Raymond J. Smith, quien murió de neumonía el 18 de febrero de 2008. Fundaron una familia pero también una revista y una editorial, y como tantas otras mujeres desde que el mundo es mundo, se las ha ingeniado para hacer simultáneamente montones de cosas. Su productividad le ha acarreado más de una crítica misógina: no está bien visto que una mujer haga tanto (¡y tan bien!); y que además mantenga su afición a correr, toque el piano y conteste personalmente los correos de sus lectores, todo ello a los casi ochenta años de edad. Se ha sugerido, entre otras sandeces, que la extraordinaria capacidad de esta autora es producto de un trastorno obsesivo-compulsivo. En una de las reseñas más virulentamente machistas que recuerdo haber leído, el argentino Rodrigo Fresán señala, entre otras maledicencias, "(...) Oates no sabe lo que es el miedo a la página en blanco y, de tenerlo, lo vence enseguida llenándolo de letras negras. No hay año -desde su debut en 1963- en que esta pálida mujer de mirada lánguida no edite al menos un par de libros (...)" No recuerdo que alguien haya cuestionado, por ejemplo, a John Updike, a J.B Priestley, a los Dumas, o al mismísimo Shakespeare, por poseer esa misma característica… ni que haya hecho alusión a su mirada lánguida o cualquier otro rasgo físico. En el libro Récord de Guiness, sin embargo, figura un varón como el escritor más prolífico del mundo, el brasileño de origen japonés Ryoki Inoue, con una bibliografía de más de mil títulos, circunstancia que no produce horror, más bien lo contrario.
Joyce Carol es un auténtico genio para apretar a más no poder el nudo de la tensión dramática y acorralar a sus personajes –y al lector junto con ellos- hasta aplastarlos contra las cuerdas. Más que atrapar, hipnotiza con la complejidad de sus estructuras narrativas, nunca lineales, dosificando la exposición de hechos hasta hacer estallar la bomba de la primera de múltiples revelaciones, mismas que nunca nos prepararán lo suficiente para la revelación final. Crea personajes patéticos y sublimes a un tiempo; personaje que, por lo general, se crecerán ante la inesperada adversidad, como el Michael Mulvaney de Qué fue de los Mulvaney… como el anciano Marcus Kidder de Una hermosa doncella, en quien advierto un halo a lo Lewis Carroll. Las novelas de Joyce están pobladas de cobardes maravillosos, cuyos hombros cargan a duras penas la grandeza de su espíritu, mientras que los valientes por deber como Kirsten y su hermano Owen, de los Mulvaney, terminan por ganarse nuestra conmiseración, pero también nuestro respeto.
Considerada hasta antes de La hija del sepulturero su obra maestra, Qué fue de los Mulvaney (Lumen, Biblioteca Joyce Carol Oates, Barcelona, 2003, traducción de Carme Camps) aborda la historia de una típica familia clasemediera y feliz de los Estados Unidos, que prácticamente se cae a pedazos tras la violación de la hija, única de entre tres hermanos varones. Los Mulvaney son encantadores… son populares… son guapos… son envidiados, casi sacados de una película de Disney... pero todo acaba intempestivamente apenas Marianne es violada por el hijo de uno de los hombres más influyentes del pueblo. Antes de lo de Marianne, los esposos Mulvaney, Michael y Corinne, han sabido de una pobre desgraciada, por cierto, compañera de escuela de Marianne, que se vio forzada a abandonar el pueblo tras un hecho similar. Pero aquella chica indígena, a la que sin duda compadecen, nada tiene que ver con Marianne. La bella, talentosa y popular Marianne. No se les ocurre temer por la integridad de su propia hija; ni por un instante las asocian, como si pertenecieran a planetas distintos. La historia, paradójicamente, es narrada, en ocasiones juzgada desde la perspectiva del "benjamín" de la familia, quien al eclipsarse ante la tragedia de su hermana y sus posteriores consecuencias, aprovecha esa semi invisibilidad para analizar a cada miembro de su familia, primero, y vengarse después: es a través de esa mirada que la supuesta grandeza queda reducida a cenizas, especialmente el orgullo del padre, al que se solía admirar por su valor y entereza pero termina desterrando a su hija favorita porque no puede con la rabia que su sola visión derrotada le produce. Los Mulvaney, víctimas de una afrenta, pasan a convertirse en los apestados del pueblo, en la familia violada y abierta de piernas: en putas. Desde el padre hasta el hijo pequeño. Todos sistemáticamente violados una y otra vez, por las habladurías; la compasión que en el fondo se alegra de no estar en los zapatos de aquellos a los que antes veían lejanos como estrellas.
