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sábado, 1 de febrero de 2014

Ulises feminista


"El verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente". Tales palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca del emperador Adriano, podrían ser repetidas, verbatim, por una escritora italiana que decidió hacerse mexicana cuando a principios de los ochenta llegó, por azar, a Concepción del Oro, Zacatecas. Aunque por cuestiones laborales terminó residiendo en la ciudad de México, Francesca Gargallo hace de su hasta hoy obra maestra, La decisión del capitán (Era, México, 1997), novela escrita con una beca otorgada por el gobierno de Zacatecas, la más conmovedora ofrenda a la ciudad colonial que la reafirmó en la escritura y convirtió en su Ítaca personal.
Nacida en Siracusa, Italia, el 25 de noviembre en 1956, Francesca Isabella Gargallo di Castel Lentini Celentani es un personaje tan o más fascinante que las creadas por ella misma: Isabella, Lucía, Mariana, Begonia, Constanza de Andrada, "la escritora" de Marcha seca y, más recientemente, la sobreviviente Irene, mujeres apasionadas, autosuficientes, audaces y sin prejuicios; fieles a sus ideales hasta la muerte. Dentro de ellas viven simultáneamente Ulises y Penélope; capaces de defender a un amigo en un pleito de cantina y surcar los mares con solo una mochila... pero también de amar abnegadamente no solo al amante, también al hijo, al hijo del hermano, al amigo. De dar la vida por una hija. Como sus personajes, Francesca es fruto de una combativa generación que vio morir sus sueños junto con Salvador Allende. Novelista, poeta, historiadora y una de las más progresistas (y elocuentes) teóricas del feminismo. Licenciada en Filosofía por la Universidad de La Sapienza en Roma y doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, Francesca escribe desde que, a los seis años, le enseñaron a hacerlo. Estaba enamorada de su maestra y pensaba que algún día le escribiría lo que sentía por ella. A los doce años reescribió la Constitución italiana porque no le gustaba. Su abuela paterna, Ada Sdrin Comnena, griega y exaltadamente romántica y clasista, pobló su mundo de sentimientos heroicos alucinados tras leerle La Ilíada.
La abuela materna, Gilda Cosmo, era sobrina del más importante dantista de sus tiempos, mismo que había escuchado personalmente a Bakunin, y le pasó cierto amor por la libertad irrestricta. No es coincidencia, pues, que la nieta lleve el nombre de la segunda heroína de Dante, antítesis perfecta de Beatrice, Francesca de Rimini, castigada en el Infierno con la melancolía eterna de mirar a su amado Paolo sin poder tocarlo. Gilda era, a decir de Francesca, una mujer fría que sin embargo adoró a su nieta, "me decía que durante las menstruaciones se puede comer todo lo que una quiere porque no se engorda (teoría según yo fantástica pues me hizo amar el menstruar) y que cualquiera es dueño de su destino."
Su madre, en cambio, era una bióloga que se frustró porque tuvo seis hijos. Su padre era un escritor de filosofía de la historia, Gioacchino Gargallo-Sdrin (1923-2007), de quien la propia Francesca tradujo al español su entera Historia de la Historiografía Moderna, en cuatro volúmenes, no obstante la cordial enemistad que los enfrentó en vida de este... aunque, ¿qué hija feminista no ha amado y odiado rabiosamente al padre autoritario? Se autodenomina a voz en cuello ¡feminista!, lo que de entrada es una muestra de valentía en un mundo que emplea dicho término con recelo, ¡peor!, equivalente mujeril del machismo, como canta Arjona. Ignoran que al pelear por la igualdad de derechos entre mujer y varón, la feminista no solamente está liberándose de sus ataduras: libera al varón de tanta ternura contenida, de tantas lágrimas atoradas, de tantas, tantísimas responsabilidades concentradas en su persona. El enemigo a vencer no es el hombre como género, sino el sistema patriarcal que si bien concentra sus esfuerzos opresores en las mujeres, los ejerce sobre aquellos también. El sujeto al que dirige Francesca su discurso teórico, contenido en el extraordinario ensayo Ideas feministas latinoamericanas (UACM, México, 2006) no es al Hombre, que a él van dirigidos la mayor parte de las diatribas feministas que dan por un hecho que las mujeres somos poseedoras del secreto universal de lo femenino: Francesca le habla directamente a las mujeres, más concretamente aún: las mujeres latinoamericanas. El discurso paternalista finge solidarizarse con el género femenino, incluso lo pondera, y a través de su exaltación y divinización las contrapone a sus emancipadoras que las fuerzan a salir a ganarse la vida o a ejercer el intelecto cuando bien podrían estar tendidas como princesas en un colchón de plumas.
No existe un motivo específico por el que Francesca haya salido de Italia. No es exiliada política, mucho menos una persona empujada por la miseria a dejar su país como la mayoría de los refugiados económicos del mundo. Proviene, de hecho, de una familia aristocrática y adinerada. Necesitaba desbaratar el estigma que lleva en el nombre: dejar de anhelar y salir a buscar. Optó por viajar en calidad de estudiante clasemediera, sin dinero pero con mucha pasión. Un hotel de cinco estrellas, asegura, es igual en Nueva York y Oaxaca. Sigue prefiriendo quedarse en casas de pueblo y comer en fondas. Creyó que pararía en Alemania, pero terminó en Turquía, el más laico de los países musulmanes. Sus estrictas leyes respecto a las mujeres solteras, sin embargo, le impidieron llevar a cabo su decisión de vivir sola. Recorrió los Balcanes y el Mediterráneo, pasó por Nueva York, donde trabajó como baby sitter. Un día, harta de esta aséptica ciudad, se montó, mochila al hombro, a un camión Greyhound que la depositó en Texas. Fue ahí donde le pidió aventón a un camionero mexicano: "lléveme a donde vaya usted". Llegó a Zacatecas: el mejor lugar del mundo: "Me sedujo a través de no hacer nada, esos son los verdaderos seductores, los que no necesitan mover un dedo."
Para entonces, Francesca ya había publicado dos libritos en italiano: Itinerare (poesía, 1980) y Le tre Elene (cuento, 1980), pero en México no sólo se reafirmó en su pasión por la escritura, sino que, enamorada del idioma, adoptó el castellano como lengua literaria. "Llegar a escribir español me costó cinco años de silencio”, dice, “Le debo al maestro Jorge de la Serna, en la UNAM, haberme obligado a hacerlo. Me hizo leer hasta llegar al placer absoluto a Quiroga, a Jorge Isaacs, a todo Riva Palacio y a Josefina Vicens. En un principio creí que sufriría limitaciones para expresar todo lo que quería, pero dos amigos, Rosario Galo Moya y Eduardo Molina y Vedia, me dijeron que no tuviera miedo, que ellos corregirían el estilo. Actualmente, creo que escribo el español mejor de lo que lo hablo."

