Cada vez que veo una mujer trajinando en la cocina,
me da la sensación de que voy a acordarme de algo. De algo triste y angustioso.
Algo que probablemente tiene que ver con la muerte.
B.Y
Nacida en Tokio, el 24 de julio de 1964, Yoshimoto
Mahoko, mejor conocida como “Banana” es hija del prestigiado poeta y filósofo Yoshimoto
Takaaki (1925), cuyos libros inspiraron el movimiento radical de las juventudes
universitarias en la década de los 60, particularmente en la Universidad de Nihon,
misma donde ella se graduó en escritura creativa. Su primera novela, Kitchen, publicada en 1988, la catapultó
a la fama mundial a los 22 años, y a partir de esta hermosa novela pareciera
que todos sus libros son variantes de una misma obsesión: los efectos ante la
muerte de los seres amados, o en su defecto, hasta qué punto las pérdidas sufridas
por quienes amamos nos orillan a una órfica búsqueda de los mismos y, de ser
posible, a su rescate… aunque en el ínter el rescatador termina cautivo en el
dolor profundo del otro.
Aunque el hecho de ser hija de Ryumei influyó en su
precoz acercamiento a las letras, poco tiene que ver con el éxito alcanzado.
Banana fue criada en libertad junto con su hermana menor, Haruno Yoiko,
conocida creadora de mangas o mangaka. Sus padres no tuvieron inconveniente en
que se mudara con su novio de la escuela secundaria, aunque tuvo que
apañárselas para alcanzar su sueño de vivir de la escritura sin servirse del
prestigio de su progenitor como plataforma. Como Sakumi, protagonista de la
fascinante Amrita, trabajó como
camarera en el restaurant de un club de golf, con un sueldo de $480 dólares
mensuales, para costearse sus estudios. Aquella, nos deja entrever en la página
de agradecimientos de Kitchen, no fue
para nada una experiencia desagradable, entre otras cosas porque su jefe la
dispensaba de algunos deberes para que pudiera sentarse a escribir. Dos de sus
compañeros de trabajo diseñarían la cubierta. Adoptó el “Banana”, "porque
es una linda palabra y suena andrógina, según ella misma declara. “Además adoro
las flores de banano", explica la joven camarera que habría de recibir por
la mencionada obra el Newcomers Writers Prize en 1987, cuando todavía era una
estudiante universitaria, así como el Premio Literario Scano, de los más
prestigiados del mundo, otorgado asimismo a John Updike y Mario Vargas Llosa.
Kitchen es una hermosa historia
de amor que tiene por eje a un personaje inolvidable: Eriko, la bellísima madre
del mejor amigo de Mikage, la protagonista narradora, y que resulta ser
transexual, aunque dicho término no se menciona. Eriko, que trabaja de bar
tender en un antro gay de Tokio, no es, entonces la madre de Yuichi, sino su
padre. Las razones por las que decidió migrar de sexo resultan por demás
sorprendentes pues, en primer lugar, Eriko era un hombre heterosexual que
adoraba a su esposa y no fue capaz de enfrentar la muerte de esta. Convencido
de que nunca volvería a enamorarse, ni a desear intimidad con otra mujer;
enojado acaso con ciertas imposiciones sociales que no le permiten llorar
públicamente a su esposa muerta (situación a la que se alude nuevamente en un
episodio de otra de las novelas de Banana, El
lago), decide cambiar de sexo y transformarse en otra madre para su hijo.
Banana no justifica la peculiar psicología de Eriko, como la de ninguno de sus
personajes, simplemente nos lo deja ahí, imponiendo su curiosa filosofía y su
impresionante presencia, aún cuando es asesinada a mitad de la trama. Como dice
Mikage: “Las palabras son siempre demasiado explícitas y apagan todo el valor
de una luz tenue como aquélla.” (p. 105). Curiosamente, en el relato que
acompaña a Kitchen, titulado
“Moonlight shadow”, aparece otro personaje de nombre Shu que tras perder a su
novia en un terrible accidente, opta por ataviarse con el vestido marinero con
que aquella asistía a la escuela. Su explicación es del todo similar a la de
Eriko: “(…) al llevar faldas, tengo la sensación de comprender mejor los
sentimientos de las mujeres.” (p. 161).