Marilyn Monroe, personaje que obsesionaba a Joyce de mucho, mucho tiempo atrás ("que Marilyn Monroe hubiera optado por matarse resultaba maravillosamente consolador para las chicas "feas". También las chicas bonitas lo encontraban alentador", se lee en una de sus novelas tempranas, Ángel de luz), será la apoteosis de los rasgos psicológicos resaltados en los Mulvaney: en Blonde, novela que para muchos perdió inexplicablemente el Pulitzer del 2001, Marilyn rebasa su patetismo; se impone a su tragedia, una y mil veces contada; se nos revela como una niña inteligente y sensible muchos años antes de salir a la luz cartas y poemas a resguardo de Lee Strasberg, maestro de actuación y gran amigo de la actriz, que la exhiben muy parecida a la invocada por la brillante intuición de la autora neoyorquina.
Como casi todas las novelas de Joyce, Blonde es, sobre todo, una historia de familia, una búsqueda desesperada, casi agónica de la figura paterna, aunque ese hueco emocional adquiere matices insospechados en Una hermosa doncella, donde una niñera de dieciséis años llamada Katya Spivak, explotada por una familia clasemediera con ínfulas de millonarios, tiene un encuentro de pronóstico reservado con un aristocrático anciano de nombre Marcus Kidder, escritor de libros para niños y pintor aficionado. El casi septuagenario señor Kidder se obsesiona con la muchachita apenas verla, deambulando por un elegante barrio comercial con los dos pequeños a los que cuida, y Katya, que lleva muchos años aguardando el retorno del padre abandonador, un camionero ludópata, no puede evitar dejarse arrastrar por la apasionada bondad de los ojos azules de su admirador. Al mismo tiempo reflexiona respecto a posibles intenciones del caballero que no puede estarle brindado su apoyo y amistad en forma tan desinteresada. La relación se va complejizando. Katya se convierte en la musa del señor Kidder en su calidad de artista, pero él espera algo más de ella… algo no tan obvio. Y Katya se ve atrapada de pronto entre sentimientos ambivalentes hacia su admirador: gratitud, amor…asco.     
La hija del sepulturero (Alfaguara, México, 2009, traducción de José Luis López Muñoz), es otra saga familiar que, si nos dejamos convencer por la dedicatoria -"para mi abuela Blanche Morgenstern, la "hija del sepulturero"- se aproxima a la autobiografía. Digamos que el personaje de Rebecca Schwart, la protagonista, cuyo único tesoro en la vida es un diccionario, tiene mucho de la querida abuela Blanche, pero también de la propia Joyce. Cronológicamente, Rebecca, nacida en 1936, es mucho más próxima a la nieta que a la abuela, aunque la historia de la familia alemana que emigra a los Estados Unidos, huyendo de la persecución nazi, y cuya cabeza, Jacob Schwart, brillante matemático, se verá obligado, entre otras cosas debido a su absoluto desconocimiento del idioma inglés, a trabajar como sepulturero, es ni más ni menos la historia de la abuela Morgenstern. Jacob y Anna Schwart llegan a aquel pueblito al norte de Nueva York con tres hijos, habiendo salido solo con dos varones. Rebecca nace a bordo del inmundo buque donde realizan el trayecto, con todo en contra para sobrevivir. A partir de la milagrosa supervivencia de Rebecca, cuya existencia parece pender de un hilo, de principio a fin, se plantea la posibilidad de nacer predestinados. Y si bien la abuela de Joyce estaba destinada a ser la abuela de la más grande escritora estadounidense, Rebecca daría a luz a un artista, cuya existencia correría también múltiples riesgos junto a una madre errática.
