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viernes, 14 de febrero de 2014

Bellas durmientes


Cada vez que veo una mujer trajinando en la cocina, me da la sensación de que voy a acordarme de algo. De algo triste y angustioso. Algo que probablemente tiene que ver con la muerte.
B.Y


Nacida en Tokio, el 24 de julio de 1964, Yoshimoto Mahoko, mejor conocida como “Banana” es hija del prestigiado poeta y filósofo Yoshimoto Takaaki (1925), cuyos libros inspiraron el movimiento radical de las juventudes universitarias en la década de los 60, particularmente en la Universidad de Nihon, misma donde ella se graduó en escritura creativa. Su primera novela, Kitchen, publicada en 1988, la catapultó a la fama mundial a los 22 años, y a partir de esta hermosa novela pareciera que todos sus libros son variantes de una misma obsesión: los efectos ante la muerte de los seres amados, o en su defecto, hasta qué punto las pérdidas sufridas por quienes amamos nos orillan a una órfica búsqueda de los mismos y, de ser posible, a su rescate… aunque en el ínter el rescatador termina cautivo en el dolor profundo del otro.

Aunque el hecho de ser hija de Ryumei influyó en su precoz acercamiento a las letras, poco tiene que ver con el éxito alcanzado. Banana fue criada en libertad junto con su hermana menor, Haruno Yoiko, conocida creadora de mangas o mangaka. Sus padres no tuvieron inconveniente en que se mudara con su novio de la escuela secundaria, aunque tuvo que apañárselas para alcanzar su sueño de vivir de la escritura sin servirse del prestigio de su progenitor como plataforma. Como Sakumi, protagonista de la fascinante Amrita, trabajó como camarera en el restaurant de un club de golf, con un sueldo de $480 dólares mensuales, para costearse sus estudios. Aquella, nos deja entrever en la página de agradecimientos de Kitchen, no fue para nada una experiencia desagradable, entre otras cosas porque su jefe la dispensaba de algunos deberes para que pudiera sentarse a escribir. Dos de sus compañeros de trabajo diseñarían la cubierta. Adoptó el “Banana”, "porque es una linda palabra y suena andrógina, según ella misma declara. “Además adoro las flores de banano", explica la joven camarera que habría de recibir por la mencionada obra el Newcomers Writers Prize en 1987, cuando todavía era una estudiante universitaria, así como el Premio Literario Scano, de los más prestigiados del mundo, otorgado asimismo a John Updike y Mario Vargas Llosa.

Kitchen es una hermosa historia de amor que tiene por eje a un personaje inolvidable: Eriko, la bellísima madre del mejor amigo de Mikage, la protagonista narradora, y que resulta ser transexual, aunque dicho término no se menciona. Eriko, que trabaja de bar tender en un antro gay de Tokio, no es, entonces la madre de Yuichi, sino su padre. Las razones por las que decidió migrar de sexo resultan por demás sorprendentes pues, en primer lugar, Eriko era un hombre heterosexual que adoraba a su esposa y no fue capaz de enfrentar la muerte de esta. Convencido de que nunca volvería a enamorarse, ni a desear intimidad con otra mujer; enojado acaso con ciertas imposiciones sociales que no le permiten llorar públicamente a su esposa muerta (situación a la que se alude nuevamente en un episodio de otra de las novelas de Banana, El lago), decide cambiar de sexo y transformarse en otra madre para su hijo. Banana no justifica la peculiar psicología de Eriko, como la de ninguno de sus personajes, simplemente nos lo deja ahí, imponiendo su curiosa filosofía y su impresionante presencia, aún cuando es asesinada a mitad de la trama. Como dice Mikage: “Las palabras son siempre demasiado explícitas y apagan todo el valor de una luz tenue como aquélla.” (p. 105). Curiosamente, en el relato que acompaña a Kitchen, titulado “Moonlight shadow”, aparece otro personaje de nombre Shu que tras perder a su novia en un terrible accidente, opta por ataviarse con el vestido marinero con que aquella asistía a la escuela. Su explicación es del todo similar a la de Eriko: “(…) al llevar faldas, tengo la sensación de comprender mejor los sentimientos de las mujeres.” (p. 161).