En Kitchen,
como se explicita desde el título, la cocina el espacio significativo donde se
desarrollan las conversaciones más trascendentes y se desvelan los secretos
familiares; es también el rincón donde la huérfana Mikage experimenta las
reminiscencias del afecto materno encarnado en la abuela muerta recién: lo más
parecido a un útero que puede existir, cálido, húmedo y amable. “¿Por qué amo tanto
las cosas de la cocina? –Se pregunta Mikage –Es extraño. Las quiero como un
anhelo lejano grabado en la memoria de la mente. Cuando estoy aquí, todo
regresa al punto de partida y hay algo que vuelve a mí”. En Amrita (TusQuets, Col. Andanzas 481,
2002, traducida directamente del japonés de acuerdo con Kadokawa Shoten Publishing,
Premio Murasaki Shikibu 1995), Sakumi, la chica cuya vida cambia tras golpearse
la cabeza, tiene mucho en común con Banana, como prácticamente todas sus
heroínas: es camarera y ha tenido una educación liberal, en este caso de parte
de su madre, a quien Sakumi ama y odia a un tiempo. La historia arranca con la
muerte de Mayu, hermana menor de Sakumi, que goza de una promisoria carrera
como actriz de cine. Pero el éxito no parece suficiente para la veleidosa Mayu,
que termina quitándose la vida con una sobredosis de droga.
Definir la causa de la muerte de Mayu deja de ser
leit motiv de la novela, a partir de la paulatina transformación de Sakumi
durante el proceso. Días más tarde sufre un aparatoso golpe en la cabeza que la
lleva por diversos estadíos, desde la amnesia hasta la experiencia paranormal,
otra constante de la novelística de Banana Yoshimoto. En medio del jaleo se
descubre enamorada de Ryuchiro, escritor de mediano prestigio y amante de su
hermana muerta, y confronta lo que pareciera la incipiente esquizofrenia de
Yoshio, su hermanito de nueve años, personaje entrañable con el que establece
una especie de puente psíquico.
Para las narradoras de Banana, lo que sienten los
demás está por encima de sus propios sentimientos; existe una necesidad latente
por comprender las acciones de los demás llegando a veces tan lejos en esa
expedición psíquica, que no es raro que derive en enamoramiento. Sakumi se
encuentra a sí misma a través de las historias de los demás, especialmente en
la de los muertos como Mayu. Aquí, encuentros aparentemente casuales con
personajes de su infancia y adolescencia, como la alocada Eiko, o la vecina que
asesina a su marido, habrán de cobrar una importancia insospechada. Y es que
Banana es maestra en trastocar los eventos más banales en episodios memorables.
Impecable y cristalina se desliza la prosa que parece reflejarse en un río y
emular su vaivén impregnado de ecos y piedritas de colores. Sakumi, bien le
dice la médium de ofensivo nombre, Saseko (que significa “Puta”), posee la
plenitud de los muertos a medias, ese estado que los yoguis tardan toda una
vida en alcanzar. La sensación de irrealidad, proyectada en el discurso onírico
de las protagonistas narradoras, va corroyendo la trama, que arranca,
invariablemente, con tono costumbrista.
En Sueño
profundo (Tusquets, 2006, traducción de Lourdes Porta), que reúne tres magistrales
relatos largos o nouvelles, Banana regresa al punto de partida: la fusión de la
muerte y el sueño y el proceso de duelo interrumpido por la conexión con los
muertos. A nadie debiera extrañarle la constante incursión en el devenir
onírico en una autora que ha confesado soñar sus historias: “Los sueños son las
semillas de mi trabajo. Cuando no tengo qué escribir, encuentro las historias
en mis sueños”, confiesa en entrevista con Rowan Riley. En “Sueño profundo”,
relato que abre el libro, se plantea la posibilidad de ingresar en los sueños
de otros. Terako, que prefiere vivir dormida que despierta y solo es arrancada
de su profundo sueño por el timbre del teléfono que anuncia la voz de su
amante, un hombre casado con una mujer en estado de coma, se entera de la
muerte de su mejor amiga de la universidad llamada Shiori. Aunque hacía tiempo
Shiori y ella no se frecuentaban, a Terako le cae muy mal la noticia,
particularmente cuando los indicios apuntan hacia que la muchacha se dedicaba a
la prostitución. Terako se dará a la búsqueda de algún medio a través del cual
comunicarle a Shiori sus sentimientos y descubrimos que si bien era cierto que
Shiori dormía con hombres a cambio de dinero, literalmente dormía, es decir, penetraba en sus sueños para enderezarlos. Por
alguna misteriosa razón, Terako adquirirá el poder de su amiga y empezará a
invadir los sueños de su amante. Es así como descubre cosas de sí misma que la sorprenden.