Rebecca tiene en común con Joyce vivir inmersa en un ámbito misógino... empezando por la misoginia, digamos, inocente, del hermano mayor, Herschel, que goza confundiendo a su hermanita, aunque en el fondo la quiera. La misoginia del padre que, como magníficamente se expone en esta novela, no es otra cosa que miedo. Miedo a la mujer... a la sexualidad de la mujer... a la ternura y a la inteligencia de la mujer. Jacob, quien apenas tomar la pala que estigmatizará su identidad, sufre una transformación casi kafkiana, enloquece por poco al enterarse, a través del periodiquito local, de que su hija pequeña, la mujercita, ha ganado un concurso de ortografía cuyo principal premio es un diccionario que la chiquilla de opacas trenzas negras defenderá con uñas y dientes:
Jacob no se fiaba de las mujeres. Schopenhauer sabía muy bien que las féminas son simple carne, fecundidad. La hembra seduce al macho (débil, enamorado) para realizar la cópula y, contra la inclinación de sus deseos, lo arrastra a la monogamia. Al menos en teoría. El resultado es siempre el mismo: la especie se perpetúa. ¡Siempre el deseo, la cópula, siempre la nueva generación, siempre la especie! Voluntad ciega, estúpida, insaciable (...) Al servicio de esa voluntad ciega, la secreta suavidad femenina, los aromas húmedos, las interioridades de la fémina, plegadas, rosadas, en las que el hombre puede penetrar innumerables veces sin por ello percibirlas ni entenderlas. Del cuerpo femenino había surgido el dédalo, el laberinto. El panal con una sola entrada y ninguna salida. (p. 195).
La familia Schwart se desmiembra en forma trágica, quedando la hija pequeña a la deriva, quien una vez más se erige superviviente de una muerte que parecía inevitable. Narra Joyce que su padre le contó alguna vez cómo, contando Fred Oates quince años, la edad de Rebecca al momento de quedarse huérfana, el padre de este, en un arranque de ira, intentó matar a la abuela Blanche con una pistola, para terminar matándose él. Hasta entonces, Joyce se enteró también de los antecedentes judíos de su familia que en El hijo del sepulturero tienen relación muy directa con el drama de la protagonista. Quién sabe de dónde saca energía la adolescente Rebecca para seguir adelante, rechazando incluso la que pareciera la milagrosa intervención de una maestra que promete protegerla de los inminentes peligros a los que se expone una muchachita sola. Pese a su juventud, Rebecca parece percibir aquello más como una oportunidad de construirse una vida al margen de la tragedia que la ha marcado. Su inmadurez la llevará a cometer otro error: enamorarse de un hombre no muy distinto a su propio padre, aunque lo sea en apariencia, que volverá a ponerla al borde de la muerte junto con su hijito. Una vez más, Rebecca reunirá el valor necesario para salvar a su hijo, aunque ello recurra a una maniobra todavía más drástica: convertirse en otra persona, una encantadora y joven viuda de nombre Hazel Jones: "(...) Freud había dado en el clavo con el resto: la civilización era el precio que pagabas para que no te cortaran el cuello, pero era un precio demasiado alto (...) ¡La tiranía del papel de la madre moribunda en la civilización nunca podrá exagerarse!" (p. 561).
El conflicto con la identidad resurge en Mujer de barro (Alfaguara, México, 2013, traducción de María Luisa Rodríguez Tapia), de una manera todavía más violenta, explícita y dolorosa. En este caso se trata de una novela contemporánea y de una crítica política, en el marco de llamada “Guerra preventiva” de George Bush contra países de Medio Oriente. No es extraño que Joyce aluda y hasta caricaturice el contradictorio sistema estadounidense que, al tiempo que se asume protector, humanista e incluyente, no tiene empacho en enriquecerse a través de guerras sin sentido (si es que alguna guerra es humanamente justificable), lo cual no fue impedimento para que, posterior a la publicación de esta polémica novela, el Presidente Obama, en persona, le colocara en 2011 la National Humanities Medal, el más alto galardón civil del gobierno estadounidense en el campo de las humanidades. El capítulo introductorio de Mujer de barro es de una crueldad sin parangón: una niña pequeña a manos de una madre esquizofrénica y fanática religiosa; una niña de no más de tres años cubierta de huellas de un maltrato previo, prácticamente condenada a muerte tras lo que parece una vida de encierro y torturas, sin que nadie haya hecho nada por rescatarla –poco más adelante nos enteraremos de que tiene una hermana que ha desaparecido misteriosamente del panorama-. Poco o nada puede esperarse de una sociedad que ha permitido una situación tan atroz, y sin embargo la pequeña es rescatada de entre las marismas, oh paradoja, por uno de esos espantajos humanos por los que nadie ofrece un centavo, y que de algún modo, entre las sombras o el recuerdo, se instalará para siempre en la vida de la niña que asegura llamarse Jewell. El cadáver de Jedina, la menor, es localizado mucho después al interior de un frigorífico zozobrando en un barranco.