Su primera novela en castellano y publicada en México fue Días sin Casura (Leega Literaria, México, 1986), donde aborda la dura experiencia de una periodista italiana inmersa en la guerrilla de un país extranjero, en pleno auge de lo que se mal dio a llamar boom de la literatura femenina. Francesca nos sorprendió con personajes femeninos que rebasan por mucho la concientización respecto a la igualdad y se asumen potencialmente libres. Mujeres que estudian, aman, desean y, sobretodo, viajan, y todas ejercen, además, una bisexualidad como búsqueda de sí mismas y de las otras. Son, en cierta medida, historias de Auto-Amor. Sin embargo, la novela que la consagró entre las más destacadas autoras mexicanas -Juan Villoro la ubica en la dimensión de Rosa Beltrán y Carmen Boullosa- es una de corte histórico y con protagonista es un varón: La decisión del capitán. Ambientada en el siglo XVI, narra el itinerario bélico, vital y pasional de Miguel de Caldera, fundador de San Luis Potosí, y de quien Francesca aporta una visión que, no por personal, se aleja de la verdad histórica.
Aunque Ideas feministas latinoamericanas es un ensayo filosófico sobre el feminismo latinoamericano, puede ser leído también como una guía para comprender la narrativa de Francesca Gargallo, en principio porque aborda ampliamente a autoras cuya influencia se percibe en su prosa: Graciela Hierro, Rosario Castellanos, la colombiana Marvel Moreno y las poetas mexicanas Dolores Castro y Enriqueta Ochoa. Asombrosamente, se identifica más con ellas que con Simone de Beauvoir. Podría decirse incluso que le simpatiza más el entrañable amigo de esta... no, no Sartre, sino Maurice Merleau-Ponty. Y digo "asombrosamente" no sólo porque Francesca nació, creció y vivió en Europa su primera juventud y por consiguiente sería lógico que se sintiera más familiarizada con el feminismo de De Beauvoir, sino además porque, como la francesa, se define feminista integral. La influencia literaria latinoamericana impregna no sólo su narrativa, cuyo latido no es enteramente latinoamericano (imposible no asociarla con Elsa Morante, con Doris Lessing... con Fatima Mernissi, en su faceta ensayística); se impone su forma de percibir el mundo, y esa concepción es netamente latinoamericana, vivida desde Latinoamérica, pero contrapuesta con el cúmulo de experiencias adquiridas durante su etapa “mochilera”. A tal grado está Francesca compenetrada con la realidad de nuestro continente y su problemática, que considera que la concepción europea del feminismo no es por entero aplicable a nuestra realidad: se vuelve menester crear una identidad feminista latinoamericana, encaminada a analizar, estudiar y resolver problemas específicos de las mujeres latinoamericanas, indudablemente más afectadas que las europeas por la pobreza -y de manera distinta que las asiáticas y orientales-, la violencia, el analfabetismo, la discriminación sexual y la enfermedad. Testigo presencial de las más devastadoras guerrillas suramericanas, en medio de las cuales elaboró su tesis de doctorado, y de las que se nutre gran parte de su narrativa, en particular su novela Estar en el mundo (Era, México, 1994), Francesca nos hace una descripción terrible, poética y admirable de un continente que visualiza como a una esposa sometida esforzándose por levantar cabeza: "Esta Latinoamérica donde a las mujeres no se les rinde justicia: castigadas más duramente que los hombres por un mismo delito, no tienen derecho a la legítima defensa en caso de intento de violación, ni logran justicia cuando son asesinadas, mutiladas, torturadas. Esta Latinoamérica que Estados Unidos ve como "suya", para que les dé a las y los trabajadores sobrantes con los cuales abaratar la mano de obra mundial; suya para que reconozca el valor universal de su dominación; suya para castigarla cuando se rebela."
