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| Foto y edición: Eve Gil |
Jennifer Clement escribe a mano. En unas
libretitas de aspecto endeble que consigue en Texas, muy prácticas, papel
resistente. Las carga todo el tiempo, de a dos, de a tres, y al momento de
nuestro primer encuentro, en 2007, me confía que asiste eventualmente a la
cárcel de mujeres de Santa Martha Acatitla. ¿La razón? En ese momento solo sabe
que algo va a salir de allí. No
imagina que ese algo será la novela Ladydi,
que la haría acreedora al Premio NEA Fellowship for Literature. Ni en las
más exclusivas fiestas de Nueva York, me dice, abriendo mucho sus ojos de un
azul turquesa, ha visto mujeres más acicaladas: esas miradas que son tortura
envuelta en magia; uñas que atrapan mariposas milimétricas. Hasta la pizarra de
la directora del reclusorio es un poema, asegura, y me muestra una de sus
libretas en la que ha anotado una serie de estadísticas que, en efecto, suenan
a poema tal cual las va leyendo.
Soy mexicana, afirma,
orgullosa. Nací en Greenwich, Connecticut el 23 de abril de 1960, pero en 1961 me
habían traído ya. La cosa está terrible… ¡pero por nada del mundo me voy de
México!… y me lo dice así, tiempo presente, sutilísimo acento extranjero.
Británico. Aunque hija de estadounidenses y mexicana por derecho propio, cursó
sus estudios básicos en un colegio inglés, el Edron, y se casó con el
descendiente de una familia que sigue siendo inglesa aunque lleven varias
generaciones en México, "son la misma familia que trajo el fútbol a
México, Percy C. Clifford y Robert J. Blackmore", me explica: pero ya no
estoy casada, eh. De cualquier manera, es madre de un hijo y una hija que
estudiaron también en el Edron y sienten mucha curiosidad por esas raíces
inglesas que reposan en cierto cementerio de la avenida México Tacuba.
Jennifer, por cierto, escribe
en inglés, pues si bien ha vivido en México la mayor parte de su vida, se educó,
como se ha dicho ya, en inglés, cosa que obstaculizó la revalidación oficial de
sus estudios en este país y por la cual se le mandó como interna a Nueva York. Como
escribiera el poeta W.S Merwin en el prólogo de su libro de poesía The next stranger, “Jennifer Clement
escribe en inglés… pero sueña en español”. Y esos sueños, agregaría, han sido
traducidos a 22 lenguas. En la universidad de Nueva York cursó Literatura y
Arqueología, y conoció a Suzanne, a Basquiat... ¡y a Madonna!, "¡cuando
tenía el pelo negro-negro y era bar tender!”, recuerda Jennifer, riendo.
El libro por el que se le
conoció en México -yo le llamo "novela" pero ella me corrige:
"memoria"- es La viuda Basquiat
(Plaza & Janés, 2000, traducción de Guillermo Sánchez Arreola) donde, más
que plasmar su propia experiencia en la fascinante Nueva York de las
buhardillas, los aromas a tintura y algodón del Soho y los extravagantes genios
que pululan por sus callejones, nos presenta a un personaje excepcional y no obstante
secundario por vivir a la sombra de un genio: la pequeña Suzanne, que así firma
sus pinturas: Suzanne. La portada de
la primera edición del libro, que alguien tuvo la "genial idea" de
reemplazar por una fotografía de Jean-Michel Basquiat, representa a la
infortunada mujer de William Burroughs al instante de recibir el disparo de
aquel, dirigido a la manzana colocada en su cabeza. Dice la propia Suzanne en
la página 175: "Vendí todos los cuadros, excepto el retrato de Joan
Burroughs, que le regalé a Jennifer..."
Suzanne, por cierto, sigue
gran amiga de Jennifer. Cómo no, tras compartir la experiencia de caminar
ataviadas en trajes de noche y largos tacones entre redes y toneles llenos de
pescados, sin que los pescadores dieran crédito a sus ojos. Tanto, que el hijo
mayor de la escritora, que estudiaba en Nueva York, se alojó con la llamada
"Viuda Basquiat", por decreto del poeta Rene Ricard. Suzanne, sin
embargo, no estudió pediatría como señala al final del libro, sino medicina,
especializándose en psiquiatría, "corregiré este detalle en ediciones
posteriores", me aclara Jennifer.