Esta sórdida situación se va complicando al tiempo que las piezas sueltas empiezan encajar con una sencillez pasmosa, aunque en forma aleatoria. ¿Quién es en realidad Jewell? ¿Pudo haber mentido asumiendo la identidad de su hermana mayor? A fin de cuentas será adoptada por una amorosa pareja de cuáqueros que la convertirá en Meredith Ruth Neukirchen, que era el nombre de la hija que les fue absurdamente arrebatada por la muerte y tendría exactamente la supuesta edad de Jewell. Llegará el momento, al alcanzar la adolescencia, en que Meredith comprenderá que el amor de esas maravillosas personas a las que nunca consigue amar como ameritarían, no le pertenece en realidad a ella sino a la niña muerta cuyas fotos continúan contemplando entre lágrimas. Meredith es una sustituta. Ha seguido ciegamente el camino que le han trazado sus padres adoptivos sin cuestionarse en lo absoluto, hasta que decide construirse una identidad propia…y entonces nace la doctora en filosofía M.R Neukirchen, la primera mujer en llegar a rectora en una prestigiada universidad, lo cual, paradójicamente, es asumido, muy especialmente por Ruth, su madre, como una traición: el trato era que Meredith se quedara cerca de ellos; que aportara su talento a su comunidad, no a gente tan apartada de las cosas esenciales…apartada de Dios y del amor al prójimo.   
M.R, heroína de Mujer de barro, es un personaje cautivador, digno de envidia para otros autores que hubieran querido concebirla en vez de Joyce. No es que sea muchas mujeres en una, como pareciera sugerir ese enjambre de nombres de identidades: es una mujer que prácticamente ha tenido que darse a luz a sí misma, aunque sabe que el precio a pagar será terriblemente alto e incluye, entre otras cosas, renunciar al amor….incluso, en un caso extremo, también a sus ambiciones profesionales. El destino la ha colocado sin consultárselo del lado de los fuertes, (…) Cuando eres mujer  no te quieren por ser fuerte y capaz, pero si eres mujer, fuerte y capaz, saldrás adelante sin amor (p. 371, cursivas del original). De algún modo debe lidiar con el hecho de que no es quien dice ser; que el Rey de los Cuervos con que identifica al ser que la hizo retornar a la vida cuando todo estaba programado para ser engullida por la tierra, nunca se ha marchado de su vida, y nunca dejará de ser la Niña de Barro. Llega un momento, cuando la ética de la rectora Neukirchen y su renuencia de aceptar un jugoso donativo de treinta y cinco millones de dólares para su universidad, por parte de los mismos que están colaborando con el gobierno de Bush con armamento para llevar a cabo su matanza en Medio Oriente, le aporta a la de por sí apasionante historia un giro de thriller. Cuando a Joyce Carol Oates se le cuestiona la violencia de sus narraciones, su respuesta no puede ser más inteligente: "Nuestras cifras de criminalidad le resultarían increíbles a cualquier europeo civilizado. En Suecia e Inglaterra consideran que vivimos en una especie de oeste salvaje, donde en cada casa hay un arma."
A Joyce Carol Oates se le ha regateado el Nobel, pero en cambio ha ganado prácticamente todos los premios literarios importantes de los Estados Unidos. La presencia intermitente de la violencia en su narrativa; violencia en todas sus manifestaciones posibles, constituye una protesta contra este elemento tan presente en la vida cotidiana y en la política de su país. Lo más sutil en la literatura de esta autora es la denuncia, que apartada por completo del panfletarismo recurre a la exposición cruda de la realidad para apelar a la indignación del lector. Dicho por ella misma: “Cuando la gente dice que hay demasiada violencia en mis libros, lo que está diciendo es que hay demasiada realidad en la vida”.  



viernes, 11 de abril de 2014

La asesina de Platón


Aunque belga de nacimiento (Bruselas, 1951) e hija de belgas, Chantal Maillard venera el castellano, en que está escrita prácticamente toda su obra: filósofa y poeta, combinación nada habitual, confabula además la faceta filosófica con la poética, lo que hace de ella una autora muy particular sobre todo si se le ubica en la escena de las letras españolas, mucho más compenetradas con la novela, lo que ha llevado a ciertos críticos a sugerir que su escritura está "muy alejada -por contradictorio que parezca- de lo que da en llamarse literatura.