En Kitchen, como se explicita desde el título, la cocina el espacio significativo donde se desarrollan las conversaciones más trascendentes y se desvelan los secretos familiares; es también el rincón donde la huérfana Mikage experimenta las reminiscencias del afecto materno encarnado en la abuela muerta recién: lo más parecido a un útero que puede existir, cálido, húmedo y amable. “¿Por qué amo tanto las cosas de la cocina? –Se pregunta Mikage –Es extraño. Las quiero como un anhelo lejano grabado en la memoria de la mente. Cuando estoy aquí, todo regresa al punto de partida y hay algo que vuelve a mí”. En Amrita (TusQuets, Col. Andanzas 481, 2002, traducida directamente del japonés de acuerdo con Kadokawa Shoten Publishing, Premio Murasaki Shikibu 1995), Sakumi, la chica cuya vida cambia tras golpearse la cabeza, tiene mucho en común con Banana, como prácticamente todas sus heroínas: es camarera y ha tenido una educación liberal, en este caso de parte de su madre, a quien Sakumi ama y odia a un tiempo. La historia arranca con la muerte de Mayu, hermana menor de Sakumi, que goza de una promisoria carrera como actriz de cine. Pero el éxito no parece suficiente para la veleidosa Mayu, que termina quitándose la vida con una sobredosis de droga.

Definir la causa de la muerte de Mayu deja de ser leit motiv de la novela, a partir de la paulatina transformación de Sakumi durante el proceso. Días más tarde sufre un aparatoso golpe en la cabeza que la lleva por diversos estadíos, desde la amnesia hasta la experiencia paranormal, otra constante de la novelística de Banana Yoshimoto. En medio del jaleo se descubre enamorada de Ryuchiro, escritor de mediano prestigio y amante de su hermana muerta, y confronta lo que pareciera la incipiente esquizofrenia de Yoshio, su hermanito de nueve años, personaje entrañable con el que establece una especie de puente psíquico.

Para las narradoras de Banana, lo que sienten los demás está por encima de sus propios sentimientos; existe una necesidad latente por comprender las acciones de los demás llegando a veces tan lejos en esa expedición psíquica, que no es raro que derive en enamoramiento. Sakumi se encuentra a sí misma a través de las historias de los demás, especialmente en la de los muertos como Mayu. Aquí, encuentros aparentemente casuales con personajes de su infancia y adolescencia, como la alocada Eiko, o la vecina que asesina a su marido, habrán de cobrar una importancia insospechada. Y es que Banana es maestra en trastocar los eventos más banales en episodios memorables. Impecable y cristalina se desliza la prosa que parece reflejarse en un río y emular su vaivén impregnado de ecos y piedritas de colores. Sakumi, bien le dice la médium de ofensivo nombre, Saseko (que significa “Puta”), posee la plenitud de los muertos a medias, ese estado que los yoguis tardan toda una vida en alcanzar. La sensación de irrealidad, proyectada en el discurso onírico de las protagonistas narradoras, va corroyendo la trama, que arranca, invariablemente, con tono costumbrista.