En “La noche y los viajeros de la noche”, Shibami acaba de perder a su seductor
hermano en un accidente: casi todas las muertes en la novelística de Banana son
accidentales y repentinas. Mueren casi siempre en el cenit de la juventud y la
hermosura, como el hermano de Shibami, Yoshihiro, que en vida se involucró al
mismo tiempo con su prima Marie y con una norteamericana de nombre Sarah que
desaparece misteriosamente de sus vidas tras quedar encinta. Shibami, que
experimenta hacia la rubia de ojos azules algo parecido a la nostalgia –su
amistad fue breve pero muy profunda-comparte el duelo con la extraña Marie que
en cierto modo parece haber muerto junto con Yoshihiro. En el vestíbulo de un
hotel, Shibami tendrá un encuentro conmovedor con un niño increíblemente
parecido a su hermano que resulta ser hijo de una turista estadounidense que se
hace acompañar de su esposo, tan rubio como ella misma. Yoshihiro regresa
fugazmente en la persona de ese pequeño pero también en la mirada sonámbula de
Marie. Una vez más tenemos al muerto que regresa para alterar las vidas de sus
seres amados, aunque no sea este un regreso material.
El relato “Una experiencia” varía en este sentido
pues aquí sí se nos enfrenta a un literal regreso del más allá. Fumi-chan ha de
compartir a su amante con otra mujer de nombre Haru. No se trata, naturalmente,
de un convenio que las haga muy felices, pero ambas parecen considerar que el
hombre vale eso y más. Cuando ya la aventura ha terminado y Fumi-chan mantiene
una relación estable con su novio de siempre, Mizuo, con el que ya andaba
cuando formaba parte de aquel trío –y Mazuo parece estar enterado al respecto-,
comienza a escuchar un extraño pero hermoso canto en sueños que la hace
preguntarse si su almohada canta. El extraño fenómeno coincide con la repentina
muerte de Haru, hecho que trastorna por completo a Fumi-chan. ¿Cómo es que si
Haru era su odiada rival ahora experimenta un dolor tan profundo y una
necesidad casi dolorosa de hablarle, de verla por última vez? En su
desesperación acudirá a un enano espiritista que le traerá de vuelta a Haru con
su larga cabellera y una mirada que nunca había tenido para con Fumi-chan. Las
relaciones entre mujeres se encuentran perennemente entre el amor fraterno, la
rivalidad y el enamoramiento. En algunos casos, como en Kitchen, lindan el tipo de relaciones de amistad romántica o
sublimación lésbica que recuerda a las novelas de Jane Austen.
Tsugumi, protagonista de la novela del mismo título (Tusquets,
México, 2008, traducción del japonés de Alberto Nolla y Bibiana Morante), ofrece
los pormenores de la existencia y carácter de una chica que detesta a los
perros y termina vengando el asesinato de la muerte del perro del hombre que
ama. Es Maria, su prima; inesperado nombre para una japonesa que a su vez
afirma llamarse así en “honor a la Virgen” (en Japón existe un culto a una
diosa equivalente a la Virgen María, la diosa Kannon) quien narra sus
experiencias en la isla turística donde la familia de su madre regentea un
hotel. Tsugami puede ser realmente odiosa, incluso cruel…al tiempo que te roba
el corazón, y “Tsugumi soy yo”, afirma Banana, a quien uno asociaría más con la
sensata María: “He escrito esta novela porque quería plasmar las sensaciones
que colman esos días; un dulce ocio en el que suceden los paseos, los baños y
los atardeceres, con el mar siempre presente. Así, si yo o alguien de mi
familia perdiera la memoria, sólo tendrá que leerla para recordar ese lugar. Y
otra cosa: Tsugumi soy yo. Con ese carácter, no podía ser de otro modo.”