La hoy doctora en filosofía pura recuerda haber sido feliz hasta los siete años de edad, a partir de su descubrimiento del dolor, cuando empezó a percibirse como un estorbo para un padre que nunca fungió como tal y para una madre y una abuela profesionistas que no podían hacerse cargo de ella. En 1963 se le recluyó en un internado religioso donde la algarabía de sus juegos era censurable. Ante la forzada convivencia con el silencio, que de tan denso adquirió jerarquía de compañero para la entonces adolescente, Chantal canalizó su expresividad a través de la escritura donde su voz estalló a manera de poemas. Dicha experiencia está siendo consignada en un diario que piensa titular Bélgica: "El diario es la búsqueda del destello de la memoria que te sitúa de pronto en un lugar o una experiencia que no acabas de ver, no tienes la imagen. En ese charquito de agua lo que había era gozo, un gozo que sólo puede tener el niño, antes del pensamiento, del juicio y del lenguaje. ¿Qué es el rojo antes de saber que el rojo se dice rojo y empieza a perder color con la palabra? Es lo que era el rojo para esa niña que se quedaba mirándolo durante yo no sé el tiempo. La experiencia en intensidad, no en tiempo. La Chantal niña tenía muchas cosas de éstas porque como hija única y a menudo sola fue desarrollando esa percepción.", declara en entrevista para El País.
"En régimen carcelario belga -continúa la poeta- escribí mi primera novela, tenía 12 años, era de capa y espada. Entre los 13 y 14 años escribí una novel social. Lo tiré todo, los cientos de poemas, las canciones, todo. Pero el año pasado, en Bélgica, volví a encontrar a un amigo de infancia que vino con un ejemplar de mi primera novela." Curiosamente, su primer libro de poesía, La otra orilla, con el que ganaría el premio Juan Sierra, se publicaría hasta 1982 y el género novelístico no figura entre sus intereses actuales.
A los catorce ya tenía escritas dos novelas y más de cien poemas, aunque en la actualidad se le reconoce como filósofa, conocedora de la estética y del pensamiento oriental y, sobre todo, como poeta. La tristeza, ha concluido, es el peor pecado de Occidente: "El modo poético es receptivo, y el filosófico requiere la indagación, y la actitud en filosofía es voluntariosa, mientras que la poesía requiere un decaimiento de la voluntad. Yo pretendo ligar una y otra porque participo de ambas. Lo que no se puede hacer es filosofía cuando se hace poesía, ni poesía cuando se hace filosofía, eso está descartado."
Lo que se lee en Matar a Platón, sin embargo (TusQuets, Nuevos textos sagrados, 2004) es, sin temor a equivocarme, de las más elevadas manifestaciones de la literatura, por más que se le niegue como tal (vaya tontería), no sólo por la efectividad con que logra una poética fundamentada en la reflexión filosófica, algo que parece no sólo extravagante sino además, terriblemente difícil que parece conservar la esencia de la poesía y la pureza de una idea al mismo tiempo; no permitir que la metáfora sepulte al concepto y viceversa: hacerlas convivir en santa paz. Como constata en la segunda parte del libro que se titula "Escribir", la autora está sumamente compenetrada con el ejercicio literario. Pero vayamos por partes: el título que engloba la obra, engañosamente breve (el lector debe concederle más de dos lecturas a este universo preso en 89 páginas), es por demás sugestivo en particular viniendo de una doctora en Filosofía, profesora titular de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad de Málaga. ¿Qué es, concretamente, lo sugerido en el título y, más aún, en el contenido del poema que parece regodearse en un acontecimiento escatológico que transcurre junto con unas notas al pie que, a manera de relato, explican el origen de la concepción de dicho poema que es, justamente, matar a Platón, ¿por qué?