La literatura, afirma Francesca, es el espacio desde el cual las mujeres latinoamericanas han expresado el dolor callado durante siglos; uno de los terrenos ganados silenciosa pero avasalladoramente por nosotras. Como narradora, la identidad latinoamericana de Francesca no puede ser más evidente. El único rasgo de su europeidad es la sólida estructura ideológica de sus personajes, pero su narrativa poética, arrebatada, hiperbólica, lúbrica no deja lugar a dudas de la fuente de la que ha bebido cada palabra: "(...) Monto con mi hija en los brazos; mientras no despierte tendré la posibilidad de apretarla a mi cuerpo y sentir aunque sea por un rato esa plenitud envolvente que fue amamantarla, ser su fuente de leche, su árbol frutal, su amante devorada. El placer absoluto del cuerpo indispensable y a la vez voluntario, lujuria de la maternidad." (Marcha seca, p. 41)
Su más reciente novela, sin dejar de lado sus pasiones temáticas, se diferencia en el tratamiento con que las trabaja: Al paso de los días (Terracota, México, 2013) se publica trece años después de Marcha seca, y no a consecuencia de una sequía de ideas, sino justamente por lo contrario: Francesca se planteó un proyecto sumamente ambicioso que dio por resultado una trilogía, aunque curiosamente opta por publicar primero la que vendría siendo la segunda novela, un thriller que parece evadir los lugares comunes del género: la consabida maniobra terrorista de desviar un vuelo para secuestrar a sus pasajeros, se convierte en el abandono de los mismos en medio del desierto de Mongolia por parte de la misma tripulación que previamente los ha narcotizado con champaña, so pretexto de festinar la presencia en aquel vuelo Marsella-París de un afamado escritor sobre el que pesa una fatwa (¿Salman Rushdie?), aunque también viaja, en calidad de incógnito, un popular actor hollywoodense.  Siete sobrevivientes, entre ellos los antes citados; una profesora y escritora mexicana acompañada de su hija de trece años y un viejo amigo de ambas, un intelectual serbio que padeció la guerra, parecen convertirse en sujetos de un raro experimento equiparable a un reality show, pues en un mundo colapsado por una repentina descarga de ondas electromagnéticas, producida por una serie de ensayos nucleares en Estados Unidos, la única imagen que el mundo entero capta en sus televisores es la de estos caminantes del desierto, cada día más poseídos por la animalidad de quienes se sostienen en su instinto de sobrevivencia, y no respeta ni a las esposas de diplomáticos con grandes anillos de diamantes.
En su epílogo “A manera de agradecimiento”, explica la autora: “En esta pasión espontánea por los desiertos y las selvas, la agricultura y la vida nómada, la que me ha llevado a concebir unos puentes entre la literatura, en sus expresiones clásicas, aunque no trabajadas poéticamente, de la épica, la tragedia y la lírica, y las ciencias de la vida y del ser, la biología, la física y la geología”. Parece complicado, pero esta formidable novela se deja recorrer como un parque de diversiones, pese a lo escarpado de sus caminos. Y más allá del entretenimiento, explica de manera muy clara cuales son los riesgos que corre la vida en la tierra a manos de gente cuya exacerbada ambición le impide compenetrarse con el dolor humano…hasta que los alcanzan las consecuencias de su propio crimen.