En la contratapa de la
primera edición de esta memoria, Carlos Monsiváis equipara a la frágil Suzanne
con la arpía anoréxica, viuda de Kurt Cobain, Courtney Love, o la muñequita
ultra yonqui de Sid Vicious, Nancy Spungen: nada más alejado de la realidad, al
menos si nos atenemos a la narración de Jennifer. Suzanne era poco menos que
una niña aprendiendo a lidiar con amores callejeros. Suzanne -que nunca usa su
apellido-, mostraba para con el Rimbaud negro de finales del siglo XX, la obsesión
erótica del misógino Andy Warhol y la abnegación propia de una Sofía Tolstoia o
de una Vera Nabokov, con la diferencia de que, por sí misma, y como bien
muestra Jennifer, Suzanne es un personaje extraordinario:
Siempre guarda la heroína en su peinado de colmena. El polvo blanco escondido en el crepé; los policías no pueden encontrarlo, los drogadictos tampoco. Suzanne mantiene la cabeza en alto, carga un mundo sin esquinas, sostiene el cielo. Lo suficientemente delgada como para deslizarse por chimeneas, Suzanne luce como una niñita ataviada con los vestidos de su madre. Usa lápiz labial Love-That-Red, de Revlon; tiene el pelo negro azulado y la piel blanca. Se abrocha todos los botones de la camisa.
Vemos en acción a la mismísima Jennifer, que acude casi a diario a la cárcel a observar a las presas arregladas como reinas de belleza. Una mirada que traspasa apariencias y peinados altos y encuentra niñas agazapadas que tiemblan de miedo ante la acechanza del padre... niñas de closet como la mismísima Suzanne, que conocía el nombre específico de cada hueso fracturado por la ira paterna: eso tenía en común con Basquiat, que durante una convalecencia infantil por atropellamiento recibió de manos de su madre un manual de Anatomía de Gray, para saber cómo nombrar a cada huesecillo que se manifestara a través del dolor. Saber nombrar sus huesos rotos haría de Basquiat el artista que vestía de Armani para pintar y acudía a las fiestas con un overol salpicado de pintura... y de Suzanne -labios rojos, zapatos enormes y bufanda "Audrey Hephrun"- criatura en extremo sensible al dolor de los demás, incluyendo el de la señora Burroughs.
Amar a alguien como Basquiat,
que era la inestabilidad misma... que incluso le transmite una enfermedad
pélvica que la imposibilita para la procreación, pensará algún lector-lectora,
no puede ser "sano". Pero Jennifer, decíamos, siempre está mirando
más allá: donde los demás ven unos labios rojos, ella ve manchas de vino o
rosas marchitas. Pájaros cantando. Tú hablas y ella te descifra, qué más da. A
Basquiat, Suzanne la une algo mucho más poderoso que una enfermedad venérea: un
pasado de discriminación. El niño negro y raquítico. La niña árabe, Mallouck,
tan huérfana como los niños que su madre acarreaba como gatitos y perritos. En
la cárcel de mujeres, Jennifer no ve delincuentes sino niñas crecidas a
destiempo. Ha visto, lo sé, lo sé, a la pequeña Laidydi Martinez García,
acusada de un delito tan monstruoso como inverosímil. Quizá por ello ni
siquiera su Andy Warhol nos resulta tan odioso... y hasta el señor O'Conner de Una historia verdadera basada en mentiras
-¡qué título maravilloso!- nos llega a enternecer con todo y que ha "pisado
la sombra" de la pobrecilla Leonora... como un niño que oculta en el
bolsillo trasero del pantalón el arma con que ha matado un pajarillo.
Finalista del prestigiado
Premio Orange de Ficción, Una historia
verdadera basada en mentiras, adaptada para teatro, es el mejor ejemplo que
se me ocurre para demostrar que una historia mil veces contada puede, a través
de una pluma llena de ojos, adquirir tintes prodigiosos. Consciente de que en
nuestro medio las anécdotas sobre chicas de servicio doméstico violadas y/o
seducidas por sus patrones o los hijos de estos, actos que culminarán casi
siempre en un embarazo, son parte de la cotidianidad y hasta explotados en las
peores telenovelas, Jennifer intercala su versión con historias reales a manera
de coro en torno a Leonora, a quien una dama de alcurnia de ascendencia
irlandesa extrae de un orfanatorio para que se haga cargo de sus hijos
pequeños. Lo que más le gusta de Leonora a la tristísima señora O'Conner, cosa
curiosa, es que sea bonita, lo que se granjeará la confianza de los chiquillos.