En Sueño profundo (Tusquets, 2006, traducción de Lourdes Porta), que reúne tres magistrales relatos largos o nouvelles, Banana regresa al punto de partida: la fusión de la muerte y el sueño y el proceso de duelo interrumpido por la conexión con los muertos. A nadie debiera extrañarle la constante incursión en el devenir onírico en una autora que ha confesado soñar sus historias: “Los sueños son las semillas de mi trabajo. Cuando no tengo qué escribir, encuentro las historias en mis sueños”, confiesa en entrevista con Rowan Riley. En “Sueño profundo”, relato que abre el libro, se plantea la posibilidad de ingresar en los sueños de otros. Terako, que prefiere vivir dormida que despierta y solo es arrancada de su profundo sueño por el timbre del teléfono que anuncia la voz de su amante, un hombre casado con una mujer en estado de coma, se entera de la muerte de su mejor amiga de la universidad llamada Shiori. Aunque hacía tiempo Shiori y ella no se frecuentaban, a Terako le cae muy mal la noticia, particularmente cuando los indicios apuntan hacia que la muchacha se dedicaba a la prostitución. Terako se dará a la búsqueda de algún medio a través del cual comunicarle a Shiori sus sentimientos y descubrimos que si bien era cierto que Shiori dormía con hombres a cambio de dinero, literalmente dormía, es decir, penetraba en sus sueños para enderezarlos. Por alguna misteriosa razón, Terako adquirirá el poder de su amiga y empezará a invadir los sueños de su amante. Es así como descubre cosas de sí misma que la sorprenden. En “La noche y los viajeros de la noche”, Shibami acaba de perder a su seductor hermano en un accidente: casi todas las muertes en la novelística de Banana son accidentales y repentinas. Mueren casi siempre en el cenit de la juventud y la hermosura, como el hermano de Shibami, Yoshihiro, que en vida se involucró al mismo tiempo con su prima Marie y con una norteamericana de nombre Sarah que desaparece misteriosamente de sus vidas tras quedar encinta. Shibami, que experimenta hacia la rubia de ojos azules algo parecido a la nostalgia –su amistad fue breve pero muy profunda-comparte el duelo con la extraña Marie que en cierto modo parece haber muerto junto con Yoshihiro. En el vestíbulo de un hotel, Shibami tendrá un encuentro conmovedor con un niño increíblemente parecido a su hermano que resulta ser hijo de una turista estadounidense que se hace acompañar de su esposo, tan rubio como ella misma. Yoshihiro regresa fugazmente en la persona de ese pequeño pero también en la mirada sonámbula de Marie. Una vez más tenemos al muerto que regresa para alterar las vidas de sus seres amados, aunque no sea este un regreso material.

El relato “Una experiencia” varía en este sentido pues aquí sí se nos enfrenta a un literal regreso del más allá. Fumi-chan ha de compartir a su amante con otra mujer de nombre Haru. No se trata, naturalmente, de un convenio que las haga muy felices, pero ambas parecen considerar que el hombre vale eso y más. Cuando ya la aventura ha terminado y Fumi-chan mantiene una relación estable con su novio de siempre, Mizuo, con el que ya andaba cuando formaba parte de aquel trío –y Mazuo parece estar enterado al respecto-, comienza a escuchar un extraño pero hermoso canto en sueños que la hace preguntarse si su almohada canta. El extraño fenómeno coincide con la repentina muerte de Haru, hecho que trastorna por completo a Fumi-chan. ¿Cómo es que si Haru era su odiada rival ahora experimenta un dolor tan profundo y una necesidad casi dolorosa de hablarle, de verla por última vez? En su desesperación acudirá a un enano espiritista que le traerá de vuelta a Haru con su larga cabellera y una mirada que nunca había tenido para con Fumi-chan. Las relaciones entre mujeres se encuentran perennemente entre el amor fraterno, la rivalidad y el enamoramiento. En algunos casos, como en Kitchen, lindan el tipo de relaciones de amistad romántica o sublimación lésbica que recuerda a las novelas de Jane Austen.