Francesca Gargallo es, como las heroínas de sus novelas recientes, la amazónica madre de una hija llamada Helena que sigue muy de cerca sus pasos, artística y vitalmente hablando, y ha sido su compañera ideal de viajes. La academia mexicana, concretamente la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, tiene una cuenta pendiente con ella como co-creadora de dos  carreras únicas en la República Mexicana, Historia de las Ideas y Creación Literaria, aunque las canalladas burocráticas, pan nuestro de cada día, la han obligado a retomar el camino de la libertad absoluta que, como cualquier otra de sus experiencias vitales –como la propia Irene de Al paso de los días es capaz de encontrar una razón de vida en medio de la catástrofe- disfruta al máximo…mientras dure.

sábado, 4 de enero de 2014

Pura electricidad

Fotografía: Gabriela Bautista

Llegué tarde a las letras porque escribía a escondidas...

AGB

La crítica feminista llegó a ser injusta con Ana García Bergua. No porque ignoren sus libros, o se les reciba sin entusiasmo, antes bien, desde el primero hasta el último han merecido toda suerte de elogios, comparándosele reiteradamente con Jorge Ibargüengoitia. ¿Por qué digo entonces que cierta crítica ha sido injusta?, porque tratándose de una autora con tantos aciertos estilísticos, entre ellos un humor espontáneo y muy personal, lleno de capciosa inocencia y sutilísima ironía, el detalle que más ha intrigado a sus críticos y críticas (complacidos unos, indignadas otras) ha sido su empeño por concederle las riendas de la narración a personajes varones, básicamente en sus dos primeras y más celebradas novelas, El umbral y Púrpura. En la más reciente, que la hizo acreedora del prestigiado Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013, La bomba de San José, el jurado, compuesto por Anamari Gomís, Antonio Ortuño y Edmundo Paz Soldán, cuentan entre sus méritos el de recurrir al  “travestismo literario”, aunque en este caso se trata de una narración a dos voces, una femenina y otra masculina.
Y mientras la crítica, particularmente la ejercida por teóricas feministas, se devana los sesos tratando de averiguar si Ana preferiría ser escritor que escritora (misma encrucijada en que las sigue teniendo metidas Josefina Vicens), y los críticos varones, machistas, la felicitan por no ceder a la tentación de lo femenino (o así era hasta Rosas negras, cuando opta por cederle la voz a un personaje femenino), lo cierto es que ella simplemente escribe, escribe y escribe. Y escribe lo que le da la gana. Y se le siente sumamente cómoda.
Nacida en México el 8 de octubre de 1960, casada con el jazzista Eduardo Piastro y madre de dos muchachas rubias, Ana es copia fiel de su prosa: fresca, discreta, un tanto o un mucho reservada y, no obstante, delirantemente graciosa, declarada enemiga de toda solemnidad pese a que a simple vista pareciera melancólica. Escenográfa de profesión, asegura haberse hecho escritora en 1985 porque necesitaba narrar la historia de su hermano, Jordi García Bergua, quien se suicidó con solo veintitrés años y llegó a publicar, póstumamente, una primera y única novela: Karpus Mintek (Fondo de Cultura Económica, 1981).
El umbral, travels and adventures (Era, México 1993), que algunos han comparado con Harry Potter, aunque publicada mucho antes de la obra de JK Rowling, ha sido reiteradamente etiquetada como “novela fantástica” cuando en realidad se trata de la exploración del mundo interior de Julius, el protagonista, un muchachito poseído por una fabulosa esquizofrenia creadora. Con esta embriagadora novela, que pide a gritos ser leída más de una vez, y de dos, Ana se hizo acreedora a una mención en el Premio Iberoamericano de Primeras Novelas en 1994, en Santiago de Chile. Se las ingenia desde entonces para dividir su tiempo entre quehaceres domésticos —es una ama de casa de las de antes, de las que disfrutan hacer postres, de las que tejen suéteres para sus hijas-; y esa exigente amante que es la escritura, misma que desde siempre asocia con el retiro, el silencio, la discreción.