Más adelante descubriremos que la principal causa de la mueca en los labios
rojos de la hermosa señora que prefiere dormir a estar despierta, es el señor
O'Conner: un buen padre, ni duda cabe... patán sensible y muy aficionado a los
líos de faldas. La historia, por cierto, es narrada por Aura, la hija más
pequeña de los O'Conner y favorita de la silenciosa Leonora, que le se bebe sus
lágrimas. Aura será testigo de la compleja amistad entre la criadita y la
señora de la casa:
-No es que las infidelidades lastimen
tanto y nos rompan el corazón (...) Son las células de todas esas mujeres que
se meten en mi cuerpo. Andan en mí, de un lado a otro, como peces. Nadan dentro
de mí y me hacen olvidar lo que soy (...) Tu voz (Leonora) es tan distinta a la
de otras mujeres. ¿No te parece extraño? Al principio la escuchaba como un
arañazo o como un rasguito. Ahora es una voz muy hermosa (...)" (p. 122 y
123, Plaza & Janés, 2002, traducción de Guillermo Sánchez Arreola).
La prosa eminentemente poética -aunque Jennifer aclara que en español se pierde la estructura original de endecasílabos y rimas-; personajes construidos más como metáforas que como seres de carne y hueso, Jennifer no se atreve a tocar fondo respecto a la perversidad y las patologías criminales hasta El veneno que fascina (Emecé, México, 2009, traducción de Anuska Moracho), cuya versión inglesa se granjeó estupendas críticas, como ésta de Allan Sillitoe: "Una novela sorprendente. Cada pieza está viva y nos conduce sin darnos cuenta hasta un clímax increíble." Emily Neale, que tiene el pelo negro como Suzanne... como Leonora ("Jennifer" significa "morena" en galés), lleva ese nombre, nos revela la autora, en honor a sus dos escritoras favoritas: Emily Brontë y Zora Neale Hurston, "quería tenerlas juntas". Emily es una joven estudiante de historia que trabaja una tesis sobre la vida de los santos y paralelamente colecciona notas de mujeres asesinas. También Emily es hija de un inglés y de una irlandesa literalmente desaparecida, pero vive en una casa de Coyoacán donde a diario se dejan oír -como en Una historia verdadera...-los silbidos del señor de los camotes-; una residencia que es casi una reproducción de la isla de la nostalgia donde, no importa que se mantenga intacta la habitación de la costura, no parece haber vivido ahí una irlandesa de larga cabellera negra a la que todos dan por muerta desde que Emily era una niñita. Desaparecida. "(...) como las mariposas, los escarabajos y los telegramas".
Paralela a su vida
universitaria y a su excelente relación con el padre que vive anhelando cosas
que ya no existen, como los telegramas, Emily se hace cargo del orfanatorio
fundado por otro ancestro, dirigido por una religiosa alta y fornida, toda
bondad y sabiduría: la Madre Ágatha. La tierna mujerona presta particular
atención a casos dolorosísimos que portan en letras de neón la impunidad tan
propia del sistema mexicano... casos, afirma Jennifer, tan verídicos como los
de la criminal negligencia que mató a 48 niños el 5 de junio de 2009 en
Hermosillo, Sonora, cuyo solo recordatorio la hace cerrar los ojos hasta las
lágrimas: unos primitos japoneses que llegan en lamentable estado tras sufrir
en plena carretera la embestida de la limusina de un político que ni siquiera
se molesta por resarcir el daño producido a dos chiquillos cuyos padre
perecieron en el choque...o Angélica, la niñita quemada de la que le cuesta un
poco de trabajo hablar a Jennifer -y a mí también-, "la pequeña
tirana", como la nombra: "Angélica fue el único miembro de su familia
que sobrevivió. La empresa PEMEX, propiedad del gobierno mexicano, nunca le dio
ninguna ayuda ni indemnización. Una vez sanadas las quemaduras en una clínica
estatal, vivió unos meses sola en los restos calcinados de su casa. Sobrevivió
hurgando en los cubos de basura de la calle y mendigando en las esquinas. La
madre Agatha oyó hablar de ella y la llevó al orfanato." (p. 51)
| Foto: Barbara Sibley |
Jennifer, que se declara
influida por Shakespeare y los cuentos de hadas, revela sin pudor el
"truco" de su novela: las asesinas cuyas anécdotas Emily atesora
juegan la función del coro en las tragedias griegas. Sí: nada en El veneno que fascina es gratuito y
estas mujeres menos que nadie: la supersticiosa Brynhild Paulsdatter Starset
que creía volverse tan fuerte como un hombre con cada uno que envenenaba; Myra
Smith, que soñaba emular a la Bonnie de Clyde pero no encontraba un cómplice
que le dijera: "Bonnie, cielo..."; Marybeth Tinning que
"perdió" a cada uno de sus nueva hijos sin permitirse una lágrima que
arruinara su maquillaje; Debra Sue Tuggle, quien cuestionó a sus acusadores
respecto a si tenían idean de lo irreprimible que puede ser el impulso de
matar... como comer y dormir... ¿y qué se hace con eso?... La madre de Emily, a
través del ronco pecho de la Madre Ágatha, deja dicho a su hija: solo dos actos
justifican que mates, que te escupen... o te mientan.