Tsugumi, protagonista de la novela del mismo título (Tusquets, México, 2008, traducción del japonés de Alberto Nolla y Bibiana Morante), ofrece los pormenores de la existencia y carácter de una chica que detesta a los perros y termina vengando el asesinato de la muerte del perro del hombre que ama. Es Maria, su prima; inesperado nombre para una japonesa que a su vez afirma llamarse así en “honor a la Virgen” (en Japón existe un culto a una diosa equivalente a la Virgen María, la diosa Kannon) quien narra sus experiencias en la isla turística donde la familia de su madre regentea un hotel. Tsugami puede ser realmente odiosa, incluso cruel…al tiempo que te roba el corazón, y “Tsugumi soy yo”, afirma Banana, a quien uno asociaría más con la sensata María: “He escrito esta novela porque quería plasmar las sensaciones que colman esos días; un dulce ocio en el que suceden los paseos, los baños y los atardeceres, con el mar siempre presente. Así, si yo o alguien de mi familia perdiera la memoria, sólo tendrá que leerla para recordar ese lugar. Y otra cosa: Tsugumi soy yo. Con ese carácter, no podía ser de otro modo.” Tsugumi, como ningún otro de los personajes fantásticos de Banana, vive en el límite entre la vida y la muerte: ella misma es la encarnación de La Vida (el ser que ríe desaforadamente con cualquier tontería y saborea intensamente un “polo”, un dulce) y La Muerte (un impulso irrefrenable de hacer daño a quienes ama, de matarlos simbólicamente con sus abruptos cambios de carácter, como le ocurre con el hombre del que está locamente enamorada y no imagina hasta qué punto lo ama).

Las obsesiones de Banana parecen alcanzar –aunque siempre parece que lo alcanza, para sorprendernos más adelante con que no era así- el culmen en su novela El lago (Tusquets, 2014, traducción de Lourdes Porta). Una vez más la relación con la madre parece definir no solo la existencia del varón protagonista, Nakajima, sino la de la narradora, Chihiro, y la de otros dos personajes: unos extravagantes hermanos, chico y chica, llamados Mino y Chii. Chihiro, la narradora, una joven estudiante de arte, acaba de perder a su madre, quien en medio de su obsesión por las cirugías estéticas, enferma y muere tras una triste agonía. Desde el principio queda establecido que Chihiro llevaba una relación maravillosa con esta madre a quien la sociedad de una pequeña ciudad de provincia nunca vio con buenos ojos por ser propietaria de un centro nocturno, y pese a que también ama a su padre, todo parece indicar que su relación con él no es tan próxima como la que tuvo con la madre. Tratando de superar el dolor de la pérdida se muda a Tokio y conoce a Nakajima, un brillante doctorando en ciencias genómicas, por quién experimenta una inmediata atracción que parece ser correspondida. Al cabo de unas semanas de conocerse, Nakajima se muda con Chihiro, y esta no tarda en descubrir que el apuesto joven sufre un trauma que le impide relacionarse sexualmente con las mujeres. Chihiro, que tras morir su madre no experimenta, lo que se dice, un deseo sexual exacerbado, lo deja pasar y viven una intensa relación amorosa que se parece más a la amistad.

Poco a poco, Chihiro se adentrará en la penumbrosa psique de ese joven atormentado, y llega el momento en que este decide compartir con ella lo que parece ser su mayor secreto: su amistad con los hermanos Mino y Chii, que viven a la orilla de un lago y son motivo lo mismo de respeto que de recelo por parte de los habitantes del área que acuden a ellos en busca de respuestas a sus problemas. En realidad, es Chii quien posee poderes, digamos, paranormales, pero está postrada en cama por una dolencia no especificada, y es su hermano quien, tomando la pequeña mano de su hermana, le permite hablar a través de su boca. La visión de la vida de Chihiro empieza a transformarse radicalmente tras su experiencia con los hermanos, y finalmente descubrirá que, siendo niño, Nakajima fue secuestrado por una secta –que, no se especifica en la novela, pero es la llamada “Aum Shinrikyo”, responsable del atentado con gas sarín en el metro de Tokio, en 1995- liderada por la propia madre de Mino y Chii con quien prácticamente convivió como hermanos durante gran parte de su infancia. En la mente de Nakajima se confunden la amorosa madre biológica que no descansó hasta encontrarlo, y aquella otra, la compartida con Mino y Chii, la fanática torva y malvada. En la experiencia del secuestro parece encontrarse la clave de la disfunción sexual del joven.    