Platón despreciaba el arte por considerarlo una mentira, una alteración de la realidad y de las ideas. "Censuró a Homero porque permitía la metamorfosis, el llanto de los héroes y la risa de los dioses", explica Chantal, y de alguna forma se rebela a este concepto largamente pensado y repensado, superponiendo su propio espejo, reflejo de una realidad cruel donde los seres humanos reaccionan al dolor ajeno con indiferencia, cuando no con asco: "Pero alguien me detiene./ Me exhorta a serle fiel/ a lo escrito. Sospecho que usted leyó a Platón/ y comparte su amor por los espejos:/ el verso ha de ser copia exacta y fidedigna/ de no sé sabe qué realidad verdadera." (p. 20)  ¿Puede alguien, aunque sea el mismísimo Platón, asegurar tajantemente qué es real y qué no? Lo cierto es que al virtuoso griego nunca se le ocurrió suponer que el arte pudiera ser reflejo de una realidad individual; que la realidad no es una sino tantas y tan paradójicas como individuos pululan en la Tierra, porque, de cierto, la visión de la poeta que presencia un accidente de tránsito, punto de partida a su afán por matar metafóricamente a Platón, no es la misma que la de los otros personajes involucrados con dicho accidente o "acontecimiento", siguiendo lo establecido por G. Deleuze en sendos epígrafes. La poeta encierra, en un magnífico poema épico regido por la búsqueda de la realidad en el arte o viceversa, muy apegada a la estética india con la que Chantal se identifica plenamente, como se verá en los siguientes versos, el dolor de una muerte violenta como si de un cuadro se tratara, sin escatimar sangre, vísceras y orfandades: El instante de la muerte violenta, dicen los hindúes, es tan fugaz y tan eterna como la imagen impresa en la memoria: "El infinito es el dolor/ de la razón que asalta nuestro cuerpo./ No existe en infinito, pero sí el instante:/ abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;/ en él un gesto se hace eterno."
"Escribir", segunda parte del libro que nos ocupa, es en realidad un libro independiente. Autora de una decena de ensayos filosóficos, entre los que destacaría “María Zambrano y lo divino” (Diputación Provincial de Málaga, 1era edición, 1990), del que pueden leerse extractos en Internet, Chantal entiende el acto de la creación escrita como una búsqueda introspectiva a la vez que como un recurso para introducirse en la psique y el alma de otros seres humanos: "escribir/ todas las muertes son mi muerte/ mi grito es el de todos/ y no hay consentimiento/ escribir" (p. 76). El poema impregnado de una mística meticulosamente estudiada y puesta en práctica, sugiere la soledad y una cierta gozosa resignación del escribiente que acepta convertirse en recipiente del dolor que implica renunciar al privilegio de mitigar el dolor con metáforas. El compromiso de la escritora, parece decirnos, es abrirse como flor al sufrimiento propio y al de los demás: admitirlo, aceptarlo, comprenderlo, adjetivarlo... jamás digerirlo, porque la rebeldía es la condición nata del artista. Pero lo más asombroso de "Escribir" es que sea un poema y no un extensísimo ensayo el que logre encerrar lo inefablemente desgarrador y placentero de la creación literaria: "porque el héroe se hace con el miedo/ sobre todo su miedo/ a partir de su miedo/ se hace héroe el héroe/ ahuecando el miedo/ y llenándolo de acción/ para entumecerlo/ haciendo tiempo en lo hermoso/ haciendo tiempo en lo vivo/ yo no soy ningún héroe/ yo sólo escribo/ para colmar la distancia/ entre el miedo y yo." (p. 81).
La búsqueda se perpetúa en Hilos (Tusquets, Nuevos textos sagrados, 2007), cuyo título dista de ser metafórico. Los hilos de estos poemas están ahí, sosteniendo en vilo cada palabra para impedir que caiga de lleno en la poesía o en la filosofía. La temática, que aparentemente dista de ser lo que tenemos por "poética", se aproxima mucho más al terreno de la filosofía: es el tratamiento poético lo que genialmente tuerce el camino de estos tratados filosóficos que abordan temas tan complejos como las funciones corporales y lo que de bárbaro y primitivo conllevan, pero por lo mismo nos permiten seguir siendo humanos a pesar del liderazgo del raciocinio; la oposición entre el yo y el “mí” que definitivamente entrañan significantes distintos, complementarios pero opuestos pues el mí derrama lágrimas mientras el yo se plantea la causa y posible solución de ese llanto: el mí, para empezar, no necesariamente implica la primera persona que el yo impone. Propicia en cambio ese desdoblamiento entre el mí y el yo, escinde al sujeto en dos personas (la espiritual, que es el mí, y la intelectual, que es el yo); el salirse de uno mismo que es el parapeto del mí y del yo, la máscara que los unifica y mirar desde el cuerpo las necesidades de ambos que las más de las veces entran en pugna. ¿Sería válido hablar de "poesía del inconsciente"?, ¿del abajo más que del adentro?: "Yo soy (...) Tan sólida que apenas me sostengo/ en el umbral mientras escribo./ Así pues (...) El teme embebe/ al mí que se despliega imaginando." (p. 43).