Tsugumi, como ningún otro de los personajes fantásticos de Banana, vive en el
límite entre la vida y la muerte: ella misma es la encarnación de La Vida (el
ser que ríe desaforadamente con cualquier tontería y saborea intensamente un
“polo”, un dulce) y La Muerte (un impulso irrefrenable de hacer daño a quienes
ama, de matarlos simbólicamente con sus abruptos cambios de carácter, como le
ocurre con el hombre del que está locamente enamorada y no imagina hasta qué
punto lo ama).
Las obsesiones de Banana parecen alcanzar –aunque siempre
parece que lo alcanza, para sorprendernos más adelante con que no era así- el culmen
en su novela El lago (Tusquets, 2014,
traducción de Lourdes Porta). Una vez más la relación con la madre parece
definir no solo la existencia del varón protagonista, Nakajima, sino la de la
narradora, Chihiro, y la de otros dos personajes: unos extravagantes hermanos,
chico y chica, llamados Mino y Chii. Chihiro, la narradora, una joven
estudiante de arte, acaba de perder a su madre, quien en medio de su obsesión
por las cirugías estéticas, enferma y muere tras una triste agonía. Desde el
principio queda establecido que Chihiro llevaba una relación maravillosa con
esta madre a quien la sociedad de una pequeña ciudad de provincia nunca vio con
buenos ojos por ser propietaria de un centro nocturno, y pese a que también ama
a su padre, todo parece indicar que su relación con él no es tan próxima como
la que tuvo con la madre. Tratando de superar el dolor de la pérdida se muda a
Tokio y conoce a Nakajima, un brillante doctorando en ciencias genómicas, por
quién experimenta una inmediata atracción que parece ser correspondida. Al cabo
de unas semanas de conocerse, Nakajima se muda con Chihiro, y esta no tarda en
descubrir que el apuesto joven sufre un trauma que le impide relacionarse
sexualmente con las mujeres. Chihiro, que tras morir su madre no experimenta,
lo que se dice, un deseo sexual exacerbado, lo deja pasar y viven una intensa relación
amorosa que se parece más a la amistad.
Poco a poco, Chihiro se adentrará en la penumbrosa
psique de ese joven atormentado, y llega el momento en que este decide
compartir con ella lo que parece ser su mayor secreto: su amistad con los
hermanos Mino y Chii, que viven a la orilla de un lago y son motivo lo mismo de
respeto que de recelo por parte de los habitantes del área que acuden a ellos
en busca de respuestas a sus problemas. En realidad, es Chii quien posee poderes,
digamos, paranormales, pero está postrada en cama por una dolencia no
especificada, y es su hermano quien, tomando la pequeña mano de su hermana, le
permite hablar a través de su boca. La visión de la vida de Chihiro empieza a
transformarse radicalmente tras su experiencia con los hermanos, y finalmente
descubrirá que, siendo niño, Nakajima fue secuestrado por una secta –que, no se
especifica en la novela, pero es la llamada “Aum Shinrikyo”, responsable del
atentado con gas sarín en el metro de Tokio, en 1995- liderada por la propia
madre de Mino y Chii con quien prácticamente convivió como hermanos durante
gran parte de su infancia. En la mente de Nakajima se confunden la amorosa
madre biológica que no descansó hasta encontrarlo, y aquella otra, la
compartida con Mino y Chii, la fanática torva y malvada. En la experiencia del
secuestro parece encontrarse la clave de la disfunción sexual del joven.
Penetrar
la domesticidad mágica de las novelas de Banana Yoshimoto es una experiencia
deslumbrante. Se reconoce influenciada por Stephen King, lo mismo que por
Truman capote e Isaac Bashevis Singer. Afirma con sonrisa de niña que ha hurtado
caramelos de una tienda (este, y el gesto de puchero de niña regañada son sus
caras más habituales) que tarde o temprano será Premio Nobel de Literatura:
“Siento que soy cada vez más pura, intercambiando saludos con los demás. Debo
vivir mirando cómo fluye el río”. Actualmente vive con su hijo en Tokio, de
donde nunca piensa mudarse, aunque adora viajar y viajar.