Penetrar la domesticidad mágica de las novelas de Banana Yoshimoto es una experiencia deslumbrante. Se reconoce influenciada por Stephen King, lo mismo que por Truman capote e Isaac Bashevis Singer. Afirma con sonrisa de niña que ha hurtado caramelos de una tienda (este, y el gesto de puchero de niña regañada son sus caras más habituales) que tarde o temprano será Premio Nobel de Literatura: “Siento que soy cada vez más pura, intercambiando saludos con los demás. Debo vivir mirando cómo fluye el río”. Actualmente vive con su hijo en Tokio, de donde nunca piensa mudarse, aunque adora viajar y viajar.




sábado, 1 de febrero de 2014

Ulises feminista


"El verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente". Tales palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca del emperador Adriano, podrían ser repetidas, verbatim, por una escritora italiana que decidió hacerse mexicana cuando a principios de los ochenta llegó, por azar, a Concepción del Oro, Zacatecas. Aunque por cuestiones laborales terminó residiendo en la ciudad de México, Francesca Gargallo hace de su hasta hoy obra maestra, La decisión del capitán (Era, México, 1997), novela escrita con una beca otorgada por el gobierno de Zacatecas, la más conmovedora ofrenda a la ciudad colonial que la reafirmó en la escritura y convirtió en su Ítaca personal.
Nacida en Siracusa, Italia, el 25 de noviembre en 1956, Francesca Isabella Gargallo di Castel Lentini Celentani es un personaje tan o más fascinante que las creadas por ella misma: Isabella, Lucía, Mariana, Begonia, Constanza de Andrada, "la escritora" de Marcha seca y, más recientemente, la sobreviviente Irene, mujeres apasionadas, autosuficientes, audaces y sin prejuicios; fieles a sus ideales hasta la muerte. Dentro de ellas viven simultáneamente Ulises y Penélope; capaces de defender a un amigo en un pleito de cantina y surcar los mares con solo una mochila... pero también de amar abnegadamente no solo al amante, también al hijo, al hijo del hermano, al amigo. De dar la vida por una hija. Como sus personajes, Francesca es fruto de una combativa generación que vio morir sus sueños junto con Salvador Allende. Novelista, poeta, historiadora y una de las más progresistas (y elocuentes) teóricas del feminismo. Licenciada en Filosofía por la Universidad de La Sapienza en Roma y doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, Francesca escribe desde que, a los seis años, le enseñaron a hacerlo. Estaba enamorada de su maestra y pensaba que algún día le escribiría lo que sentía por ella. A los doce años reescribió la Constitución italiana porque no le gustaba. Su abuela paterna, Ada Sdrin Comnena, griega y exaltadamente romántica y clasista, pobló su mundo de sentimientos heroicos alucinados tras leerle La Ilíada.
La abuela materna, Gilda Cosmo, era sobrina del más importante dantista de sus tiempos, mismo que había escuchado personalmente a Bakunin, y le pasó cierto amor por la libertad irrestricta. No es coincidencia, pues, que la nieta lleve el nombre de la segunda heroína de Dante, antítesis perfecta de Beatrice, Francesca de Rimini, castigada en el Infierno con la melancolía eterna de mirar a su amado Paolo sin poder tocarlo. Gilda era, a decir de Francesca, una mujer fría que sin embargo adoró a su nieta, "me decía que durante las menstruaciones se puede comer todo lo que una quiere porque no se engorda (teoría según yo fantástica pues me hizo amar el menstruar) y que cualquiera es dueño de su destino."