Pero mientras El umbral deja constancia de una época más juvenil y desenfadada de una joven escritora deseosa de establecer (o recobrar) un puente metafísico entre ella y su hermano, Púrpura (Era, 1999) es su novela de ingreso a la madurez y otro puente, en este caso, para entenderse con su padre, el prestigiado crítico de cine de origen español, Emilio García Riera (Ibiza, 1931-Guadalajara, 2002). En esta pone en juego su sentido del humor entre ingenuo y morboso, siempre a la par de su luminosa habilidad para montar atmósferas extravagantes, como haría en un teatro. En esta novela, ambientada en el México de los años cuarenta, Artemio, un joven provinciano, por ende ingenuo, viaja a la capital para trabajar con su primo Mauro, relacionado con el cine y con lo que el mundo del espectáculo implica desde entonces: orgías, drogas, prostitución, etc. Narrada a manera de bildungsroman, Púrpura describe el proceso a través del cual este anodino joven de pelo engominado va descubriendo y desvelando su homosexualidad mientras gira inmerso en un alucinante baile de máscaras donde ninguno de los personajes es lo que dice ser.
Ana extiende esa irreverente visión de la vida y de la muerte –sobre todo de la muerte- hasta su novela Rosas negras, protagonizada por el fantasma de don Bernabé Góngora, que sufre un paro cardiaco en medio de una comilona en el restaurante más elegante de San Cipriano, Tonalato, mismo poblado ficticio del que es originario el protagonista de Púrpura, así como la ingenua Maite de La bomba de San José, y con el cual Ana rinde tributo al Cuévano de Jorge Ibargüengoitia.
Bernabé verá transcurrir la vida desde un candil del mismo restaurante que parece estorbar su ascensión al cielo. Será después de muerto cuando descubre que sus dos mejores amigos son unos interesados; que para colmo se disputarán a su viuda, Sibila, como parte del botín; descubrirá también que su joven y bella esposa, de cuya sinceridad dudó tantas veces, le ama en forma incondicional, virtud muy difundida entre los personajes femeninos de Ana, esposas devotas de sus esposos, caso también de la Luisa de Isla de bobos y Maite de La bomba de San José. En medio de su desesperación por prevenirla contra los dos indeseables pretendientes que sólo quieren su fortuna, Bernabé elige a Ambrosio, joven y noble mesero, para hacerle llegar a Sibila su mensaje, lo cual se complica en vista de las escasas luces del muchacho y de que Bonifacio y Murillo, sus supuestos amigos, son aficionados al espiritismo y han detectado la presencia de Bernabé. Sibila, por otra parte, dueña de una gran inteligencia instintiva, percibe los afanes de Bernabé por contactarla, razón por la cual se niega a que cualquiera de los amigos de este la apoye en la administración de sus mueblerías.
Ana confiesa que la escritura de esta novela coincide con el agravamiento de su padre: “La incertidumbre me hizo concebir el espíritu suspendido en la lámpara. Me acuerdo que, cuando mi papá estaba muy mal, alguna vez le preguntamos qué disponía que se hiciera con sus restos. A él no le importaba en lo absoluto –su idea del cielo era la de un café donde se encontraría con sus amigos- y bromeó diciendo que pusieran sus cenizas en una urna etrusca. No puedo negar que el asunto me inquietaba, y quizá sí me sirvió escribir la novela para aceptar esa muerte.”