No puedo evitar preguntarme:
¿Lucirían hermosas estas asesinas el día de su detención, más aún, de su
ejecución? ¿Largas pestañas? ¿Uñas decoradas? ¿Labios rojos?
¿Luciría especialmente
hermosa Emily en el momento en que se pregunta si un cuchillo para abrir
ostras.....?
Final abierto, le sugiero a
Jennifer. No, me replica: sí, lo hizo:
Lo
hizo…
Pero no siempre es así. A
veces la inocencia deambula sin afeites, casi invisible por entre los hermosos
espectros que buscan desesperadamente un sentido para sus vidas. Laidydi, la
heroína adolescente de la novela homónima (Lumen, México, 2014, traducción de
Juan Elías Tovar y Guillermo Arreola) purga una condena por el delito de ser
pobre, de no tener un padre que dé la cara por ella, de vivir en un lugar sin
hombres y sin ley en algún punto de Guerrero y estar a merced de los narcos que
eventualmente raptan a niñas cuya belleza despunta de repente. En ese lugar
alucinante, que no surgió de la imaginación de Jennifer sino que es
dolorosamente cierto, las angustiadas madres tienen que disfrazar de niños a
sus hijas; teñirles los dientes para que parezcan podridos, ponerlas feas o, en
el más extremo de los casos, cavar hoyos, como en tiempos de guerra, para
ocultarlas de los ojos lascivos del único dios de la región: el crimen
organizado.
Afirma
Jennifer que la voz de Ladydi “le llegó” mientras una señora de las costas de
Guerrero le contaba de esa práctica tan habitual de los hoyos: “Era una voz
fascinante para mí porque ella no espera un mundo mejor. Está sumida en un
profundo marasmo y en el mundo “civilizado”, “educado” estamos esperando que
nos salven… que llegue una ONG a sacarnos de allí. Pero en ella no hay ninguna
esperanza de ese tipo”. Los desprotegidos son, sin lugar a duda, los protagonistas
absolutos de las novelas de Jennifer, pero ninguno de sus personajes ha estado
tan desamparado y, sin embargo, tan dispuesto a regalarnos su tragedia como
Laidydi, quien, contrario a muchas niñas y mujeres jóvenes que ostentan ese
nombre por su “punch” mediático, lo acarrea consigo como un tatuaje impuesto
por su propia madre, Rita, una mujer cruelmente engañada por el esposo que,
como prácticamente todos los varones adultos de la región, se marchó a
conquistar el Sueño Americano prometiendo volver, pero optó por empezar de
cero, sin su esposa y sin su hija. A ojos de Rita, la verdadera Lady Di, Diana
Spencer, la princesa más desdichada de la historia, de los cuentos y del mundo,
es la Santa Patrona de las Mujeres Engañadas, y la niña lleva su nombre, o
mejor dicho, su apelativo cariñoso como otras ostentan el nombre de la virgen.
Laidydi es una novela hermosa, necesaria,
incomparable. Se ocupa de un sector y de un lugar ignorados hasta el momento
por la literatura mexicana que tiende a ser cada vez más sensacionalista, pero
variando poco sus escenarios que ya son lugar común. Lo último que pretende
Jennifer, sin embargo, es horrorizar o “concientizar” o producir indignación.
Escribe para un lector que, da por sentado, está de antemano tan horrorizado e
indignado como ella misma ante la situación de impunidad que prevalece en su
país. Lo realmente importante es su abordaje de estas historias, dicho por ella
misma: “Siempre entro como poeta. Siempre estoy buscando la poesía…el dolor es
el lugar donde seguramente la encontrarás si hurgas bien…”