Su madre, en cambio, era una bióloga que se frustró porque tuvo seis hijos. Su padre era un escritor de filosofía de la historia, Gioacchino Gargallo-Sdrin (1923-2007), de quien la propia Francesca tradujo al español su entera Historia de la Historiografía Moderna, en cuatro volúmenes, no obstante la cordial enemistad que los enfrentó en vida de este... aunque, ¿qué hija feminista no ha amado y odiado rabiosamente al padre autoritario? Se autodenomina a voz en cuello ¡feminista!, lo que de entrada es una muestra de valentía en un mundo que emplea dicho término con recelo, ¡peor!, equivalente mujeril del machismo, como canta Arjona. Ignoran que al pelear por la igualdad de derechos entre mujer y varón, la feminista no solamente está liberándose de sus ataduras: libera al varón de tanta ternura contenida, de tantas lágrimas atoradas, de tantas, tantísimas responsabilidades concentradas en su persona. El enemigo a vencer no es el hombre como género, sino el sistema patriarcal que si bien concentra sus esfuerzos opresores en las mujeres, los ejerce sobre aquellos también. El sujeto al que dirige Francesca su discurso teórico, contenido en el extraordinario ensayo Ideas feministas latinoamericanas (UACM, México, 2006) no es al Hombre, que a él van dirigidos la mayor parte de las diatribas feministas que dan por un hecho que las mujeres somos poseedoras del secreto universal de lo femenino: Francesca le habla directamente a las mujeres, más concretamente aún: las mujeres latinoamericanas. El discurso paternalista finge solidarizarse con el género femenino, incluso lo pondera, y a través de su exaltación y divinización las contrapone a sus emancipadoras que las fuerzan a salir a ganarse la vida o a ejercer el intelecto cuando bien podrían estar tendidas como princesas en un colchón de plumas.
No existe un motivo específico por el que Francesca haya salido de Italia. No es exiliada política, mucho menos una persona empujada por la miseria a dejar su país como la mayoría de los refugiados económicos del mundo. Proviene, de hecho, de una familia aristocrática y adinerada. Necesitaba desbaratar el estigma que lleva en el nombre: dejar de anhelar y salir a buscar. Optó por viajar en calidad de estudiante clasemediera, sin dinero pero con mucha pasión. Un hotel de cinco estrellas, asegura, es igual en Nueva York y Oaxaca. Sigue prefiriendo quedarse en casas de pueblo y comer en fondas. Creyó que pararía en Alemania, pero terminó en Turquía, el más laico de los países musulmanes. Sus estrictas leyes respecto a las mujeres solteras, sin embargo, le impidieron llevar a cabo su decisión de vivir sola. Recorrió los Balcanes y el Mediterráneo, pasó por Nueva York, donde trabajó como baby sitter. Un día, harta de esta aséptica ciudad, se montó, mochila al hombro, a un camión Greyhound que la depositó en Texas. Fue ahí donde le pidió aventón a un camionero mexicano: "lléveme a donde vaya usted". Llegó a Zacatecas: el mejor lugar del mundo: "Me sedujo a través de no hacer nada, esos son los verdaderos seductores, los que no necesitan mover un dedo."
Para entonces, Francesca ya había publicado dos libritos en italiano: Itinerare (poesía, 1980) y Le tre Elene (cuento, 1980), pero en México no sólo se reafirmó en su pasión por la escritura, sino que, enamorada del idioma, adoptó el castellano como lengua literaria. "Llegar a escribir español me costó cinco años de silencio”, dice, “Le debo al maestro Jorge de la Serna, en la UNAM, haberme obligado a hacerlo. Me hizo leer hasta llegar al placer absoluto a Quiroga, a Jorge Isaacs, a todo Riva Palacio y a Josefina Vicens. En un principio creí que sufriría limitaciones para expresar todo lo que quería, pero dos amigos, Rosario Galo Moya y Eduardo Molina y Vedia, me dijeron que no tuviera miedo, que ellos corregirían el estilo. Actualmente, creo que escribo el español mejor de lo que lo hablo."