Posteriormente nos entrega su acaso más arriesgada novela, que si bien parte de un hecho estrictamente documentado, es recreado desde su muy particular visión del mundo, que es una visión realista con ribetes fantásticos. Según explica la propia autora en la nota final de Isla de bobos (Seix Barral, Biblioteca Breve, 2007), tuvo acceso, gracias a su trabajo como asistente de Enrique Krauze en la editorial Clío, a unos documentos originales que brindaban los pormenores de los hechos ocurridos en la legendaria isla de Clipperton, donde un militar mexicano fue enviado con la comisión de proteger esta parte del terreno nacional del asedio de los norteamericanos e ingleses, interesados en el fosfato de la caca de los pájaros bobos. Dicho suceso había servido de tema para el reportaje novelado de la escritora colombiana Laura Restrepo, La isla de la pasión, pero Ana, al retomarlo, le da un tratamiento totalmente distinto, lleno de irreverente encanto, empezando por renombrar a sus personajes, que es una forma de reinventarlos. El título alude a las peculiares aves que contribuyeron a paliar el hambre de los náufragos, pero también a sus protagonistas, Raúl y Luisa, bobos, idealistas, patéticos y, no obstante, conmovedores e inolvidables, defendiendo lo indefendible, un lugar que se describe como “un atolón”, bordeado por un mar alebrestado; feroz, se dice, como “un cancerbero”, plegado de peces venenosos y tiburones holgazaneando por las orillas.
Raúl, como todo protagonista varón de Ana, es un romántico incorregible que sueña alcanzar status de lo que sea. Está harto, por lo pronto, de sus meticulosas tareas como farmacéutico y se le hace fácil alistarse en el ejército, en primer lugar, para demostrar que aunque hijo de francés, es todo un mexicano dispuesto a morir por la patria. Pero no tardará en experimentar los rigores del hastío y del cansancio, particularmente después de que su juventud y guapura le asegura un sitio de honor en la habitación de una guapa señora que cuida de él como una mascota consentida. Esto le cuesta ser boletinado como desertor. Raúl, sin embargo, no tardará en asimilar el reto y lucir el uniforme con la gallardía propia de los humillados. En medio de su incesante búsqueda de novia, caerá en los brazos de una bella jovencita llamada Luisa, devoradora de novelas rosas, pero la unión parece destinada a no fructificar, pues justo en el nivel máximo del romance, Raúl es comisionado a cuidar de la isla de K. Lo anterior solo puede significar que tendrá que renunciar a los brazos de la hermosa de dieciséis años…. ni se imagina Raúl que su alma gemela lo equipara en idealismo, en romanticismo y en insensatez; que está dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo… y eso incluye la infernal K. Y si bien el hormonal alboroto propio de los recién casados les ayuda a paliar los padeceres y deficiencias de su entorno, cosas como infecciones, parásitos y encías sangrantes, el Paraíso no tardará en mostrarse ante la desesperada pareja tal cual es.
La fidelidad de ambos resulta tan patética como conmovedora (la fidelidad de él a ese cuerpo etéreo, invocado a diario, llamado Patria; la de ella a su príncipe azul), la historia pudiera ser la metáfora de todo enamoramiento juvenil que culmina en un chorro helado de realidad, como lo es de hecho en la novelística de Ana García Bergua donde los desesperados amores de juventud suelen ser bruscamente interrumpidos. La situación límite coloca a las mujeres de K. en el punto exacto para ser víctimas o heroínas, y gracias a la desesperación de una de ellas, de nombre Martina, que se decide a hacerla un poco de Judith contra el negro que se ha apoderado de ellas y de sus hijos e hijas tras zozobrar los demás varones en su intento por atraer ayuda, pareciera que eligen lo segundo, aunque la sociedad misma, “la civilización”, se empeñe en victimizarlas y denigrarlas. El personaje de Luisa se salva del patetismo gracias a su dignidad y a su propósito de salir adelante sola, aunque este sea dictado más por un sentido del deber para con su religión y su marido muerto, desdeñando incluso una ventajosa propuesta matrimonial de un acaudalado caballero norteamericano que la hubiera rescatado de la miseria a ella y a sus cinco hijos.