Esta dualidad, esta facultad de dividirse en dos e identificar plenamente la esencia de ambos, lleva a la poeta a autoanalizarse a través de su arma primaria que es el lenguaje escrito. En Hilos, Chantal invita a su lector a reconocerse en su auto interrogatorio que opone al mí y al yo. El mí se manifiesta generalmente como balbuceo porque todo él es lenguaje, mientras que el yo, signo, requiere del mí para existir a través de las palabras que lo justifican. El yo de Chantal Maillard es un yo huérfano, en perpetua búsqueda de sí mismo a través del mí que es el lenguaje: "(...) Decir yo./ Cumplirse en la escritura." (p. 48).
El yo suspendido de Chantal, reafirmándose en la escritura del mí, busca reafirmarse en la escritura y no pone en reparos en indagar hasta en sus propias heces aquello que denomina "lo más cálido de mí". Cuando se regodea en las funciones fisiológicas del cuerpo que contiene al yo y al mí, Chantal pareciera estar enviando uno de dos mensajes, ambos equívocos: el primero que su intención no es invitar a la recreación estética sino a una reflexión tan profunda como lo permita el cuerpo; el segundo: la inversión de lo anterior. En algún poema, incluso, parece adelantarse a los críticos que pudieran considerar aberrante que la poesía sirva de vehículo a la negación de la poesía misma y del poeta como ente espiritual: "¿Qué haremos del poema sin metáfora?/ del verso despojado de su naturaleza/ de su afición al desvarío y su grandilocuencia?" (p. 141)
Hay que señalar que la escisión entre el mí y el yo no refiere a un conflicto de orden filosófico sino a una dolorosa vivencia que orilla a la poeta a buscar a otro dentro de sí misma: una enfermedad y el suicidio de su hijo, temas de los que prefiere no hablar porque todo está ya dicho en Hilos.
Chantal Maillard figura en la antología Las poetas de la búsqueda (Zaragoza, Libros del Innombrable, 2002) preparada por el poeta y ensayista español Jaime Parra, del cual, el crítico José Corredor Mateos ha dicho algo que parece aplicarse específicamente a la poesía de Chantal, haciendo referencia al eterno debate sobre la realidad de una "literatura femenina": "cuando se profundiza, cuando el poeta trata de responder a las preguntas esenciales, el lenguaje termina siendo el mismo." Parra, por su parte, define la poesía de búsqueda de la siguiente manera: "Camino, travesía, pérdida, encuentro, viajes iniciáticos, transformaciones alquímicas del yo (...) y el contexto en el que se desarrolla esta poesía, sería el de "la poesía otra".
Residente en Málaga, con largas temporadas en Benarés, India, en cuya universidad cursó la especialización en religiones de la India, nacionalizada española desde 1968, Chantal Maillard colabora con críticas de filosofía, estética y pensamiento oriental en el diario El país. Ha incursionado en la prosa poética con Filosofía de los días críticos. Diarios 1996-1998 y Benarés (2001). Entre sus ensayos destacan La creación como metáfora (1992), La sabiduría como estética. Conducionismo, taoísmo y budismo (1995) y Rasa. El placer estético en la tradición india (1999). Sin embargo, ha sido su poesía, recopilada en los volúmenes Hainuwele (1990), Poesía a mi muerte (1994), Conjuros (2001) y Lógica borrosa (2002) los que la han hecho acreedora a los premios Santa Cruz de la Palma y Ricardo Molina. Su libro más cercano a la novela, el género con que se descubrió escritora, es su autobiografía Bélgica (Editorial Pre-Textos, 2011)

 “No sé qué recuerdos me despiertan el agua de lluvia en la carretilla y el pequeño triciclo oxidado junto al haz de leña. Ese ligero abandono en el jardín y el viento en la hierba, el delicado movimiento de las tagarninas, los pétalos desprendiéndose del frutal… pero, sobre todo, el agua encharcada, quieta, con restos de invierno, esa quietud que es rastro. Juegos de antaño, juegos de niños. Cuarenta años atrás...


Reseña de LA NUEVA CIUDAD DE LAS DAMAS y un plus

Aprovechando que está por aparecer el segundo libro surgido del proyecto La Trenza de Sor Juana, consideré prudente recuperar esta i...