Su primera novela en castellano y publicada en México fue Días sin Casura (Leega Literaria, México, 1986), donde aborda la dura experiencia de una periodista italiana inmersa en la guerrilla de un país extranjero, en pleno auge de lo que se mal dio a llamar boom de la literatura femenina. Francesca nos sorprendió con personajes femeninos que rebasan por mucho la concientización respecto a la igualdad y se asumen potencialmente libres. Mujeres que estudian, aman, desean y, sobretodo, viajan, y todas ejercen, además, una bisexualidad como búsqueda de sí mismas y de las otras. Son, en cierta medida, historias de Auto-Amor. Sin embargo, la novela que la consagró entre las más destacadas autoras mexicanas -Juan Villoro la ubica en la dimensión de Rosa Beltrán y Carmen Boullosa- es una de corte histórico y con protagonista es un varón: La decisión del capitán. Ambientada en el siglo XVI, narra el itinerario bélico, vital y pasional de Miguel de Caldera, fundador de San Luis Potosí, y de quien Francesca aporta una visión que, no por personal, se aleja de la verdad histórica.
Aunque Ideas feministas latinoamericanas es un ensayo filosófico sobre el feminismo latinoamericano, puede ser leído también como una guía para comprender la narrativa de Francesca Gargallo, en principio porque aborda ampliamente a autoras cuya influencia se percibe en su prosa: Graciela Hierro, Rosario Castellanos, la colombiana Marvel Moreno y las poetas mexicanas Dolores Castro y Enriqueta Ochoa. Asombrosamente, se identifica más con ellas que con Simone de Beauvoir. Podría decirse incluso que le simpatiza más el entrañable amigo de esta... no, no Sartre, sino Maurice Merleau-Ponty. Y digo "asombrosamente" no sólo porque Francesca nació, creció y vivió en Europa su primera juventud y por consiguiente sería lógico que se sintiera más familiarizada con el feminismo de De Beauvoir, sino además porque, como la francesa, se define feminista integral. La influencia literaria latinoamericana impregna no sólo su narrativa, cuyo latido no es enteramente latinoamericano (imposible no asociarla con Elsa Morante, con Doris Lessing... con Fatima Mernissi, en su faceta ensayística); se impone su forma de percibir el mundo, y esa concepción es netamente latinoamericana, vivida desde Latinoamérica, pero contrapuesta con el cúmulo de experiencias adquiridas durante su etapa “mochilera”. A tal grado está Francesca compenetrada con la realidad de nuestro continente y su problemática, que considera que la concepción europea del feminismo no es por entero aplicable a nuestra realidad: se vuelve menester crear una identidad feminista latinoamericana, encaminada a analizar, estudiar y resolver problemas específicos de las mujeres latinoamericanas, indudablemente más afectadas que las europeas por la pobreza -y de manera distinta que las asiáticas y orientales-, la violencia, el analfabetismo, la discriminación sexual y la enfermedad. Testigo presencial de las más devastadoras guerrillas suramericanas, en medio de las cuales elaboró su tesis de doctorado, y de las que se nutre gran parte de su narrativa, en particular su novela Estar en el mundo (Era, México, 1994), Francesca nos hace una descripción terrible, poética y admirable de un continente que visualiza como a una esposa sometida esforzándose por levantar cabeza: "Esta Latinoamérica donde a las mujeres no se les rinde justicia: castigadas más duramente que los hombres por un mismo delito, no tienen derecho a la legítima defensa en caso de intento de violación, ni logran justicia cuando son asesinadas, mutiladas, torturadas. Esta Latinoamérica que Estados Unidos ve como "suya", para que les dé a las y los trabajadores sobrantes con los cuales abaratar la mano de obra mundial; suya para que reconozca el valor universal de su dominación; suya para castigarla cuando se rebela."