Aunque en La bomba de San José (Era, UNAM, México, 2013) Ana García Bergua retoma algunos elementos de sus novelas anteriores –el conflicto matrimonial, el idealismo ciego, la fidelidad, el humor- los reacomoda dentro de un contexto absolutamente novedoso en su universo literario: el México de la década de los sesenta; el de una Zona Rosa recientemente bautizada y en su apogeo, con agencias de publicidad que eran semillero de poetas, la Casa del Lago y el inicio de la insurrección de las mujeres sumisas a la que, en apariencia, escapa Maite, una de las narradoras; una ama de casa y joven madre ejemplar, casada con Hugo Valdés –el otro narrador- un aspirante a escritor que se gana la vida paladeando frases ingeniosas para comerciales. La vida tranquila y casi feliz de la sencilla Maite, se ve violentamente quebrantada cuando Hugo llega al hogar acompañada de una famosa y despampanante actriz llamada Selma Bordiú, mejor conocida como “la bomba de San José” (por su origen costarricense), a quien parecen perseguir la mafia y un celoso amante político. Maite, que no se huele absolutamente nada, opta por proteger a quien se le presenta como una víctima de las circunstancias, y que en realidad es el objeto de la pasión erótica de su marido.
Selma Bordiú entra y sale de la trama. Llega a salir de la casa de Maite, y Hugo detrás de ella –aunque no se trate de un abandono en toda la regla- y en medio de este vaivén de mambo y rock and roll, Maite, que pudo ser una víctima de las circunstancias, empieza a mutar en un maravilloso ejemplar picaresco que, tras sufrir la ausencia y el engaño del marido, termina por sacarle provecho a la situación e inicia un divertido proceso de emancipación, por la que no atraviesa ninguno de los personajes femeninos previos de Ana. En un solo día, la virtuosa ama de casa baila enfebrecida en un departamento desconocido, rodeada de melenudos; hace el amor (ebria) con el esposo de una amiga que en el fondo le cae mal y se come cuatro donas de chocolate en su retorno a casa, de madrugada. Pese a todo esto, y jugando un poco con estereotipos de la literatura clásica, Maite opta por trabajar en una mercería donde se entretiene tejiendo, mientras “espera” al marido fugitivo, aunque la Maite con que se encuentra Hugo tras su retorno de una psicodélica y delirante aventura lo recibe con las chapas cambiadas y una transformación radical, nunca deja de ser deliciosamente ingenua.
Respecto a esta novela, Ana reconoce que para crear a Maite se inspiró un poco en su propia madre, “¡aunque ella no terminó haciendo lo mismo que Maite!”, aclara, sonriente.
Todas esas virtudes estilísticas que distinguen su novelística, son trasladadas al cuento, género en el que, increíblemente, Ana se desenvuelve con el mismo desparpajo, y digo increíblemente porque no es común que un autor brinque de un género al otro con fortuna. Lo más sobresaliente de su producción cuentística ha sido recientemente reunida en el libro El limbo bajo la lluvia, hermosa edición de Textofilia (México, 2013).




Reseña de LA NUEVA CIUDAD DE LAS DAMAS y un plus

Aprovechando que está por aparecer el segundo libro surgido del proyecto La Trenza de Sor Juana, consideré prudente recuperar esta i...