La literatura, afirma Francesca, es el espacio desde el cual las mujeres latinoamericanas han expresado el dolor callado durante siglos; uno de los terrenos ganados silenciosa pero avasalladoramente por nosotras. Como narradora, la identidad latinoamericana de Francesca no puede ser más evidente. El único rasgo de su europeidad es la sólida estructura ideológica de sus personajes, pero su narrativa poética, arrebatada, hiperbólica, lúbrica no deja lugar a dudas de la fuente de la que ha bebido cada palabra: "(...) Monto con mi hija en los brazos; mientras no despierte tendré la posibilidad de apretarla a mi cuerpo y sentir aunque sea por un rato esa plenitud envolvente que fue amamantarla, ser su fuente de leche, su árbol frutal, su amante devorada. El placer absoluto del cuerpo indispensable y a la vez voluntario, lujuria de la maternidad." (Marcha seca, p. 41)
Su más reciente novela, sin dejar de lado sus pasiones temáticas, se diferencia en el tratamiento con que las trabaja: Al paso de los días (Terracota, México, 2013) se publica trece años después de Marcha seca, y no a consecuencia de una sequía de ideas, sino justamente por lo contrario: Francesca se planteó un proyecto sumamente ambicioso que dio por resultado una trilogía, aunque curiosamente opta por publicar primero la que vendría siendo la segunda novela, un thriller que parece evadir los lugares comunes del género: la consabida maniobra terrorista de desviar un vuelo para secuestrar a sus pasajeros, se convierte en el abandono de los mismos en medio del desierto de Mongolia por parte de la misma tripulación que previamente los ha narcotizado con champaña, so pretexto de festinar la presencia en aquel vuelo Marsella-París de un afamado escritor sobre el que pesa una fatwa (¿Salman Rushdie?), aunque también viaja, en calidad de incógnito, un popular actor hollywoodense.  Siete sobrevivientes, entre ellos los antes citados; una profesora y escritora mexicana acompañada de su hija de trece años y un viejo amigo de ambas, un intelectual serbio que padeció la guerra, parecen convertirse en sujetos de un raro experimento equiparable a un reality show, pues en un mundo colapsado por una repentina descarga de ondas electromagnéticas, producida por una serie de ensayos nucleares en Estados Unidos, la única imagen que el mundo entero capta en sus televisores es la de estos caminantes del desierto, cada día más poseídos por la animalidad de quienes se sostienen en su instinto de sobrevivencia, y no respeta ni a las esposas de diplomáticos con grandes anillos de diamantes.
En su epílogo “A manera de agradecimiento”, explica la autora: “En esta pasión espontánea por los desiertos y las selvas, la agricultura y la vida nómada, la que me ha llevado a concebir unos puentes entre la literatura, en sus expresiones clásicas, aunque no trabajadas poéticamente, de la épica, la tragedia y la lírica, y las ciencias de la vida y del ser, la biología, la física y la geología”. Parece complicado, pero esta formidable novela se deja recorrer como un parque de diversiones, pese a lo escarpado de sus caminos. Y más allá del entretenimiento, explica de manera muy clara cuales son los riesgos que corre la vida en la tierra a manos de gente cuya exacerbada ambición le impide compenetrarse con el dolor humano…hasta que los alcanzan las consecuencias de su propio crimen.

Francesca Gargallo es, como las heroínas de sus novelas recientes, la amazónica madre de una hija llamada Helena que sigue muy de cerca sus pasos, artística y vitalmente hablando, y ha sido su compañera ideal de viajes. La academia mexicana, concretamente la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, tiene una cuenta pendiente con ella como co-creadora de dos  carreras únicas en la República Mexicana, Historia de las Ideas y Creación Literaria, aunque las canalladas burocráticas, pan nuestro de cada día, la han obligado a retomar el camino de la libertad absoluta que, como cualquier otra de sus experiencias vitales –como la propia Irene de Al paso de los días es capaz de encontrar una razón de vida en medio de la catástrofe- disfruta al máximo…mientras dure.

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